Un vuelo de San Andrés a Providencia dura 15 minutos y otro a las Islas del Maiz (Corn Islands) tardaría solo cinco minutos más, una corta distancia marcada por la separación de un territorio ancestral común. De estas islas nicaragüenses, otrora parte de nuestro archipiélago, nos distanciamos por la disputa territorial, pero somos una unidad geográfica, cultural y lingüística.
Además, no solo compartimos una historia colonial de cuatro siglos y raíces afrocaribeñas y anglosajonas, sino también una profunda aspiración de reconectarnos para superar esa disputa y restablecer el interrumpido intercambio étnico y comercial.
Aunque en el camino se ha cruzado la hasta ahora incumplida promesa de usar la cooperación para aliviar la pérdida de aguas y como mecanismo de expiación por dañinas políticas de soberanía justificadas por esa disputa territorial, el valor, étnico, económico e histórico de la reconexión es incuestionable e invita a que se continúe con el esfuerzo.
La cooperación transfronteriza no es solo de raizales sino para beneficio de todos los isleños. Tampoco es exclusivamente una cuestión de reivindicación histórica y étnica, sino una oportunidad estratégica para el desarrollo.
Podría abaratar considerablemente la costosa canasta familiar insular y la alimentación de los turistas, haciendo de las islas más competitivas, porque es más barato traer comida desde Nicaragua, algo que subraya una visión estratégica de las relaciones bilaterales y dimensiona la estrecha relación entre desarrollo socioeconómico y calidad de vida, que se impulsa desde las islas, pero se ignora desde la capital.
El ‘sweet talk’ de las promesas nacionales y la cercanía diplomática con Managua contrastan con la debilidad isleña y nuestras necesidades. Por eso el reto es seguir intentando abrir pasos, que debería ser el foco de acciones civiles, gremiales, institucionales y políticos para liberar a las islas del peso que por años ha cargado de saltar de crisis en crisis y estar marcadas por una devaluada moralidad pública que ha obstaculizado un mejor desarrollo.
El nuevo periodo presidencial otorga espacios de reflexión y optimismo, después de que de nuevo en este gobierno se priorizara la retórica sobre la realidad y la promesa.
El activismo y las aspiraciones étnicas juegan un papel fundamental de aquí en adelante, pero deben salir de su letárgica existencia para superar otra absurda incertidumbre que con frecuencia nos abruma.
Nos prestaron atención cuando Nicaragua nos quería tomar porque el liderazgo étnico se hizo escuchar. Las fallas en La Haya se superaron porque el gobierno nacional cultivó esperanzas de solucionar problemas como agua, promesas de acercamiento transfronterizo y de reconectar a la etnia raizal de nuestras islas con la de Nicaragua.
Pero hemos vuelto a la esfera de la insignificancia fronteriza y un desinterés nacional en nuestros problemas. Por eso debemos preguntarnos si como isleños hemos desaprovechado una gran oportunidad de usar la coyuntura de La Haya para mejorar condición en las islas.
El incumplimiento de promesas es más notable. Ya no hay un plan nacional para archipiélago y la inversión pública ha bajado mientras los problemas se agravan. Las islas dejaron de ser prioridad en la política exterior colombiana.
No a la discriminación
Pero es hora de revitalizar o reenfocar las estrategias. La confrontación geopolítica con Nicaragua era un insumo para la inacción bilateral, pero ya con soberanías definidas y la aceptación de la pérdida de aguas con la recuperación de espacios a través de la cooperación binacional en temas como protección ambiental, comercio, pesca e intercambio étnico; no hay excusas ni desde las islas ni desde Bogotá para no seguir intentando.
A cuatro meses de finalizar el gobierno, la inminente visita del encargado de fronteras de la Cancillería genera expectativas por saber si de nuevo habrá un legado de más promesas incumplidas. Pocos albergan esperanzas por el desgaste e incumplimiento de tantas promesas, aunque podría sorprender porque el presidente acaba de indicar a la Canciller dirigirse ‘hacia el Caribe y Centroamérica con más fuerza’. ¿Más retórica? Tal vez…
El dolor de la pérdida se puede disolver con cooperación y conexión. El reencuentro con nuestra historia y asociación caribeña y recuperar relaciones transfronterizas para atender retos del presente es un fuerte aliciente, aprovechando los vínculos etno-culturales como instrumentos diplomáticos. Por eso el próximo embajador en Nicaragua debería ser un raizal, como lo expresó el presidente Petro.
La visión del desarrollo de las islas asociada a una conexión caribeña es una promesa recurrente que nunca ha pisado el terreno de la realidad.
A finales del año pasado el gobierno nacional presentó una nueva ‘Política Nacional de Fronteras’ que busca transformar zonas limítrofes como nosotros en epicentros, espacios y puertas de desarrollo y de integración, sustentados en identidades locales y riqueza sociocultural. Desde hace muchos años se pueden crear Zonas del Régimen Especial Fronterizo, destinadas al consumo y comercialización.
En tal sentido, hay dos temas que se podrían explorar para dinamizar las cosas porque no hemos usado al máximo la legislación favorable a las comunidades étnicas: la no discriminación y el respeto a nuestros derechos humanos étnicos.
Otras fronteras étnicas disfrutan de un acercamiento sociocultural y socioeconómico. El régimen fronterizo en Colombia para comunidades étnicas, enmarcado por la Constitución de 1991 y la Ley 191 de 1995, garantiza la movilidad y el comercio transfronterizo sin cumplir con requisitos de aduana, pero a nosotros nos niegan todo eso frente a las Corn Islands que están al lado.
Ese régimen también contempla el derecho de comunidades étnicas fronterizas como la raizal de transitar libremente por nuestros territorios ancestrales, y fija una atención diferenciada, además de zonas para promover el desarrollo socioeconómico.
Son acciones que deberían impulsar también desde la Cámara de Representantes nuestros dos congresistas y desde las islas el liderazgo político y los gremios económicos como la Cámara de Comercio y los hoteleros. Debemos mirar hacia nuestro alrededor inmediato porque podría aportar mucho para mejorar la situación de las islas y de los isleños.
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Próxima entrega: 'Islas del Maíz, reconocer al vecino'
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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.





















