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Colombia dialoga con Nicaragua

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Diferendo Colombia - Nicaragua: ¿qué es y para que sirve una plataforma  continental? Noticias La Voz del Cinaruco

La Cancillería de Colombia emitió un comunicado que anuncia el propósito de abrir diálogos es para ‘avanzar en conversaciones que aseguren el cumplimiento’ de los fallos de La Haya, incluyendo, desde luego, el más reciente. Es un espacio que eventualmente podría llevar a una negociación que ponga punto final al diferendo.

En el proceso existe el riesgo de que no se atiendan bien los asuntos bilaterales pendientes como pesca y protección ambiental y hay incertidumbre sobre qué se cede, qué ganamos y si podemos avanzar en el acercamiento al Caribe y en mejorar nuestras islas. Es por eso que la expectativa y el optimismo que generó la sorpresiva noticia del diálogo vienen acompañados de una dosis de nerviosismo y de muchas preguntas.

El diálogo es una oportunidad para demostrar la influencia raizal y la valoración y significado de las islas en el contexto de políticas públicas nacionales y las relaciones internacionales del país. Mucho se puede lograr pero igual mucho puede salir mal. Todo resultado impactará en las islas y por eso es necesario un análisis riguroso de cada decisión y es determinante la participación de los isleños.

Algo positivo del posible fin de la tensión territorial y bilateral podría ser el acercamiento de dos pueblos unidos por su cultura, su lengua creole y su historia común de casi cuatro siglos, pero separados por el conflicto limítrofe de más de 40 años.

Las dos pequeñas Corn Islands (Islas del Maíz), a 15 minutos de vuelo de San Andrés, eran parte de nuestro archipiélago y están habitadas en su mayoría por raizales nicaragüenses con familia en nuestras islas. Aún son bendecidas por una rica tradición y una cultura afro-anglo-caribeña que custodian bien y por eso mantienen vivas las esperanzas de la conservación étnico-cultural en nuestras islas.

Un acercamiento fomentaría no solo ambiciones étnicas sino que inspira nuestros sueños de un acercamiento al Caribe. Por eso nuestra debilidad por esas islas vecinas es una nostalgia que nutre intereses de reivindicación raizales, además de expectativas socioeconómicas cuyo principal beneficio sería una canasta familiar más barata para todos los isleños si la kafkiana y artificiosa burocracia colombiana facilita un intercambio comercial más fluido que lleve a la importación de comida económica desde Nicaragua, como ocurre en otras zonas de frontera.

Ahora ya no es la preocupación por la soberanía o la simpatía raizal por una mayor autonomía regional, sino el tráfico de migrantes, que está siendo usado como argumento para obstaculizar nuestras ambiciones de un mayor intercambio humano y económico fronterizo, algo permitido en las otras fronteras pero no en la que tenemos con Nicaragua.

¿Cooperación o discusión?

Nos dice mucho que el anuncio de la disposición de Nicaragua a dialogar lo hizo un experimentado diplomático de ese país con nexo familiar en nuestras islas. Aunque el responsable será el también experimentado Carlos Argüello, la participación de ese oficial raizal nicaragüense de alto calibre y conocedor de nuestras islas genera desafíos para el equipo colombiano, que debe ser también de alto calibre, muy experimentado y preparado en todos los frentes. Lo lidera la bióloga marina Elizabeth Taylor, viceministra y oriunda de Providencia y lo integrará el desatinado embajador colombiano en Managua.

Es importante enfatizar que Cancillería sugiere en su comunicado que no se va a dialogar para buscar cambiar el fallo de 2012 y las fronteras que fijó, sino en conversar para poder cumplir con dicho fallo.

Esto es inquietante porque cae como anillo al dedo a las intenciones de Nicaragua de solo aceptar que se le entreguen sus aguas. Esto obliga a preguntarnos qué piensa sacar, ceder o aceptar del diálogo el Presidente Petro, quien claramente tiene optimismo y premura en sellar la paz con Nicaragua en los tres años que le quedan.

Se nota en el comunicado de Cancillería un énfasis en las consecuencias de las cosas y no en las intenciones de los actos, lo cual podría dejar poco terreno para la defensa de intereses isleños. Deja además entrever un enfoque centrado más en la solución al conflicto que en una fijación en las preocupaciones isleñas o en una estrategia gubernamental nacional para las islas. Aún no hay una y esperamos que el nuevo Gobernador del Archipiélago coordine con el gobierno nacional su estructuración.

Desde luego que Colombia también podría usar la generosidad y el traspaso de las aguas para poner atrás sus recientes salidas en falso que llevaron a las relaciones bilaterales a un punto muy bajo y así asegurar espacios de diálogo y cooperación hacia el futuro.

Porque si bien la nobleza puede ser vista como una debilidad en el diálogo, también puede generar crear espacios diplomáticos favorables, un ‘goodwill’ y recuperar la confianza mutua, que lleve a los dos países a poner sus diferencias en el pasado y atender en el futuro conjuntamente temas comunes, con la esperanza de que una vez Nicaragua tenga soberanía sobre sus aguas no pierda interés y no haya más distanciamiento en unas relaciones bilaterales históricamente muy frías, volátiles y exentas de confianza y certidumbre.

La voz de las islas

Por todo lo anterior, es necesario mirar las consecuencias para las islas en donde los isleños asumimos ser contrapeso a las acciones del gobierno colombiano, que no deben ser el resultado de ligerezas y arranques emocionales sino de planteamientos serios. Por eso son necesarias unas mesas técnicas de estudio, análisis y discusión para evaluar las cosas y tomar postura.

Los isleños debemos también asumir un liderazgo por nuestras islas, como hicimos en 2012, con exhaustiva preparación y sin improvisación, y el gobierno nacional debe alinear sus expectativas con las de las islas. Y todo debe ser concertado y legitimado, para lo cual es indispensable incluir un mayor espectro de opiniones y preocupaciones para así cubrir todos los impactos y escenarios posibles.

Así se establecen metas realistas que no impacten negativamente para los isleños, y al mismo tiempo el gobierno nacional minimiza el riesgo de un rechazo local a sus decisiones, como se hizo con lo de La Haya después de 2012 incluyendo a isleños en sus estrategias. No quisiéramos que suceda como con la participación en las presentaciones en La Haya, que ayudaron al estado a evitar un rechazo similar al fallo de 2012, pero sin lograr beneficios tangibles para las islas.

Próxima entrega: ‘Corn Islands: ¿quiénes son nuestros vecinos?’

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan

Última actualización ( Lunes, 06 de Noviembre de 2023 08:17 )  

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