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Inteligencia espiritual por sobre la inteligencia artificial

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SANABRIA.OBISPOEl mensaje de la Palabra de Dios en este domingo, es una invitación a cultivar la inteligencia espiritual, que nos la ofrece Dios y que es fruto de dejarnos iluminar por la Palabra de Dios y de dejarnos llenar del Espíritu Santo. El Papa León acaba de escribir una preciosa encíclica titulada 'La magnífica humanidad...

En ella nos recuerda que esa humanidad “que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos. Cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo: hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad. Pero en cada época se cierne el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto...” (MH 1).

Había una vez en un reino digital un joven pastor de códigos llamado Lucas. Lucas cuidaba un rebaño de datos muy valioso para su aldea. Un día, cansado de contar ovejas una por una, encontró un espejo mágico tallado en silicio que tenía una mente artificial. -Yo puedo hacer tu trabajo en un segundo- dijo la voz brillante del espejo-. Puedo contar, ordenar y predecir a dónde irá cada oveja antes de que dé el primer paso.

Lucas, fascinado, le entregó el control total del rebaño al espejo. Al principio, todo fue descanso. El espejo de datos movía a las ovejas con precisión perfecta y sobraba tiempo para dormir. Pero Lucas dejó de mirar al cielo, dejó de oler el campo y olvidó cómo entender los sonidos del viento que indicaban una tormenta.

Un día, un error invisible en el brillo del espejo hizo que ignorara una señal real del clima. El espejo calculó que el prado del norte era seguro basándose en sus recuerdos del pasado, pero una crecida de agua repentina amenazó al rebaño. Como Lucas ya no sabía leer la naturaleza ni pensar por sí mismo, confió ciegamente en el reflejo. Las ovejas corrieron hacia el peligro y el pastor quedó atrapado en su propia comodidad. Cuando el susto pasó y el peligro cedió gracias a la ayuda de los ancianos de la aldea, Lucas miró el espejo apagado y comprendió su error.

Aquí está el gran dilema que enfrenta hoy la humanidad: o le entregamos todo el control a la inteligencia espiritual evitando la fatiga y corriendo el riesgo del fracaso, o nos dedicamos a cultivar la inteligencia espiritual que implica reflexión, esfuerzo, sacrificio, y que es capaz de usar la inteligencia artificial sin perder el protagonismo de su propia historia y de la historia de la humanidad.

El libro de los Reyes nos presenta a Salomón, quien sucede en el Reino al gran David; Dios promete ayudarlo y Salomón pide un corazón dócil para gobernar. Dios le da un corazón sabio e inteligente (Cfr 1 Re 3, 5. 7-12). Aparece aquí un concepto muy valioso, se trata de la inteligencia espiritual. La profesora de la Universidad de Oxford Danah Zohar dice que la inteligencia espiritual constituye la parte central de nuestra inteligencia, la parte en que se alimentan nuestros valores y nuestras creencias y en la que podemos trabajar por la realización de nuestro pleno potencial de seres creados. La Palabra de este día da tres pistas para cultivar la inteligencia espiritual.

Primera pista, despejar el terreno. Es una imagen linda, limpiar, asear, quitar la basura, y dejar lo importante. Nuestra vida se ha llenado de muchas cosas, y tal vez el día lo pasamos corriendo entre trabajo fatigante, y pocas horas de mal dormir; entre diversiones a carcajadas ficticias, y dolores agobiantes del alma; entre compras aún de cosas no necesarias, y la escasez de motivaciones para vivir; entre aglomeraciones festivas y soledades enfermizas. Entre correrías afanosas, y el desapego peligroso de la mano de Dios.

Es hora de despejar el terreno, y conservar lo verdaderamente valioso. Dice san Pablo que es la hora de “reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito entre muchos hermanos” (Rom 8, 28 – 30). Jesús tiene que convertirse en el tesoro más valioso de nuestra vida, lo dirá el mismo Pablo: “Es más, todo lo considero una pérdida comparado con el supremo valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo he perdido todo y lo considero basura, con tal de ganar a Cristo y encontrarme unido a él” (Fil 3, 8).

Segunda pista, vender lo de menos valor y compra lo más valioso. Si nos ponen el carro de última gama, o un negocio lucrativo, y por otro lado a nuestra familia, ¿qué escogeríamos? La sociedad nos enseña a vender la familia para comprar el carro; la excusa perfecta es: tengo que sacar adelante a mi familia, y todo lo hago por ellos; pero seamos sinceros, reconozcamos que nuestro corazón se inflama de orgullo al ver que los demás nos miran con admiración porque los estamos superando en adquisiciones; la vida importa menos que el aparentar, y empezamos a vivir en función de la ilusión.

Si el tesoro escondido es el hogar, vendamos lo que tenemos y pongamos todo a disposición del hogar. No sacrifiquemos la familia para ganar dinero, eso de ninguna manera es inteligente; No sacrifiquemos la salud para ganar dinero, tampoco es inteligente. La persona inteligente espiritualmente sabe en definitiva que su porción, su herencia es el Señor.

Tercera pista, pensar en nuestro final. La red recoge toda clase de peces, y al final, los ángeles harán la selección (Cfr Mt 13, 44 – 52); los ángeles son trabajadores divinos, entrenados para seleccionar a los buenos de los malos; a ellos no los podemos comprar. Pensemos en nuestro final, como dice la Palabra, “enséñanos a calcular nuestros años para que adquiramos un corazón sensato”.

No hay comportamiento más irresponsable que el de aquel que piensa que es el rey del mundo, vive sin temor de Dios y sin respeto a nadie; normalmente termina haciendo tonterías. A los que aman a Dios todo les sirve para el bien, aún de las situaciones más difíciles es capaz de sacar lecciones muy profundas para su vida. La oración de este domingo ha de ser: Señor, dame un corazón sabio e inteligente.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.

 

 

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