Quizá La Odisea también puede leerse como la historia de una mujer que espera a un desaparecido. No desde el hombre que navega, vence monstruos y conversa con dioses, sino desde Penélope, la mujer que permanece frente al mar sin saber qué parte de la ausencia es muerte, qué parte demora y qué parte esperanza.
Penélope no conoce las aventuras de Odiseo mientras ocurren. No sabe de Circe, de Calipso ni del cíclope. No recibe cartas, noticias ni testimonios confiables. Tiene una casa que sostener, un hijo que criar y una comunidad que la observa. Vista así, no es solamente la esposa fiel que teje y desteje para conservar su lugar. Es la mujer de un desaparecido: alguien obligada a vivir entre la esperanza y el duelo, sin poder instalarse por completo en ninguno de los dos.
El Caribe está lleno de Penélopes. Mujeres que han visto partir a sus esposos, hijos, hermanos o padres en barcos de pesca, cargueros, lanchas o viajes inciertos. Mujeres que aprenden a escuchar el motor que se retrasa, a mirar el clima, a calcular silencios y a temer una llamada. Para ellas, el mar no es solo paisaje. Es camino, sustento, frontera y amenaza. También es el lugar donde una persona puede borrarse sin dejar más respuesta que la espera.
A veces, mientras el ausente adquiere dimensiones de héroe porque sobrevivió o porque nunca regresó, la mujer que espera queda reducida a una imagen inmóvil. Pero ella también ha tenido que resistir invasiones: las preguntas de los otros, las decisiones urgentes, la precariedad, el miedo y el cansancio de sostener la vida sin una certeza que la sostenga.
Margaret Atwood volvió sobre este mito en La Penelopíada, publicada en español como Penélope y las doce criadas. Allí le entrega la palabra a Penélope y al coro de las doce sirvientas ejecutadas al regreso de Odiseo. Su versión desplaza el centro de la epopeya: ya no importa únicamente la gloria del héroe, sino el costo que su ausencia y su retorno tuvieron para las mujeres que permanecieron en Ítaca. Lo que para Odiseo fue aventura, para ellas fue incertidumbre, vigilancia, pérdida y silencio.
Y volver tampoco salva intacto lo perdido. Odiseo regresa veinte años después y encuentra a una mujer transformada por la espera y a un hijo que lo conoce más como leyenda que como padre. Nadie permanece igual durante una ausencia tan larga.
Por eso Ítaca no es el puerto intacto de la nostalgia. Es el lugar al que se vuelve cuando ya todo ha cambiado. En el Caribe, cada Penélope lo sabe: esperar también es atravesar una odisea, aunque nadie la cante.
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