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elisleño.com - El diario de San Andrés y Providencia.

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LA.HAYA2

Sí, se puede

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GERMAN.MARQUEZ2Los columnistas tenemos temas reiterativos. Mis lectores, de haberlos, habrán notado mi insistencia con el tema del actual modelo de desarrollo del Archipiélago, que quizá genera riqueza, para algunos, pero no tiene la menor sostenibilidad. Y que, por ello, si los ricos, propios y ajenos, políticos o no, son tan inteligentes cómo para saber sacarles plata a las islas, también deberían serlo para preocuparse de que el negocito perdure.

¿Para qué? Para que la relativa bonanza (relativa porque no es para todos) sea sostenible, y no nos lleve a una situación de deterioro ambiental y social, de violencia y pobreza, que nos suma a todos en un caos irreversible.

Para demostrar que es posible aprovechar la gallina de los huevos de oro, sin matarla, lo que tendría además el saludable efecto de devolvernos algo del optimismo perdido al ver cómo pasan los años y las posibilidades de corregir el rumbo se alejan. Los problemas crecientes generan una especie de camisa de fuerza que va cerrando alternativas.

Hace más de 60 años el Puerto Libre inició este proceso. Se tenían en ese momento dos bases para un desarrollo adecuado, pues al comercio floreciente se añadía el indudable atractivo natural, social e histórico del Archipiélago. El hotel Isleño original, cuestionable en muchos sentidos, refleja, sin embargo, una visión generosa del futuro, derrotada rápidamente por el miserabilismo estatal, ese transarse por centavos, esa falta de grandeza.

Hace 45 años el optimismo aún daba para debatir la posibilidad de que estas islas progresaran con base en la cultura; la “isla de los sabios” versus “la isla de las baratijas”, llamó a tal debate un lúcido analista que creía posible armonizar economía y cultura, que había alternativas. Una visión pionera del turismo cultural que hoy es la base económica de muchas regiones que aprovechan cultura e historia, acompañadas de atractivos naturales, para construir riqueza sin autodestruirse.

La Ruta Maya, que beneficia a México y Guatemala, es un ejemplo de ello. Pero los habitantes de la isla de las baratijas ya saben que pasó; la isla de los sabios hoy es una utopía, una alternativa cerrada.

Cuando la apertura económica, hacia 1992, redujo los rendimientos del Puerto Libre, la salida a la crisis fue impulsar al turismo como base económica, por sobre el comercio debilitado. Pero se optó de nuevo por el miserabilismo y se impulsó lo que aún se conoce como turismo de chancleta, el Plan 25. Un Plan que abusaba y exprimía (al modo del actual Todo Incluido) los escasos recursos de gentes curiosas de conocer el mar y con ganas de comprar trago y baratijas (ya los electrodomésticos se empezaban a conseguir en mejores condiciones en el interior).

La gente llegaba y muchos se quedaban. A los cantos de sirena que atraían migrantes a las islas se sumó un famoso gobernador que hablaba, por la radio, de las maravillas del Archipiélago; tras su flauta de Hammelin, los aviones descargaban miles de migrantes, para gozo de los políticos que veían llegar votos. La sobrepoblación se disparó. Las alarmas raizales, ya encendidas por la precariedad y el marginamiento creciente, sonaban en el vacío.

Por ese tiempo se empezó a hablar de Reserva de Biosfera, de desarrollo alternativo basado en la convivencia armónica de la sociedad con la naturaleza, de ecoturismo, y también de territorio e identidad raizal. Hoy, en el Archipiélago, un desarrollo basado en la reserva de biosfera Seaflower y en la defensa del territorio y del mar sigue siendo una posibilidad abierta para Providencia y Santa Catalina, pero difícil, aunque no imposible, para San Andrés. Y sigue siendo, quizá, la mejor opción para el Archipiélago, aunque dista de ser una realidad. Otra alternativa que se desvanece.

Desde entonces se habló también de que si en estas pequeñas islas, ‘aún afortunadas’, no era posible construir un modelo de desarrollo armónico y sostenible, tampoco había posibilidades de hacerlo en la Sabana de Bogotá, el Valle de Aburrá o en cualquier parte de nuestro extenso y conflictivo país. Y se proponía hacer del Archipiélago un laboratorio donde experimentar el modelo. Implementar ejemplarmente Planes de Ordenamiento que funcionaran, de educación de calidad, de gobierno transparente y efectivo, de convivencia y participación; un territorio libre de narcotráfico y corrupción.

Y también experimentar energías alternativas, de conservación ambiental, de turismo de naturaleza y cultura. Y reforzar la paz, tranquilidad y bienestar aún existentes. Se planteó una ‘Iniciativa Seaflower’ y concentrar esfuerzos en el Archipiélago para convertirlo en un ejemplo de que un bienestar general y sostenible es alcanzable.  Que hay dirigentes inteligentes, no sólo astutos. Porque, si no se puede aquí, no se puede en Colombia.

Cabe, pues, preguntarse: ¿sí se puede? Aunque cada vez cuesta más hacerlo, yo sigo creyendo que sí. 


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