
Unas dos semanas antes del paso del huracán Iota por las islas, sostuve una conversación telefónica con mi padre —una de las tantas charlas diarias que compartíamos—. Sin embargo, aquella no fue una conversación típica. Desde marzo, me encontraba en Bogotá junto a Isaac; la delicada situación de salud de mi hijo y las restricciones de la pandemia nos habían obligado a permanecer allí, convirtiendo los hospitales en nuestro nuevo hogar._(Foto archivo)
No olvido ese diálogo por un comentario premonitorio que hizo mi papá: “I hope this weather changes; if it doesn't, we are going to have a major hurricane”. Abro aquí un paréntesis necesario: para esos días, la estela del huracán ETA ya generaba marejadas ciclónicas, lluvias torrenciales y ráfagas de viento intensas en todo el departamento. Incluso circulaba un video de mi padre y otros vecinos del sector de Ketlena intentando anclar una barcaza que, tras meses a la deriva en la bahía, representaba un riesgo inminente para las viviendas y posadas cercanas a la casa de mis padres.
Lo que para muchos parecía el clima habitual de inicios de noviembre, en la mente de mi padre era el augurio de una catástrofe. “Hope” (esperanza) no era una palabra frecuente en el léxico de Nicasio Howard. Cuando intentó explicarme el panorama que se avecinaba para nuestro pequeño municipio, sus palabras se convirtieron, dos semanas después, en la materialización de una "crónica de una muerte anunciada".
Tras colgar, perdí la paz. Sus advertencias retumbaban en mi subconsciente mientras intentaba descifrar la verdad tras lo que podrían parecer los miedos de un hombre pesimista. No obstante, para quienes conocieron a “Nic”, predecir el tiempo con tal precisión no era cuestión de adivinación, sino la sabiduría pura de un hombre de mar. Eran décadas de experiencia y ciencia absorbidas por los sentidos y guardadas en el alma de un pescador cuyos ojos eran tan profundos como el mar de los siete colores.
El concepto de Major Hurricane
El término “Major Hurricane” (Huracán Mayor) es la clasificación técnica utilizada por el Centro Nacional de Huracanes (NHC) para designar ciclones de intensidad considerable que representan un riesgo extremo. Según la escala Saffir-Simpson, un huracán se considera "mayor" al alcanzar las categorías 3, 4 o 5, basándose en la velocidad de sus vientos sostenidos. Mi padre no solo estaba preocupado; estaba asustado, una condición casi inédita en pescadores de su temple.
Ciencia vs. Conocimiento Ancestral
Este es uno de los debates más profundos en la epistemología y la sociología contemporáneas. La tensión entre el conocimiento académico-occidental y el saber ancestral no radica únicamente en una diferencia de métodos, sino en una cuestión de poder y cosmovisión. La academia tradicional suele exigir que todo saber sea validado por el método científico: hipótesis, experimentación y replicabilidad. Se argumenta, a menudo, que el saber ancestral está permeado por la espiritualidad y el mito, elementos que la modernidad intenta segregar en busca de una supuesta "objetividad".
Sin embargo, ¿acaso el saber ancestral no es "ciencia milenaria"? Quienes defendemos el conocimiento indígena y raizal lo entendemos como ciencia con una metodología distinta: la observación participante y sistemática a lo largo de los siglos. Nuestras comunidades han clasificado plantas, ciclos astronómicos y ecosistemas con una precisión que la ciencia moderna apenas empieza a corroborar. En el caso de los pescadores de Old Providence y Ketlena, el saber ancestral trata a la naturaleza como un "sujeto" vivo, permitiendo una comprensión holística del equilibrio ambiental, a diferencia de la visión académica que suele reducirla a un "objeto de estudio" o recurso.
Lo que el Iota no se llevó
El huracán Iota nos arrebató mucho y, mientras escribo esto, las lágrimas son inevitables. Aquel 16 de noviembre de 2020 dejó un vacío inmenso en lo material, lo ambiental y lo espiritual. Pero, sobre todo, evidenció una fractura en nuestra comunidad, tan profundamente ligada a sus raíces.
No somos ajenos a los huracanes. Sin embargo, en algún punto del camino, olvidamos cómo interpretar las señales del entorno y descuidamos nuestra cultura de la prevención. Olvidamos que nuestra cosmovisión y cosmogonía del territorio nos permitieron, históricamente, sobrevivir y ser resilientes en un entorno que no es tan impredecible como la narrativa oficial del IDEAM quiso presentar tras el desastre.
Por generaciones, nuestra ciencia ancestral nos dotó de la capacidad de observar, predecir y prepararnos. Con los años, herramientas como el calendario McDonald, los reportes de la NOAA y la tecnología reforzaron esos conocimientos, otorgándonos autonomía climática para nuestras faenas. Pero, gradualmente, dejamos de escuchar a nuestros sabios y nos volvimos dependientes de una ciencia externa que poco conoce y reconoce las particularidades de nuestro territorio.
Sí, el Iota nos quitó mucho, pero nos legó una lección imperativa: somos un pueblo resistente. Conocemos la dinámica de nuestra tierra mejor que cualquier observador externo, por más credenciales científicas que ostente. Somos los sobrevivientes de una catástrofe que, aunque no pudo ser evitada, pudo habernos encontrado mejor preparados si no hubiésemos dado la espalda a nuestra propia sabiduría.
El faro de la memoria
La verdadera tragedia del Iota no fue solo la fuerza de sus vientos, sino la erosión silenciosa de nuestra confianza en lo propio. La moraleja que nos deja este evento catastrófico es que la tecnología y la ciencia moderna no deben ser el sustituto de nuestra herencia, sino su complemento. Cuando ignoramos el grito del mar o el susurro del viento bajo el pretexto de que "no hay un boletín oficial", estamos renunciando a una biblioteca de supervivencia escrita con la sangre y el sudor de nuestros ancestros. La prevención de desastres no reside únicamente en un sensor satelital, sino en la capacidad de volver a escuchar a nuestros viejos, de mirar el horizonte con los ojos de un pescador y de entender que el territorio nos habla constantemente.
Reivindicar el saber ancestral no es un acto de nostalgia; es un acto de resistencia y, sobre todo, de inteligencia colectiva para asegurar que la historia no se repita. Porque un pueblo que olvida sus señales, es un pueblo que camina a ciegas hacia la próxima tormenta.
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Dedicado a mi padre, el Capitán Nicasio Howard.





















