Una de las grandes ilusiones de toda persona creyente es sentirse escuchada por Dios. Pues hoy encontramos la bella noticia: Dios escucha al orante humilde y pobre. Cuentan que un día el diablo se fue de inspección para ver cómo rezaban las personas. Era un tema que le interesaba porque la experiencia le había enseñado que era de vital importancia para su trabajo.
Su gira fue breve y satisfactoria porque las dolientes oraciones eran del todo innocuas y porque las personas que rezan son menos que las moscas blancas.
Estaba regresando contento a casa, cuando descubrió, en un campo, a un labrador que estaba gesticulando. Ávido por saber qué pasaba, se escondió detrás de un montículo y se puso a observar. El hombre estaba peleando violentamente con Dios: lo trataba sin ninguna consideración, y le decía toda clase de barbaridades... El diablo se quedó vivamente interesado en un principio, pero luego comenzó a reflexionar y aquello no le gustó nada.
Mientras andaba en estas cavilaciones pasó por allí un sacerdote, quien dirigiéndose al campesino le dijo:
- Buen hombre. ¿Por qué razón te comportas así? ¿No sabes que insultar a Dios es pecado?
- Reverendo-responde el hombre-, si me enfurezco con Dios, es porque creo y porque le siento cercano; si le digo lo que siento, es porque lo quiero mucho; si grito, es porque sé que me escucha.
- Tú deliras- dijo el sacerdote alejándose.
Pero el diablo, que sabía más que el cura, se fue muy alarmado: había descubierto a un hombre capaz todavía de rezar.
La oración es un canal efectivo para llegar a Dios, es una herramienta útil y necesaria para encontrar consuelo divino, y un arma poderosa para defendernos del mal. Por eso, el demonio busca la manera de que los creyentes no oren, y en verdad ha logrado que muchos creyentes desvirtúen la grandeza, la belleza y el poder de la oración y que otros tantos la abandonen.
Las lecturas de hoy nos enseñan dos actitudes fundamentales para la oración. La primera es la humildad. El libro del eclesiástico afirma: “Para él no hay acepción de personas en perjuicio del pobre, sino que escucha la oración del oprimido. No desdeña la súplica del huérfano, ni a la viuda cuando se desahoga en su lamento” (Eclo 35,12).
En el evangelio encontramos al publicano orante, que era un hombre humilde. Se postra ante Dios, no se queda de pies. El fariseo soberbio se presenta como el centro del todo, como modelo acabado y perfecto para los demás, cerrándose y negándose a la esperanza de crecer espiritualmente y llegar a ser mejor.
Su oración lo muestra. “¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo” (Lc 18, 11). La soberbia no nos permite orar debidamente, y Dios no va a escuchar nuestro monólogo que nos lleva a creernos el ombligo del mundo y a despreciar a los demás como la basura de la humanidad. La soberbia del fariseo hace que no renuncie a su impotencia, creyéndose autosuficiente, y además rehúsa al poder de Dios. Esto constituye el pecado más grave que lo lleva a la condenación.
En cambio, el humilde publicano, sale de sí mismo para buscar a Dios, por eso se postra y se pone bien atrás, porque reconoce a Dios como Dueño y Señor; golpea su propio pecho asumiendo su responsabilidad en vez de señalar y acusar a los demás. “El afligido invocó al Señor y él lo escuchó”, dice el salmista (Sal 33).
Pablo también fue orante humilde y cuando todo el mundo le dio la espalda, dice, “el Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas para que, a través de mí, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todas las naciones. Y fui librado de la boca del león” (2 Tim 4, 17).
La segunda virtud para la oración es la pobreza. Es la aceptación de la limitación por eso el publicano se confronta con Dios y consigo mismo, llegando a descubrir que lo que él posee es pecado, y que debe fiarse del amor y la misericordia divina. Ahí está su salvación, en que toma conciencia de su pobreza y pide ser enriquecido con la misericordia divina, se fía de ella, mientras que el fariseo pasa factura, Dios le sale a deber por eso confronta a Dios y rompe la fraternidad con los demás.
La humildad y la pobreza incorporadas a la oración logran nuestra unificación interior, hacen que el culto que damos a Dios y nuestro comportamiento moral vayan de la mano; que el contacto con el Señor y la justicia social, reflejada en el afán por la fraternidad sean una pareja inseparable.
Creo Señor que la oración humilde y pobre es la demostración de la conversión radical, pero aumenta nuestra fe para salir de nosotros mismos e ir en búsqueda de Dios, abandonándonos en el poder de su gracia; salir de nosotros mismos e ir hacia los demás, para asumir el compromiso de construir un mundo fraterno y solidario. Por eso que el demonio busca que los creyentes no oren, mientras que Dios escucha al orante humilde y pobre.
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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.



















