Lo que sabemos hoy de la memoria a niveles neurofisiológicos, es que el proceso se divide en al menos cinco pasos y toma todo el cerebro para hacerse realidad: la entrada de información, mediada por la atención, superficial o profunda, filtrará eso a lo que damos importancia, y dependerá de nuestro interés, de nuestros valores, de lo que en nuestro contexto se ranquea como significativo.
Codificamos luego en el hipocampo, un caballito de mar en la mitad del cerebro, donde le ponemos etiquetas a nuestros recuerdos, esto nos dirá que asociamos a la belleza, a la ternura o al dolor, que voz nos trae paz y que olor nos es repugnante.
Almacenamos en varios lugares, dependiendo si el recuerdo es de uso a corto plazo o tiene pretensiones de eterno. El primero, lo haremos en la corteza prefrontal: de uso rápido, de mantenimiento barato, nos permite por ejemplo recordar el PIN de uso único que aparece como mensaje de texto. Para lo que se queda para siempre, usaremos el resto de la corteza, toda conjugada. Un elefante traerá un color a la imagen, también una textura, una forma, quizás un cuento asociado, Dumbo vuelve a la vida, cuando combinamos estos archivos.
Pero si necesitamos recordar nuestro camino a casa, lo pondremos en lugares donde haya acceso sin claves, junto a montar en bicicleta, lavarnos los dientes, o usar una llave. El cerebelo que visto de lado parece un árbol frondoso, funciona bien para estas cosas. Si el recuerdo nos provoca una carga emocional, se irá a las amígdalas cerebrales, hay dos pequeñas almendras donde viven juntos en este cerebro primitivo y reptiliano, quien nos ha parecido amable y quien nos da miedo.
Para consolidar las memorias tenemos dos mecanismos: o repetimos el recuerdo hasta la saciedad, hasta que la respuesta se vuelva un reflejo que no necesita ser pensado, o nos causa tal contundencia emocional que se nos tatúa, en el alma, por éxtasis o por dolor.
Por último, recuperamos encendiendo las conexiones que hemos creado. Combinamos las sensaciones hasta salivar sin tener cerca la fruta, o nos preparamos para huir de lo que antes nos hizo daño.
Como criaturas finitas, la única forma de eternidad es la memoria. Somos nada más lo que otros recuerdan de nosotros, de alguna manera la historia que otros se transmitan cuando se refieran a nuestras acciones.
Cicerón lo llamaba la “segunda vida” y proponía para estos tres tipos de personas: los héroes, los sabios, y los buenos ciudadanos. Su visión, definitivamente positiva, excluía a los villanos y a las ‘malas’ personas. La gloria, la eternidad, para él, era la única forma de trascender, al menos en los términos en los que podíamos manejar los humanos sin involucrar ninguna deidad.
Quizás vivimos para iluminar las áreas del cerebro de otros, sus caballitos de mar, sus amígdalas almendradas y sus árboles cerebelosos, quizás podemos ser más que transitorios, quedarnos como un sabor amable, quizás como un recuerdo feliz.
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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.






















