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Los llamados a encender el fuego del amor de Dios

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SANABRIA.OBISPOEn este domingo la Palabra de Dios nos quiere recordar que la misión propia e ineludible de todo seguidor del Señor es encender el fuego del amor de Dios en el mundo, como lo expresa el mismo Jesús: “He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!” (Lc 12, 49).

Encender el amor de Dios implica estar dispuestos a enfrentar una lucha encarnecida contra el enemigo del Señor. Jesús mismo se enfrentó contra Satanás, el enemigo de Dios y está dispuesto a luchar con nosotros porque también es nuestro enemigo. Es una lucha entre el bien y el mal que comienza siendo interna y personal, pero que se va ampliando hasta llegar a ser una lucha familiar y social.

Cuentan que un día, un anciano Cherokee, de las tribus indígenas de Estados Unidos, llamó a su nieto para contarle una historia. Le dijo:

- “Dentro de cada uno de nosotros hay una batalla entre dos lobos: Un lobo negro que lucha contra todo y todos incesantemente: es ira, envidia, culpa, resentimiento, celos, avaricia, soberbia, mentiras y ego. Un lobo blanco que vive en armonía con lo que le rodea: es bondad, alegría, paz, amor, esperanza, gratitud, generosidad, humildad, compasión, empatía y verdad”.

El niño meditó un momento estas palabras y luego preguntó:

- "Abuelo ¿qué lobo ganará?"
- El viejo Cherokee sonrió y respondió:
- Aquel al que alimentes.

Tenemos que avivar el fuego de amor a Dios, alimentar al que es el Sumo Bien, y eso comienza en el corazón de cada uno, ahí inicia la victoria sobre el mal. Avivar el fuego consiste en saciar la sed ardiente de Dios que hay en todo ser humano, satisfacer el profundo anhelo espiritual de su presencia y de entrar en comunión con Él. La sed de Dios es un deseo intenso que va más allá de las necesidades físicas, como lo es la sed que siente un ser vivo por el agua, o por el aire indispensable para respirar; la sed de Dios es una necesidad trascendental, indispensable para salvarse.

Para lograr encender el fuego del amor divino en nuestro corazón y en el mundo tenemos un aliado poderoso, se trata del Espíritu Santo que, mediante la unción sacramental nos infunde el deseo de entrar en el corazón de Dios; recordemos que hemos sido ungidos en el Bautismo y en la Confirmación, ahí está la llama, basta avivarla con la oración y la vida sacramental.

Encender al mundo con el amor de Dios trae unas consecuencias fuertes. Podemos decir que ser cristiano es estar dispuesto a ser zarandeado. El terreno propio del cristianismo es el campo de batalla. Y quien se compromete con el amor de Dios se va a mover en medio de situaciones extremas, entre el amor y el odio, entre la vida y la muerte, entre verdad y la mentira, entre la ética y la corrupción. Se cumple lo dicho por el Maestro: “¿Piensan que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. El buen cristiano es siempre signo de contradicción, como lo fue Jesús.

Conviene mencionar el caso de Jeremías, el profeta que por defender el derecho y la justicia que eran pisoteados por los dirigentes, se ganó un odio mortal, al punto de echarlo a una cisterna de aguas descompuestas, con el propósito de encerrar la Palabra, de callar la verdad, de corromper al profeta (Cfr Jr 38, 4ss). El demonio no está dispuesto a perder la batalla, y ataca a los que defienden el bien, a los que guían a los pueblos, porque el demonio sabe que la corrupción de los mejores es el peor daño para un pueblo.

Jesús menciona otras consecuencias como las divisiones familiares y sociales, donde hay que actuar siempre a pesar del riego de fragmentación. El gran miedo que ha de tener un cristiano no es tanto a la división sino a callar la verdad, a acobardarse y alcahuetear al maligno. Callar la verdad es alimentar al lobo feroz, al príncipe de la mentira, al Demonio.

Todos nos quejamos de la situación que vivimos y normalmente sacamos a relucir todo lo negativo que vamos encontrando, y en cierta medida eso está bien para no ajustarnos a los criterios del mundo; pero se hace indispensable y urgente actuar y contribuir para que el amor de Dios tome fuerza y sea más visible que el mal.

Basta el pequeño granito de arena que cada uno pongamos que comienza con el buen ejemplo en el hogar, basta la palabra oportuna y el consejo sabio, basta el cumplimiento del deber y el ejemplo de honestidad; basta la oración cotidiana junto con nuestro trabajo en la evangelización. Tenemos que alimentar los lobos buenos, en vez de permitir el avance de los lobos que nos destruyen.

La actitud que debe acompañar siempre a quien quiere ayudar a que el fuego del amor divino se encienda en el mundo nos la ofrece san Pablo y consiste en tener los ojos fijos en Jesús resucitado: “corramos, con constancia, en la carrera que nos toca, renunciando a todo lo que nos estorba y al pecado que nos asedia, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús, quien, en lugar del gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Recuerden al que soportó tal oposición de los pecadores, y no se canséis ni pierdan el ánimo” (Hb 12, 1 ss).

Creo Señor que entre nosotros combaten el bien y el mal, pero aumenta nuestra fe para alimentar y avivar el amor de Dios, pue así reinarán en el mundo la paz, la justicia el amor.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.

 

Última actualización ( Domingo, 17 de Agosto de 2025 03:43 )  

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