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Doscientos años de soledad

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EDNA.RUEDA02ENBSi se pusieran sobre la espalda de un solo hombre, doscientos años pesarían como un yunque en el lomo de un potrillo. Para una estrella, sin embargo, el mismo momento alcanza solo para un par de titileos. La relatividad del tiempo se cruza siempre con la incomodidad que tenga quien cuente los minutos.

Doscientos años son un número que puede parecer mucho tiempo cuando se es una nación joven, pero en desarrollo completo de una civilización, en el asentamiento de un pueblo que se llama a si mismo ancestral, doscientos años es lo que pasa entre el aleteo de un colibrí.

Si el tiempo se puede medir, lo hace solo en función de los cambios que se observan: el movimiento del sol, los ciclos de la luna o las estaciones, y si dos siglos tuvieran que ser evaluados, pensaríamos: ¿qué cambios se han provocado en este tiempo?

En el archipiélago, los 200 años nos han visto tener avances y admitir retrocesos, ser saqueados de adentro hacia afuera y viceversa, nos llevó por un camino donde el narcotráfico arrasó generaciones enteras y cambió configuraciones sociales que parecían estáticas, hicimos adaptaciones a un progreso enmarcado en cemento y hormigón, donde las palmeras parecen haber perdido la batalla, pasamos de las sumas a las potencias logarítmicas a la hora de calcular el volumen de migrantes, perdimos agua dulce y agua salada, y malgastamos la inocencia tantas veces que cabe la sospecha de alteraciones mnémicas colectivas.

La imagen del retrovisor es confusa: no se pueden ver las condiciones ideales que planteaba una adhesión y en el aniversario de este matrimonio mayormente triste, se ha sugerido la idea que pintó el mapa en las pasadas elecciones: la que plantean las fronteras que cuentan historias similares, las que pidieron que esto cambie, aunque sea de alguna minúscula forma.

Doscientos años de soledad no se modificarán en un abrir y cerrar de ojos, y a coste de sacrificar el ego que nos es propio, los cambios que sean notables no pasarán en nuestro tiempo de vida. Aun así, aunque el pájaro que transporte la semilla muera en el primer invierno, no renuncia a sembrar el árbol, incluso sabiendo que su sombra no lo cobijará.

Estamos aquí, ahora, en este paisaje hermoso y caótico, para hacer lo que se pueda, hasta que se pueda y ser evaluados nuevamente… Ojalá en doscientos años de dignidad.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.

Última actualización ( Sábado, 25 de Junio de 2022 05:28 )  

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