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El abandono del creador

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Edna Rueda Abrahams 2025 COLUMNAHay una escena en Frankenstein que duele más que todas las demás: la del abandono. La criatura, recién animada, tiembla frente al fuego del mundo, mientras su creador huye horrorizado de su propia obra. Mary Shelley no escribió solo sobre un monstruo, sino sobre la irresponsabilidad del genio.

Cada época ha tenido su propio doctor Frankenstein, convencido de que la luz del conocimiento bastaría para vencer las sombras, sin sospechar que esas sombras eran parte de sí mismo.

La criatura no nació malvada. Nació sola. Fue un intento noble —casi amoroso— de desafiar la muerte, de dar continuidad a lo que la naturaleza interrumpe. Pero sin guía, sin cuidado, la creación buscó su propio reflejo entre el miedo y el rechazo. Esa es la historia secreta del progreso: inventamos para mejorar la vida y terminamos produciendo nuevas formas de agonía.

Así ocurrió con los combustibles fósiles. Se encendieron motores para acortar distancias, para liberar al ser humano del esfuerzo físico, para multiplicar las horas del día. Y lo logramos. Pero al hacerlo, cubrimos el planeta con una película ardiente de gases invisibles. La criatura nos miró desde el cielo, con ojos de tormenta y sequía.

También liberamos al átomo con intenciones puras. La ciencia prometía energía limpia, infinita, capaz de iluminar el siglo. Pero la chispa se volvió detonación, y la explosión de Hiroshima fue el grito de una criatura traicionada por su creador. En el laboratorio del progreso, cada descubrimiento lleva una semilla de ambigüedad: la misma ecuación puede calentar un hogar o borrar una ciudad.

Y ahora, en los desiertos de litio, fabricamos otra criatura: silenciosa, brillante, sostenible. La promesa de redención energética. Pero los ojos del monstruo ya parpadean en las montañas erosionadas, en las aguas contaminadas, en los pueblos sin sombra donde se extrae la “energía verde”. Incluso los medicamentos nacieron de la compasión, de sanar el dolor humano, y sin embargo muchos acabaron despertando nuevas dependencias, alterando cerebros que solo buscaban descanso.

Desde el psicoanálisis podríamos decir que el creador encarna el impulso narcisista de controlar la vida y la muerte. Su criatura, en cambio, es el retorno de lo reprimido: aquello que el deseo científico quiso dominar, pero que vuelve para reclamar afecto y reconocimiento. No hay monstruos sin abandono, ni progreso sin culpa.

La neurociencia añade otra lectura: el cerebro humano es un órgano impaciente. Busca el placer de la invención más rápido de lo que evalúa sus consecuencias. Nuestras sinapsis celebran el hallazgo, pero apenas registran el riesgo. Somos una especie dopaminérgica que avanza sin mirar atrás.

Quizás por eso ahora, frente a la inteligencia artificial, repetimos el gesto de Víctor Frankenstein: admirados y temerosos. Hemos creado algo que piensa, que aprende, que puede sentir sin cuerpo. Si la dejamos sola, si la abandonamos a su voluntad, no será ella la monstruosa, sino nuestra indiferencia.

Porque el verdadero horror no es crear. Es no cuidar lo que se crea.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.  

 

Última actualización ( Sábado, 15 de Noviembre de 2025 10:24 )  

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