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“Crea en mí, Señor, un corazón puro”

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SANABRIA.OBISPO

El evangelio de san Juan nos presenta en este quinto domingo de cuaresma a un grupo de griegos que se acerca a los discípulos para hacerles esta solicitud: “queremos ver a Jesús” (Jn 12, 219). No es solo la petición de ellos, es la sed de Dios, el deseo de ver y conocer a Cristo que experimenta el corazón de todo hombre.

Esta petición se complementa con la súplica del salmo responsorial de hoy: “crea en mí, Señor, un corazón puro” (Sal 50). Una necesidad urgente de todo ser humano es querer ver el rostro del Señor, lo cual requiere de nosotros tener un corazón puro.

Para ver a Jesús no son suficientes los ojos del cuerpo, se necesita una mirada más profunda. Es indispensable mirar con el corazón; pero el corazón debe estar limpio, transparente para poder contemplar la grandeza y la belleza del rostro del Señor. El Principito, aquel libro corto en páginas pero profundo en su contenido dice: “Sólo se ve bien con el corazón: lo esencial es invisible a los ojos”.

Para ver a Jesús debemos disponer el corazón porque el verdadero valor de las cosas no siempre es evidente. Los ojos pueden engañarnos, no así el corazón. El corazón de una madre es capaz, con una simple mirada, de descubrir lo que pasa el corazón del hijo. El corazón nos permite mirar más allá de las apariencias, valorar las cosas por lo que realmente son, y no por lo que parecen.

Para el mundo bíblico el corazón es el núcleo íntimo de la persona y la raíz de todas sus facultades. Por eso el profeta Jeremías dice bellamente: “Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo” (Jr 31 – 33).

Un bello himno que rezamos en la oración de laúdes dice: “junto con este favorable tiempo danos ríos de lágrimas copiosas, para lavar el corazón que, ardiendo en jubilosa caridad, se inmola”. Disponer el corazón y lavarlo de la espuma del pecado, es una urgencia en este tiempo de Cuaresma, y para eso nos regaló el Señor el Sacramento de la reconciliación.

Después de disponer debidamente el corazón, hay que clavar los ojos, fijar la mirada y la mente en el rostro de Jesús. Hay múltiples rostros de Jesús, como el rostro tierno del recién nacido, y el rostro bello e imponente de las obras de arte; pero está también el rostro sufriente del calvario. ¿Cuál es el rostro que muestra el amor del Señor? Para nuestra sorpresa, es el rostro del crucificado. Por eso Jesús dice que hay que elevar los ojos porque él va a ser levantado en la cruz.

Cuando nos invita a mirarlo levantado en la cruz, nos está indicando de qué muerte va a morir, y se vale de una imagen sencilla pero rica en significado: “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 24). La ley de la cruz es la ley del grano de trigo que muere para germinar y producir nueva vida.

La verdadera fecundidad del amor de Cristo por nosotros aparece en la cruz, porque se entrega, se da y se pierde para salvarnos. Jesús en la cruz es grano de trigo deshecho, para dar vida a todos. Mirar a Jesús en la cruz es mirar la altura a la que alcanzó su amor por nosotros, y ese amor nos atrae: “Cuando yo sea levantado, atraeré a todos hacia mí”. El amor atrae.

Jesús, desde la cruz está luchando por conquistar nuestro corazón. Pero no solo el Señor crucificado busca nuestro corazón; el diablo también lo hace pero ya no desde lo alto, sino desde lo mundano; y el campo de batalla es el corazón del hombre. En el mismo campo de batalla donde luchan el bien y el mal, la verdad y la mentira, combaten también la tristeza auténtica y las falsas hermosuras.

La lucha no es fácil porque la tentación es seductora. En la carta a los hebreos está escrito: “El mismo Jesús Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, cuando es su angustia fue escuchado. Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna” (Heb. 5, 7 – 9)

La invitación de Jesús en este domingo es a dejarnos seducir por su amor. Miremos a lo alto para descubrir el verdadero acto de amor, que transforma a la humanidad entera. Jesús quiere hacer alianza con nosotros, y la manera de sellar esa alianza es escribiendo su amor en nuestros corazones.

Mantengamos los ojos, el corazón y la mente fijos en el Señor, porque sólo así seremos atraídos por su amor y solo así el enemigo, el príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Mirar a Jesús con el corazón, nos capacita para ser como él: granos de trigo que mueren para que otros tengan vida. Y así ha llegado la hora de que el Hijo del Hombre sea glorificado.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.

 

Última actualización ( Domingo, 17 de Marzo de 2024 09:21 )  

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