Cuando abrió la puerta temblaba más de lo normal. A sus setenta años, los temblores se notaban más, pero el nerviosismo de esa tarde era desbordante. Traía un traje crema, camisa blanca, corbata y pañuelo azul, un sombrero de paja blanca con cinta. Era verano y el vestido iba acorde. Llevaba unas flores, sacudidas y deshojadas por el temblor.
La puerta que abría era la de un jardín, estaba hecha de madera, pintada de blanco, con flores en la salida y un buzón pintado de rojo, era todo muy hermoso, era todo como una postal.
Caminó desde su casa, que quedaba a tres cuadras, lo hizo después de bañarse, de rezar y perfumarse, se puso su crucifico plateado, sobre la camisilla que usaba bajo la ropa, tomo el café, y luego se quedó esperando que fuera medio día, frente al televisor, simulando ver el partido.
Ya había amenazado muchos años, con hacer público su amor, pero hoy que se cumplía un mes desde que estuvo internado por ese dolor de pecho. Ese era el día que había decidido. Un amor que llevaba más de cuarenta años, que empezó sutil y se enmascaró en una amistad larga y solidaria, que se alimentó de miles y miles de cafés juntos, de conversaciones y luego de unos pocos besos. Se hizo un amor fuerte y discreto, tibio y austero.
Pero hace un mes, cuando a tres cuadras de su amor, el pecho le dolió como de muerte, el piso lo recibió y se sintió solo, pensó que ya que la muerte estaba pisándole los talones, sería bueno que lo encontrara en la cama durmiendo al lado del alma que amaba. No le contó sus planes, habría que hacerlo de golpe, sin anestesia.
En el jardín, salía un olor a asado de la parrilla y se oían muchas voces: había una fiesta. Esto sería público, habría una audiencia para el espectáculo. Y el cruzó rápido la reunión, dejando a todos en un silencio estático. Si no lo hacía así, la valentía con la que comenzó el día se habría esfumado en el camino. Cruzo el patio, y frente al que había sido el amor de su vida, con lagrimas en los ojos y mocos en la nariz, le robo un beso que aflojo una o dos mandíbulas.
Se alejó y espero la lluvia de reacciones. Entonces, una voz cortó el ambiente, denso como mantequilla…. “ya era hora tío, todos sabíamos que eran maricas”. El asado siguió, y el murió junto a su hombre dos años después.