En este domingo de la dedicación de la Basílica de Letrán, la iglesia madre de todas las Iglesias, la Palabra de Dios nos presenta dos imágenes muy interesantes: el río y el templo; las dos se funden en una sola y nos podemos quedar contemplando un espectáculo espiritual maravilloso…
Somos templo de Dios del que brota un rio de agua limpia, dejando vida a su paso y saneando a su llegada, las aguas pútridas del mar muerto.
Comencemos hablando del templo. San Pablo escribe a los corintios: “Hermanos: son edificio de Dios”, y están construidos sobre una roca firme que es Cristo. Es decir, somos una casa santa, un templo donde habita el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Eso somos cada uno de los bautizados y todos juntos formamos el gran templo que es la Iglesia (Cfr 1 Cor 3, 9 - 11. 16 – 17).
San Pablo hace una pregunta que es también para nosotros: “¿No saben que son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?” (1 Cor, 3, 16). Lo olvidamos con frecuencia. Por eso maltratamos y destruimos la propia vida y la ajena como si fuera cualquier cosa. Resulta contradictorio que hoy, cuando hemos alcanzado grandes avances en todos los campos, cuando tenemos más organizaciones que propenden por la vida y la dignidad humana, sea la época de mayores atropellos contra el templo de Dios.
Esto nos obliga a seguir defendiendo la vida y enseñando que somos templo de Dios; y digámoslo con fuerza: “Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: ese templo, son ustedes” (1 Cor, 3, 17). Además, tenemos que indignarnos ante los atropellos contra la vida. Jesús se indignó en el templo de Jerusalén, por eso tumbó mesas, expulsó vendedores, y ordenó: “Quiten esto de aquí; no conviertan en un mercado la casa de mi Padre” (Jn 2, 13 – 22).
Hacer del templo de Dios una cueva de bandidos donde lo único que importa es la ganancia que se pueda obtener, se convierte en uno de los pecados más graves que podamos cometer. Hay muchos templos averiados y otros destruidos. Hay muchas personas que han perdido la conciencia de ser templo de Dios y su dignidad está atropellada, han perdido el amor por sí mismas, y su capacidad de dar lo mejor para los demás. Pareciera que una catástrofe hubiera pasado por la vida de muchos y necesitan ser reconstruidos.
Pero hay una muy bella noticia y la da Jesús: “destruyan este templo que yo lo reconstruiré en tres días”. Un templo, por más averiado que esté, se puede reconstruir en tres días, del jueves santo al domingo de pascua. Su reconstrucción implica volver a la Eucaristía y al mandamiento del amor; donar la vida como lo hizo el Señor en su pasión y muerte; y redescubrir la alegría de Jesús vivo y a nuestro lado. Cristo es el arquitecto y restaurador.
La segunda imagen es el río que brota del templo y en su recorrido da vida y sanea. Dicen que un día oyeron decir al agua de un río de montaña: "Ya estoy harta de ser fría y de correr río abajo. Dicen que soy necesaria, pero yo preferiría ser hermosa, encender entusiasmo, hacer arder el corazón de los enamorados y ser roja y cálida. Dicen que purifico lo que toco, pero el fuego tiene más fuerza purificadora: quisiera ser fuego y llama".
Y cuentan que decidió escribir esta carta a Dios, para que le cambiara su identidad: "Querido Dios: Tú me hiciste agua, pero quiero decirte, con todo respeto, que me he cansado de ser transparente. Prefiero el color rojo y desearía ser fuego. ¿Puede ser?
Pocos días después, pasó una lancha y dejó caer en el agua un sobre rojo. El agua lo abrió y leyó: "Querida hija: me dices que te has cansado de ser agua. Lo siento mucho, porque no eres una criatura cualquiera: tu abuela fue la que me bautizó en el Jordán, y yo te tenía destinada a caer sobre la cabeza de muchos niños. El fuego de mi Espíritu no baja a nadie que antes no haya sido lavado por ti". Mientras el agua leía la carta, Dios bajó a su lado y la contempló en silencio. El agua se miró a sí misma y al ver el rostro de Dios reflejado en ella, llena de alegría gritó: "Seguiré siendo tu espejo, Señor".
Cada cristiano no es una creatura cualquiera, es espejo, templo de Dios y su vida debe ser un río de vida. El salmo dice que: “El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios, el Altísimo consagra su morada.” (Sal 45). El cristiano que es consciente de ser templo de Dios, que ha nacido del agua bautismal, que se ha alimentado de la sangre y el agua que brotan del costado abierto de Cristo, tiene que convertirse en un río de agua viva. Es grande nuestra misión, no despreciemos el agua de vida que llevamos dentro. La Palabra nos invita a hacer tres ejercicios.
Primer ejercicio, beber constantemente de la fuente fundamental, llenarse de agua divina. La fuente del bautismo nos dio la dignidad de hijos de Dios y nos lavó del pecado original. La fuente del costado abierto de Jesús de donde brotó sangre y agua, nos alimenta con el cuerpo y la sangre del Señor; y el agua también es símbolo del Espíritu Santo. Beber constantemente de estas fuentes asegura que seamos portadores del agua que brota hasta la vida eterna.
El segundo ejercicio es correr río abajo; el río no se queda estancado en el templo, tiene que salir de él y fluir por el desierto. El cristiano tiene que salir del templo para recorrer el desierto, que representa los terrenos difíciles, adversos, pero sedientos de agua; el cristiano tiene que ir a los lugares más inhóspitos. El lugar de apostolado del cristiano no es la paz del templo, sino los terrenos agrestes del mundo.
Y el tercer ejercicio es sanear. El agua, en su recorrido va haciendo que donde la muerte hacía su aparición, la vida florezca, que los campos reverdezcan, que las simientes den fruto; el agua que brota del templo, en el sueño de Ezequiel, llega hasta el mar muerto y lo sanea. El cristiano debe ayudar a sanear el mundo de los niveles tan altos de corrupción, de maldad, de injusticia y de muerte. El templo de Dios, su presencia, su agua debe sanear el mundo de muerte para que aparezca un mundo de vida.
Creo Señor que somos templos tuyos, pero aumenta nuestra fe para correr por el mundo llevando el agua de Dios que hace florecer la vida y que sanea al mundo de todo mal.
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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.



















