
Desde niña el arte me habitaba, aunque yo no lo entendiera. Estaba en las canciones que sonaban en casa, en las historias que inventaba para entender el mundo, en los colores del mar que me hacían sentir cosas que no sabía nombrar.
Pero por mucho tiempo creí que el arte era solo para quienes sabían pintar, cantar o actuar; que para estar cerca de él había que subirse a un escenario o tener un talento especial. Y no. Hoy sé que lo había malentendido.
Fue gracias al programa Artes para la Paz, de la Fundación Universidad de Antioquia, y al Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes, que el arte volvió a encontrarme, desde un escenario inimaginado, acompañando los procesos de música y audiovisuales, comprendí que el arte también se vive desde la escucha, el acompañamiento y la transformación.
Este programa no solo me permitió mirar el arte desde otra perspectiva; también me devolvió mi propia paz. A través del proceso de facilitar desde mi profesión como psicóloga, descubrí que acompañar a otros a expresarse mediante la música o una cámara también era una forma de sanar, de reconciliarme conmigo misma y de reencontrarme con lo que amo hacer.
He visto cómo los niños y jóvenes descubren en una melodía o detrás de una cámara una manera de decir lo que callaban, de contar sus historias y transformar su entorno. Cómo el arte se vuelve un refugio, una voz y una forma de construir paz desde lo cotidiano. Este proceso me recordó que el arte no solo se crea con las manos, sino también con la sensibilidad, la empatía y la esperanza.
Hoy sé que el arte no se impone, el arte se comparte, y la paz también.
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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.



















