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Agua bendita

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Edna Rueda AbrahamsA la botellita la acomodó como pudo entre su pecho y el sujetador de encaje que llevaba puesto. Le hizo una cuna invisible, esperando que bastara para escabullirse y pasar por alto el control tácito que le aguardaba al volver. La casa tenía dos pisos y cuatrocientas cuatro historias, y ella era una de ellas.

A esa isla había llegado desde Cartagena cinco años atrás, persiguiendo la promesa que guía a todos los migrantes: un mundo mejor al otro lado del puente, del muro o del mar. Y algo de eso encontró. No como lo había imaginado, pero el cambio fue, casi en todo para bien.

Aún no terminaba de desempacar cuando vio al hombre que sería su ancla, el que, con una mirada, le hacía cosas. Y antes de que acabara el año ya le había hecho varias: primero la hizo reír, luego le hizo promesas, después le hizo un hijo, y al final, la hizo llorar.

Él la llevó a su casa, la de las historias. Allí le hablaban bien, le daban comida, y ella lavaba la loza, barría, regaba las matas. No se metía con la cocina porque no sabía preparar los platos de esa gente, pero iba a la tienda y limpiaba el baño.

Aprendió a mirar al suelo cuando hablaban en el idioma que no entendía, y aunque con el tiempo las palabras se le fueron haciendo familiares, siguió fingiendo no comprenderlas para pasar inadvertida. No dejó nunca de ser una extraña.

La matrona era la madre del hombre que le dio el hijo. Suave los domingos en la iglesia, fuerte de lunes a sábado. Sabía reír y contar historias, pero no soportaba los abrazos ni la cursilería. Era una mujer buena, distante, pero buena.

Allá llegó ella, a una casa donde la gente comía distinto, hablaba distinto y rezaba distinto. Pasaron los años, el pequeño creció hermoso, y ella aprendió a buscar su alegría en las pequeñas cosas: mirar la novela por las tardes o coleccionar los cómics de Kalimán.

Un día llegó la fiesta para disfrazar a los niños y las vecinas, con quienes había cultivado amistad, le contaron sus miedos: hablaban de demonios y espíritus que, aprovechando la noche de los muertos, se metían por los pies de los críos.

Volvió sin poder compartir con su suegra aquella mala sensación. En esa casa no había santos, ni rosarios, ni estampitas, la fe de sus anfitriones no las contemplaba, no había nada a lo que aferrarse para hallar calma. Fue entonces cuando ideó la misión: iría a la iglesia católica y, en un frasco diminuto, traficaría agua bendita para darle a su hijo el bautizo tardío que lo salvaría.

Llegó con el frasco escondido en el pecho, mirando al suelo como de costumbre. Se escabulló con un saludo bajo y discreto, tomó al pequeño del brazo y lo llevó a la habitación. Allí, con ternura y temblor, empapó su carita redonda con el agua bendita. No sabía las consecuencias de contrariar las costumbres de la casa, pero nada importaba más que el alma de su niño: ningún diablo tocaría a su hijo.

Años después tuvo que marcharse. Las circunstancias la obligaron a dejar al niño. Su único consuelo era el secreto que compartían: un rito silencioso, un bautizo clandestino con agua bendita de contrabando.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan. 

 

 

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