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Con el espíritu santo transformamos el mundo

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SANABRIA.OBISPOCelebramos la solemnidad de Pentecostés con la cual ponemos broche de oro a las celebraciones pascuales. Es un acontecimiento fundacional que tiene como lugar concreto el cenáculo, donde se promulgó el mandamiento del amor, donde se celebró la última cena, donde se instituyó el sacerdocio, y donde se reunía la comunidad de Cristo.

Allí se funda la Iglesia, con la misión de transformar al mundo llevando el evangelio a todos los rincones. Hoy tenemos que suplicar: “Envía, Señor, tu Espíritu y renueva la faz de la tierra” (Sal 103)

Cierto día el filósofo Aristipo, que vivía confortablemente a base de adular al rey, vio al filósofo Diógenes cenando lentejas como un pobre.
Y le dijo Aristipo:
- Si aprendieras a ser sumiso al rey, no tendrías que comer esa basura de lentejas.
A lo que replicó Diógenes:
- Si hubieras tú aprendido a comer lentejas, no tendrías que adular al rey.

En Pentecostés nace una comunidad que decide gastar su vida al servicio de Dios y lanzarse a la transformación del mundo. Pentecostés es un buen acontecimiento para que nosotros definamos si queremos gastar la vida como Aristipo, esclavos del mundo, o si preferimos vivir la vida con más plenitud como Diógenes, si nos atrevemos a ser humanos hasta el final y defender nuestra verdadera libertad sin rendir nuestro ser a cualquier ídolo esclavizador, si luchamos para no perder la esperanza en el hombre y la vida y construir un mundo distinto al actual. Para lograr eso necesitamos servir a alguien que esté por encima de todos, que quiera un mundo distinto y que tenga el poder de llevarlo a cabo, y no hay otro sino Dios.

El papa Benedicto escribía: “El Espíritu Santo es quien lleva a cabo en la persona humana el admirable proyecto de Dios, transformando ante todo el corazón y, desde este centro, todo el resto”. Si permitimos la acción del Espíritu Santo, dejamos de ser esclavos del mundo, y seremos forjadores de una nueva humanidad. El protagonista del cambio es el Espíritu Santo y él quiere poner cuatro bases fundamentales.

La primera base es la oración. Comienza el relato de los hechos de los apóstoles con este dato valioso: “Perseveraban en la oración en un mismo espíritu” (He 1, 14). Vemos una comunidad convocada para escuchar la voz del Señor y seguir sus caminos, es una comunidad que ora fervientemente. La oración es la primera tarea de la Iglesia naciente. La oración es el alma del cristianismo, es el motor de la evangelización, es el soporte de la Iglesia. Sin oración no hay misión, sin oración no hay comunión, sin oración no hay transformación social.

La segunda base es la comunión. “Al cumplirse el día de Pentecostés estaban todos juntos en el mismo lugar” (He 2, 1). No perdamos la imagen del cenáculo, donde está reunida una comunidad de fe que es el nuevo pueblo de Dios, el nuevo Israel. En la estancia superior como se identificaba el cenáculo, hay una familia que ya no se basa en vínculos de sangre, sino en la fe en Cristo. Están los discípulos del Señor, la Virgen María, otras mujeres, un total de 120 personas. El cenáculo es el nuevo Sinaí donde se realiza la nueva y eterna alianza. Surge una nueva creación. El Espíritu Santo da vida a una comunidad que es al mismo tiempo una y universal.

Dice el texto bíblico, “Residían entonces en Jerusalén judíos devotos venidos de todos los pueblos que hay bajo el cielo. Al oírse este ruido, acudió la multitud y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua” He 2, 5s); todas las lenguas y culturas son parte de la Iglesia, por eso es católica, universal. La Iglesia habla a todas las lenguas. San Pablo lo expresa de manera precisa: “todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu” (1 Cor 12, 13).

En medio de tanta polarización que vivimos, Dios quiere que seamos capaces de unirnos en propósitos comunes. En vez de matricularnos en bandos que se atacan, debemos matricularnos en el proyecto de la comunión mundial, donde seamos capaces de sentarnos en la misma mesa, compartir el mismo pan, y soñar los mismos sueños. Necesitamos con urgencia permitir que el Espíritu Santo derribe los muros que nos dividen.

La tercera base es la paz. El saludo predilecto del Señor es la paz; desde su nacimiento hasta Pentecostés saluda deseando su paz. Es el don de la paz prometida y conquistada por Jesús al precio de su sangre; es el fruto de su victoria contra el espíritu del mal. El mundo necesita paz, Colombia pide paz a gritos. La Iglesia es llamada a ser signo e instrumento de la paz de Dios.

Una manera concreta de ofrecer la paz del Señor es con el sacramento de la reconciliación. En Pentecostés Jesús sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos” (Jn 20, 23). El Sacramento de la Reconciliación pacifica los corazones. Ojalá los sacerdotes comprendamos el valor de este Sacramento y lo ofrezcamos convencidos del bien que hacemos, y ojalá muchos acudan a él reconociendo la necesidad de encontrar paz en el corazón. La paz comienza en cada corazón. Necesitamos desarmar el propio corazón. Contribuyamos a la paz, poniendo paz en el corazón.

La cuarta base es el anuncio del Evangelio. “Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo” (Jn 20, 21). La trasformación del mundo no se logra a base de ideologías, sino a base de amor. El mundo necesita servidores en vez de gamonales; la humanidad cambia cuando ponemos al centro el bien de todos, y abandonamos lo intereses particulares. El hambre dejará de matar a tantos cuando aprendamos a compartir el pan de cada día. Al mundo lo cambian los valores del evangelio, que deben ser enseñados y sobre todo, puestos en práctica. El Evangelio es la norma de vida para que el mundo cambie. En Pentecostés, los discípulos dejan de ser individuos encerrados y miedosos, para convertirse en comunidad de valientes misioneros que anuncian el mensaje de Cristo a todos los rincones del mundo. Que María la llena del Espíritu Santo nos guíe y nos acompañe.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.

 

 

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