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Calma la ínsula

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Edna Rueda AbrahamsLa justicia es una forma de reconocimiento. No comienza en las leyes ni en los tribunales, sino en el cerebro que distingue entre el cuidado y la indiferencia. La ínsula anterior, esa parte del cerebro que percibe el dolor propio y el ajeno, se activa cuando alguien es humillado o cuando presenciamos el sufrimiento de otro.

La injusticia, entonces, no solo duele al que la sufre: duele al que la presencia. Es una herida compartida.

Cuando la amígdala cerebral, guardiana del miedo, vive en alarma constante, el cuerpo aprende que el otro representa una amenaza. La repetición de la impunidad y del abuso no solo moldea la conducta: esculpe un sistema nervioso en defensa. La dopamina, hada del goce se retira, la oxitocina: el neurotransmisor de la bondad se diluye, y el placer por la cooperación se apaga. La comunidad se convierte en un conjunto de individuos desconfiados. Así nace la fragmentación: cuando la otredad deja de ser un espejo y se vuelve sospecha.

Desde Aristóteles, la justicia fue pensada como la virtud que ordena la vida común; para Kant, como el deber racional hacia el otro; y para Rawls, como el acuerdo que protege a los más vulnerables. Pero estas visiones encuentran su límite cuando el cerebro —esa materia frágil que sostiene la moral— ha sido domesticado por la injusticia. No se puede pedir razón a un cuerpo sometido al miedo, ni equilibrio a una mente que nunca conoció la reparación. La ética necesita biología: sin una base de seguridad, el deber se convierte en discurso vacío.

Un niño que no recibe justicia interioriza la arbitrariedad como normalidad. Su corteza orbitofrontal, que debería aprender la empatía, crece bajo el ruido del desamparo. En la adultez, le cuesta reconocer el dolor ajeno, porque su propio dolor nunca fue reconocido. Su cerebro no aprendió el lenguaje del cuidado, sino el del sobrevivir. Y ese déficit personal se convierte en déficit cultural: pueblos enteros donde nadie confía en la palabra del otro, donde la ofensa pesa más que el perdón.

En estos territorios insulares, donde la desigualdad se siente hasta en el aire, la justicia no es solo una institución: es una necesidad afectiva.

La población sin reparación se disuelve en el rencor, y el cerebro colectivo se mantiene en guardia. Sin embargo, cuando se restituye la dignidad, la neuroquímica del vínculo cambia: la oxitocina vuelve, la ínsula se calma, la corteza prefrontal se reorganiza. El otro deja de ser enemigo y vuelve a ser semejante.

La justicia, en su sentido más íntimo, es la restauración de la confianza en la mirada del otro. Es el punto en que el cerebro, el cuerpo y la comunidad reconocen que pueden volver a respirar sin miedo. Porque sin justicia —ni neuronal ni social— no hay posibilidad de encuentro, y sin encuentro no hay misericordia.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.

 

 

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