He pasado demasiado tiempo con Arthur Schopenhauer en las últimas semanas. El inspirador de Nietzsche podría estar, en lo que a mí respecta, tomándose un ‘cocoloco’ en las playas de esta isla, mirando a la gente con la misma mezcla de ironía y resignación que uno siente cuando ve repetir los mismos errores.
Creo que le gustaría este lugar. No por su belleza, sino por la lucidez cruel que inspira vernos tropezar una y otra vez con la misma piedra, con la misma sonrisa.
Aquí, donde el sol lo perdona casi todo, la estupidez parece un hábito colectivo. No es ignorancia, es una forma de anestesia. Es no entender las causas, ni las consecuencias, ni el poder que tiene el pensamiento. Es creer que alguien más arreglará lo que no queremos enfrentar. Que el gobierno, la iglesia o el tiempo resolverán lo que nosotros no quisimos mirar. Y yo no me salvo de eso. También he sido cómplice del silencio, de la pasividad disfrazada de calma. También he confundido prudencia con miedo, resignación con madurez.
He caído en la estupidez muchas veces: cuando he dejado pasar la mentira por cansancio, cuando he callado por no pelear, cuando he esperado resultados sin sembrar acción. Cuando he pensado que los demás no cambiarán y he usado esa excusa para no cambiar yo. El viejo gruñón de Frankfurt —así lo llamo ahora— tenía razón en algo: la estupidez no es un defecto del intelecto, sino del carácter. Es la flojera de pensar, la cobardía de vernos de frente.
Y aquí, en el archipiélago, esa flojera se ha vuelto cultura. Se habla de progreso sin definirlo, de turismo sin cuidarlo, de juventud sin educación, de políticas sin principios. Nos acostumbramos al desorden y lo bautizamos “estilo de vida”. Aplaudimos lo mínimo y nos burlamos de quien piensa distinto. Y en esa bulla, la estupidez se pasea tranquila, con su paso de reina.
He visto a personas brillantes rendirse ante la comodidad. Profesionales con ideas ceder al rumor, estudiantes repetir sin comprender, líderes temer a la claridad. Y me he visto a mí misma igual. Por eso no puedo hablar desde arriba. Soy parte del mismo error. He vivido la estupidez en su forma más elegante: la autojustificación. Esa que dice “yo sí sé”, mientras no hace nada.
Quizá el viejo filósofo, con su ‘cocoloco’ imaginario, no cambiaría una palabra de su teoría si me oyera. Tal vez anotaría en su libreta: “En San Andrés, la estupidez aprendió a bailar”. Pero todavía creo que hay redención en pensar, en dudar, en no conformarse.
Tal vez el primer paso hacia la inteligencia colectiva sea admitir lo contrario: que también hemos sido tontos, cómodos y cobardes. Y que solo desde ahí puede comenzar algo distinto, más digno, más humano. Pensar, aquí, sigue siendo un acto de amor. Aunque duela. Aunque uno mismo sea el primero en quedar al descubierto.
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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.



















