Reconozcamos que este encabezado es de muy mal gusto, tanto desde el punto de vista espiritual como desde el punto de vista publicitario o comercial, es una noticia que no vende. No por eso deja de ser una información cierta, útil y supremamente importante para toda persona sensata.
Pensar en la muerte hace bien, porque nos ayuda a tomar la vida con más seriedad, como dice el salmista, "Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato" (Sal 89).
Dejemos a un lado las susceptibilidades que tienen más de hipocresía espiritual que de verdadera sabiduría y tomemos de frente el tema de la muerte. Las verdades hay que enfrentarlas en vez de evadirlas. La muerte es real, y ponernos de frente a ella no es un acto desafiante ni ocioso, es una acción de inteligencia humana y de sensatez espiritual.
Una antigua leyenda árabe cuenta la triste historia del paje del sultán de Bagdad. Un día el joven paje cayó angustiado a los pies de su señor, que le quería mucho, pidiéndole prestado su mejor caballo, aquel que parecía volar de lo rápido que corría.
– ¿Para qué? – le preguntó el sultán.
– He visto la Muerte en el jardín y ha hecho un gesto, dirigiéndose a mí. Con tu caballo me escaparé a Basora y me esconderé en el mercado. La Muerte no me encontrará.
El sultán dio su corcel al joven, que partió a todo galope. El sultán bajó al jardín y vio a la Muerte en actitud de espera.
–¿Por qué has amenazado a mi paje? –le dijo.
– Yo de hecho no lo he amenazado, respondió la Muerte. Sólo he levantado el brazo sorprendida. Me preguntaba: ¿Cómo es posible que esté aquí todavía, si yo tengo una cita con él dentro de cinco horas en el mercado de Basora...?
Tenemos que ponernos una cita con la muerte, no para desafiarla ni desearla, sino para escuchar grandes lecciones que debemos incorporar en nuestra vida cristiana. La muerte es gran consejera y maestra de vida porque dice al menos tres verdades de frente.
Primera verdad: la muerte es una amiga inseparable. Dice san Pablo, “todos hemos de comparecer, como está escrito” (Rom 14, 10). Alguien decía que, al nacer un ser humano, nacía un aprendiz de muerto; pareciera una afirmación fatalista, pero es verdad que la muerte acompaña al ser humano desde su nacimiento, y nunca se apartará de su lado; no vivamos huyendo de ella, aceptémosla como hermana y compañera de vida.
Escribía el papa Benedicto XVI: “aunque la muerte sea con frecuencia un tema casi prohibido en nuestra sociedad, y continuamente se intenta quitar de nuestra mente el solo pensamiento de la muerte, esta nos concierne a cada uno de nosotros, concierne al hombre de toda época y de todo lugar”.
San Francisco de Asís en su cántico espiritual se refiere a ella como hermana: “Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal, de la cual ningún hombre viviente puede escapar. ¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal!: bienaventurados aquellos a quienes encuentre en tu santísima voluntad, porque la muerte segunda no les hará mal”.
Segunda verdad: el amor exige eternidad. Dice san Juan: “Cuando vaya y les prepare un lugar, volveré y los llevaré conmigo, para que donde estoy yo estén también ustedes” (Jn 14, 3). La muerte hace estallar el grito de esperanza. El hombre desde siempre se ha preocupado de sus muertos y ha tratado de darles una especie de segunda vida a través de la atención, el cuidado y el afecto. En cierto sentido, se quiere conservar su experiencia de vida; y, de modo paradójico, precisamente desde las tumbas, ante las cuales se agolpan los recuerdos, descubrimos cómo vivieron, qué amaron, qué temieron, qué esperaron y qué detestaron.” (Benedicto XVI).
La muerte no puede acallar el deseo de seguir viviendo; Dice el salmista: “Desde lo hondo a ti grito, Señor, Señor, escucha mi voz, estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica” (Sal 129). Es el grito de la necesidad de eternidad. Nadie quiere morir, el ser humano se resiste a creer que la vida se acaba, busca perpetuarse, porque el amor necesita eternidad. Ante la muerte nos rechazamos, no podemos aceptar que todo lo bello y grande realizado durante toda una vida, se borre y caiga en el abismo de la nada. Sobre todo, sentimos que el amor requiere y pide eternidad, y no se puede aceptar que la muerte lo destruya en un momento.
Tercera verdad: la muerte ya fue vencida por Cristo. Dice san Pablo: “Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él” (Rom 6.9). Una de las razones por las cuales tememos a la muerte, es por el miedo a la nada, a este partir hacia algo que no conocemos, que ignoramos. Mucha gente anda escarbando intentando tener algún contacto con el mundo más allá de la muerte, y por eso acuden a espiritismos y otras prácticas. Nosotros tenemos la certeza de que Cristo resucito y con él resucitamos nosotros.
Creo Señor que todos tenemos que comparecer ante Dios, pero aumenta nuestra fe para renovar con valentía y con fuerza nuestra convicción en la vida eterna, y para amar más intensamente nuestra tierra y trabajar por construirle un buen futuro.



















