Nos dijeron que podíamos ser todo. Que bastaba con querer. Que la voluntad era suficiente para empujar cualquier límite. Que el talento se fabricaba con actitud. Y así crecimos convencidos de que lo común era ser excepcionales. Pero no lo es.
Cuando se observa a las personas en conjunto, cuando se las mide sin epopeya ni consuelo, aparece una figura insistente: la campana de Gauss. Una curva simple que organiza lo humano con una honestidad incómoda. No señala héroes ni fracasos; muestra concentraciones.
Si la vida se ordenara del uno al diez, casi ninguno sería un uno ni un diez. Seríamos un seis. Tal vez un cinco largo, quizá un siete sin aspiraciones. Pero más probablemente un seis. Y, aun así, la época insiste en convencernos de lo contrario.
La modernidad nos ha ofrecido una versión inflada de nosotros mismos. Nos ha dicho que entendemos más, que somos más lúcidos, más conscientes, más capaces. Ha confundido acceso con dominio. Usamos herramientas sofisticadas sin poder producirlas. Tocamos pantallas con seguridad, aunque ignoremos casi todo lo que ocurre detrás.
Creemos saber porque consultamos. Creemos comprender porque opinamos. Pero manejar algo no implica entenderlo. Tener información no equivale a tener criterio. Nuestra inteligencia, cuando se mide sin maquillaje, se distribuye como casi todo: la mayoría se concentra en rangos medios.
Lo mismo ocurre con la empatía, con la tolerancia a la frustración, con la capacidad de sostener vínculos complejos. A veces somos sensibles, a veces torpes. A veces resistimos, a veces nos agotamos. No es una falla del carácter. Es una condición humana ampliamente compartida.
El conflicto no está en ser un seis. Está en creerse un diez.
Esa creencia produce una tensión constante. Quien se piensa completo no soporta el error. No escucha. No se revisa. Exige ser aceptado “tal como es”, no desde la humildad, sino desde la convicción de que no hay nada que ajustar. Esa figura, tan celebrada por ciertos discursos contemporáneos, no es libre. Es rígida. Y la rigidez impide cualquier transformación. Nuestra vulnerabilidad —tan mencionada y tan poco asumida— no es fragilidad inútil. Es condición de cambio. Solo quien reconoce que le falta algo puede crecer. El diez, en cambio, queda atrapado defendiendo su ficción. Negando cualquier fisura. Sosteniendo una imagen que no admite movimiento.
Aceptar que somos un seis abre otra vía. Menos grandiosa, pero más fértil. El seis no es un techo. Es un punto de partida. No somos invencibles. Y eso no es una pérdida. Somos un seis. Y desde ahí, todavía, hay mucho por hacer.
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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.



















