Seaflower recargada (I)

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GERMAN.MARQUEZ2La ‘Iniciativa Seaflower’, propone una manera diferente de pensar el futuro del Archipiélago, que parte de considerar que el “modelo de desarrollo” actual, basado en el turismo masivo, ha colapsado. La pandemia fue el maremoto que puso en evidencia su debilidad y la extrema fragilidad a la que nos tenía expuestos.

Los huracanes Eta e Iota representaron a su vez, en especial para Providencia y Santa Catalina, el tsunami devastador que terminó de acabar con el modelo existente, pero paradójicamente abre las posibilidades para pensar las cosas de nuevo, como ya empieza a hacerse.

Es el momento de repensar el futuro del Archipiélago, no solo de Providencia, teniendo muy presente que no podemos volver a lo mismo, no podemos volver a caer el monocultivo del turismo como única base económica. El tema no es fácil, pues las dificultades presentes propician un retorno a ciegas a lo que parece un paraíso perdido, cuando en realidad era una situación de creciente insosteniblidad que, de repente y en condiciones de un dramatismo que nadie en verdad esperaba, reveló su riesgosa naturaleza.

Quiero poner a consideración de los lectores partes de un texto ya publicado en este mismo medio, con pequeños ajustes y comentarios. Creo plantea algunas ideas útiles para buscar formas alternativas al desarrollo tal como se le suele entender en la economía actual, que es como crecimiento y más crecimiento hasta reventar.

Fue publicado bajo el título ‘Iniciativa Seaflower’ y enfatiza la perspectiva ambiental como base para la reorganización de nuestro futuro, sin olvidar el turismo mismo, la pesca o la agricultura, a los cuales habrá que dedicar reflexión adicional. Aquí lo he rebautizado Seaflower Recargada, pues replantea ideas ya expuestas, pero que cobran nueva fuerza en el contexto actual. Empieza por preguntarse:

“¿Qué puede hacerse? Para empezar, se necesita una reflexión profunda sobre el modelo de desarrollo deseable y posible; se encontrará que ya muchas cosas se han planteado hacia un mejor futuro. Por ejemplo, la necesidad de que la calidad prime sobre la cantidad. No ‘más turistas’, sino ‘mejor turismo’: ecoturismo, turismo educativo, científico, cultural, deportivo, de naturaleza. Un turismo que entienda que, como decía el padre Martín Taylor de Providencia y Santa Catalina hace ya años, “no necesitamos hoteles de 5 estrellas porque las que son de 5 estrellas son las islas mismas”.

Turismo que sea consciente de que el mar que se ofrece a sus ojos puede ser el mar más hermoso del mundo y que está siendo testigo de expresiones culturales únicas.

Tampoco se necesitan más inversionistas, pero si mejores inversionistas, con responsabilidad social y ambiental, dispuestos a pagar impuestos y salarios justos y a reinvertir parte de sus ganancias en las islas y en la protección de su naturaleza y su cultura. Ni mucho más dinero, si se usan de manera más adecuada los recursos existentes (y los que podrían conseguirse).

De hecho, se necesita menos de algunas cosas: menos turistas, menos cemento y menos población. Menos subsidios y más justicia. Y cambiar el viejo paradigma del desarrollo como crecimiento por el del desarrollo como organización. No crecer en desorden, como un tumor maligno, sino buscar un equilibrio saludable y proporciones armónicas acordes con la naturaleza frágil y hermosa de las islas.

La Reserva de Biosfera ‘Seaflower’, que fuera declarada por UNESCO en 2001, es un instrumento para poner en práctica formas alternativas de abordar los problemas insulares. Su declaratoria es un reconocimiento internacional del elevado valor del patrimonio natural y humano de las islas, que son una muestra de convivencia armónica entre la sociedad y su entorno, pues los isleños, hasta la intervención del estado colombiano, habían alcanzado formas sostenibles de desarrollo y satisfactorios niveles de bienestar, con base en el aprovechamiento y la conservación de sus ecosistemas, en especial sus arrecifes de coral.

Este modelo armónico fue arrasado por el modelo extractivista del Puerto Libre, pero sus bases culturales y naturales aún persisten; a partir de ello la Reserva de Biosfera plantea que es posible recuperar formas de desarrollo cuidadosas con el entorno y la cultura, justas y equitativas para la sociedad, y económicamente satisfactorias.


A partir de las consideraciones anteriores, la idea es trabajar en un cambio de modelo para el Archipiélago, el cual se puede fundamentar en la valoración de su patrimonio natural y humano, que puede ser a la vez el medio y el fin para alcanzar la sostenibilidad y el bienestar común.

La protección del patrimonio insular es, a la vez, la meta donde queremos llegar, y el medio para crear la mentalidad y las condiciones económicas para lograrlo. Los cambios de mentalidad ya se han mencionado: cambiar la idea de crecimiento por la de organización, cambiar de cantidad a calidad.

Veamos algo sobre las condiciones económicas:

Las islas tienen un patrimonio natural y social por cuyo disfrute muchas personas están dispuestas a pagar, y de hecho pagan y han pagado cuando han decidido venir como turistas. Vienen por el mar de múltiples azules, por el clima, por las playas y, aunque no sean muy conscientes de ello, también disfrutan de la cultura y de la historia, expresadas en la gente, en el trato humano, en la arquitectura, en la música, en la lengua, en la gastronomía.

Pero si usted les pregunta por qué están pagando, le dirán que pagan por unos pasajes, por un hotel, por unas comidas. No por el sol, ni por el mar, ni por la playa. No obstante, si los turistas están viniendo por el sol, la playa, el mar, los arrecifes, parece lógico que algo de los ingresos fuera orientado a su protección y, aún más, que parecería posible que haya quien esté dispuesto a pagar algo más por dicha protección”.

Un paréntesis. Hoy todo está muy alterado en Providencia y Santa Catalina por el impacto del huracán Iota. Pero el espíritu y la cultura de la gente persisten, aunque con algunas fisuras que es necesario atender. Y lentamente empiezan a recuperarse las infraestructuras humanas y naturales; si las cosas se hacen bien, en pocos años podrán haberse recuperado el patrimonio arquitectónico.

Mientras tanto la naturaleza trabaja activamente en su propia recuperación que puede ayudarse para que mientras el bosque y las playas se recuperan, la agricultura vuelva con fuerza, como una alternativa significativa en la vida de las islas, y los patios productivos produzcan tanto o más que antes sus maravillosos frutos.

Y continúa: “La pregunta es hasta qué punto sería posible conseguir recursos para la protección y conservación del patrimonio natural y cultural porque, si no lo hacemos, un patrimonio reconocido por UNESCO como Reserva de Biosfera Seaflower, podría perderse. Yo creo que hay mucha gente en el mundo que estaría dispuesta a ayudar a preservar la cultura y la lengua raizal, para que conservemos (hoy habría que decir además recuperemos y restauremos) la tercera barrera arrecifal más grande del Planeta, por cuidar para sus nietos esta Seaflower, donde puedan conocer y entender la belleza del mundo.

Continuará…

* Biólogo Marino, Investigador y Ambientalista. Catedrático de la Universidad Nacional de Colombia. Fundador de 'Sea, Land & Culture Old Providence Foundation (Prosealand)'.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.