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La barbarie de esta lengua: deuda histórica con el creole

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GUILLERMO RODRIGUEZ COLUMNA WEB

La historia lingüística del pueblo raizal está marcada por un patrón que se repite en la historia de Colombia: la imposición de un imaginario nacional construido desde el centro, en el que lo andino se erige como la medida de la unidad y lo demás es reducido a periferia. El análisis histórico de la relación entre la nación y la costa Caribe –y de manera particular, con el archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina– deja al descubierto un cisma estructural.

como advierte Bell Lemus (2006) en su arqueología de la toponimia, la disputa por la capital, el control de las rentas nacionales y el desinterés colonial por los territorios fueron factores determinantes en la configuración del imaginario espacial del país. Este imaginario no solo definió jerarquías territoriales, sino que también instituyó jerarquías lingüísticas.

El arribismo de las élites criollas, obsesionadas con reproducir los modelos de las grandes urbes europeas, consolidó una forma de pensar el territorio que blanqueaba y “civilizaba” desde el centro, excluyendo lo que se consideraba salvaje: indígenas y afrodescendientes. La modernidad llegó tarde, pero llegó con un conjunto de racionalidades –desarrollo, progreso, prosperidad– que se instalaron en el sistema de valores y creencias de la nación, generando condiciones asimétricas de relación entre el interior y las regiones. En este marco, el Caribe insular quedó reducido a una periferia cultural, económica y lingüística.

La construcción de la nación en el siglo XIX y buena parte del XX estuvo atravesada por un proyecto de homogeneización cultural. La llamada colombianización, implementada principalmente a través de la escuela y la iglesia, extendió dispositivos de disciplinamiento social que buscaban transformar a las comunidades 'diferentes' en ciudadanos moldeados por el patrón andino y el castellano.

En el archipiélago se impuso un sistema racializado de dominación, articulado mediante dispositivos políticos, religiosos, económicos y educativos, estructurados bajo un modelo monolingüe e hispanohablante, que desplazó el creole de los espacios de legitimidad y lo confinó a los márgenes de la vida pública. Se trató de una glotopolítica al servicio de la unidad nacional, donde la diversidad lingüística era vista como un obstáculo y no como un patrimonio.

El resultado ha sido un proceso persistente de erosión lingüística que recuerda, por su constancia y efectos, a la erosión costera que devora las playas del archipiélago. Calvet (2005) lo denominó glotofagia: la relación entre lenguas en términos de dominio, donde la lengua del dominador cuenta con legitimidad institucional y la del dominado se relega a un segundo plano, en cualquier caso, la lengua dominante no solamente se impone sino que se engulle y acaba por devorar a la dominada.

En San Andrés y Providencia, este fenómeno se percibe en el “mapa de silencios” del creole: en los actos oficiales, las guías turísticas o las explicaciones formales, predomina el español; en cambio, cuando se nombra una planta del Cove, se habla del rocco, o se cuenta una historia de duppies junto al gully, el creole emerge con naturalidad, anclado en la memoria y en la experiencia.

En creole, sí, este mundo puede ser contado cabalmente en creole, el tallo de la hoja, la hoja, sus frutos y los sonidos poseen una palabra que los nombra. Ese contraste evidencia una verdad profunda: el creole no es solo un medio de comunicación, es un universo semántico y cultural completo y suficiente. Como señala Requejo (2004), perder las palabras no es solo perder la capacidad de nombrar, sino también de la profunda co-relación entre decir-hacer-pensar-vivir-sentir (Requejo,2004) que configura la subjetividad del ser raizal.

Sin creole, se pierde una forma de habitar el mar, de practicar la pesca, de transmitir técnicas, relatos y canciones que han tejido la identidad raizal durante generaciones. La lengua es la codificación de un saber que no puede reducirse a un glosario: es la trama que conecta historia, territorio y comunidad.

El Estado colombiano tiene aquí una deuda histórica que no puede seguir postergando. Durante décadas, sus políticas han contribuido a la erosión del creole; ahora, tiene la obligación de impulsar su preservación y revitalización. En los últimos años, nuevas legislaciones han reconocido los derechos lingüísticos y el carácter patrimonial de las lenguas nativas. Estas normas, aunque insuficientes por sí solas, suman puntos en el camino hacia la reparación de una herida histórica.

Estas medidas pueden abrir la puerta a una verdadera justicia epistémica: reconocer que el creole no es un dialecto marginal, sino que constituyen el reservorio de un sistema de pensamiento digno. Preservarlo no es un gesto folklórico, sino un acto de defensa de un universo semántico, simbólico, irrepetible y singular . La pérdida del creole significaría la pérdida de una mirada única sobre el mundo, de un archivo vivo de conocimientos y memorias que no podrían existir en otra lengua.

Pero la justicia epistémica exige ir más allá de las leyes. Requiere la consolidación de instituciones locales coherentes con el principio de diversidad étnica y cultural: escuelas donde el creole sea lengua de instrucción, medios de comunicación que lo utilicen como lengua principal, y un reconocimiento formal en los espacios de gobierno y justicia. Solo así el creole podrá seguir siendo la casa del Ser para el pueblo raizal, y no una ruina lingüística arrasada por la marea del olvido.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.

Referencias:

Brathwaite, Edward Kamau (1971). The Development of Creole Society in Jamaica, 1770–1820. Clarendon Press.
obtenido en: https://archive.org/details/developmentofcre0000brat/page/n7/mode/2up

Calvet, L.-J. (2005). Lingüística y colonialismo. Siglo XXI Editores.

Heidegger, M. (2001). Carta sobre el humanismo (E. Barjau, Trad.). Anthropos. (Obra original publicada en 1947)

Clemente, I. (1991). Educación, política educativa y conflicto político-cultural en San Andrés y Providencia, 1886-1990. Bogotá: Universidad de los Andes

Requejo, I. (2004). “Procesos Comunicacionales, Glotofagia, Identidad Cultural: Problemas y desafíos en el tercer milenio”, en Historia Regional, Sección Historia, ISP Nº 3, Año XVII, Nº 22, 2004, pp. 123-136.
Obtenido en: https://historiaregional.org/ojs/index.php/historiaregional/article/view/276/594

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Guillermo Rodríguez Hortua es psicólogo, especialista en derecho público, magíster en Derecho del Estado con énfasis en gobierno y desarrollo de entidades territoriales de la Universidad Externado de Colombia, y candidato a magíster en Estudios del Caribe por la Universidad Nacional de Colombia. Cuenta con una Diplomatura Internacional en Solving Problem Therapy del Brief Therapy Center de Palo Alto, California.

 

Última actualización ( Lunes, 25 de Agosto de 2025 22:16 )  

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