
Las recientes alertas emitidas por Coralina sobre las condiciones del sitio de disposición final de residuos sólidos Magic Garden y los continuos vertimientos de aguas residuales en distintos sectores de San Andrés constituyen un llamado urgente a la acción. No se trata de problemas nuevos, pero sí de una situación que parece agravarse mientras las soluciones siguen aplazándose.
La acumulación inadecuada de residuos y las deficiencias en el manejo de lixiviados representan una amenaza directa para los ecosistemas terrestres y marinos de la isla. En un territorio insular con recursos limitados y una alta dependencia de su patrimonio natural, cualquier falla en la gestión ambiental tiene consecuencias que trascienden lo local.
A ello se suma la persistencia de vertimientos de aguas residuales que afectan la calidad de las aguas costeras y ponen en riesgo la salud pública. Estos episodios no solo deterioran los ecosistemas marinos, sino que comprometen la imagen de un destino turístico cuya principal fortaleza sigue siendo la riqueza de sus paisajes y recursos naturales.
Las advertencias de la autoridad ambiental deben ser atendidas con la seriedad que exigen las circunstancias. No basta con reconocer los problemas; es indispensable avanzar en medidas concretas, sostenidas y verificables que permitan corregir las deficiencias identificadas y prevenir daños mayores en el futuro cercano.
La responsabilidad recae en múltiples actores. Las autoridades competentes deben garantizar el cumplimiento de las normas ambientales y acelerar las inversiones requeridas. Pero también es necesario fortalecer la conciencia ciudadana sobre la reducción, separación y adecuada disposición de los residuos que diariamente se generan en la isla.
San Andrés no puede permitirse seguir acumulando riesgos ambientales mientras espera soluciones que nunca terminan de llegar. La protección de sus ecosistemas, de la salud de sus habitantes y de su principal actividad económica exige decisiones inmediatas, coordinación institucional y una visión de largo plazo.
La situación denunciada por Coralina debe entenderse como una advertencia y, al mismo tiempo, como una oportunidad para corregir el rumbo. Cada día de inacción incrementa los costos ambientales y sociales. Actuar ahora no es una opción: es una obligación con la isla y con las generaciones que heredarán su futuro.





















