El rondón es la comida más identificable y tradicional en San Andrés, y es en sí, el reflejo que aquello que somos. Porque al final somos una sopa. Hecha de coco, de la leche de un árbol que se nos entrega completo; somos hijos del trabajo que significa rayarlo, escurrirlo y ver la emulsión en la que nadarán nuestros sabores.
Una preparación blanca para recibir a todo y a todos, al que venga a enriquecer la argamasa, y hacerla productiva
Somos una sopa mezcla de pez, de marisco, molusco y cerdo. Animales que nos crecen cerca, que entendemos porque comparten nuestro patio, porque son parte del paisaje, de la vida. Compartimos el mundo con tubérculos traídos luego, con raíces de montes lejanos, de costas que hablaban español, hijos también del mestizaje, negros fundidos con indios bajo amos distintos, y frutos de arboles que parecían pan, un maná caribeño que crece en arboles altos, que nos enlaza con islas que no se ven en el horizonte, pero que reconocemos como símiles en el andar pausado y en la existencia feliz.
Nadamos junto a un dumpling, una masa que llegó desde muy lejos, trayendo apellidos que la fuerza de la costumbre volvió comunes, pero que solo lo podrían ser en un planeta donde la diversidad y la tolerancia fueron ley, donde se admite el otro, y se absorbe hasta hacerse uno, un organismo pluricelular: vivo .
Dejamos que caigan en él hojas de hierbas aromáticas y picantes, porque somos así. Somos más que la suma de las partes, más que un dialecto, un color de piel, un sabor, somos la amalgama de múltiples momentos unidos por un hilo conductor que empalmó europeos, negros, indios, con salpicaduras de oriente -medio y lejano- para recrear una raza alienada que se parece a muchos pero no es ninguna.
Cuando Jaspers quiso definir los atributos del ‘yo’, los buscó en la conciencia de la existencia, en la actividad del ‘yo’ que se reconocía como actor de sus propios actos, o en nuestro caso, gerentes de nuestro propio futuro; en la demarcación del ‘yo’, de aquello que es y aquello que no, pero también lo hizo en la consistencia del ‘yo’, un ‘yo’ a través del tiempo, un ‘yo’ que es distinto hoy y que será distinto mañana.
El Planeta San Andrés es un crisol de culturas, razas, religiones, costumbres, influencias musicales, y comidas, - como lo es siempre el Caribe- y lograr delimitar una identidad propia, parece recientemente una meta común para artistas, intelectuales, lingüistas, y en fin ciudadanos que se hacen conscientes que sea cual sea la identidad que se defina, esa singular mezcla es una parte de historia y noventa y nueve partes magia.
El ‘yo’ isleño, se encuentra a sí mismo. Como el rondón, es una sopa, un guiso, donde el sabor no viene de un elemento único y aislado, sino de aquello que le hace el uno al otro. De una construcción comunitaria.





















