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Mil duelos raizales en noviembre y dos amenazas de muerte

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Puede ser un primer plano de 1 persona, trenzas y lentes de solAullidos y lágrimas inundan San Andrés, Providencia y Santa Catalina cada noviembre. Treinta días que, año tras año, parecieran traer una desventura más. Primero un fallo les arrebató parte de su mar y, años después, el mismo mes, el viento se llevó lo que había sobre el manto insular y se dibujó el paisaje de la ausencia. 

Este 2021, noviembre llegó con dos horrores: de un lado, la alharaca por la supuesta culminación del Puente de los enamorados que conecta a Providencia con Santa Catalina, pero esta vez, sin piso. Del otro, las denuncias de amenazas de muerte a dos líderes raizales, al parecer, por resistirse a la construcción de una Estación de Guardacostas.

Dolores y duelos que deben recordarse para que no se repitan y para honrar lo que se fue, lo que perdura y la vida de un pueblo de mangle que se enraiza en lo profundo y se resiste a naufragar.

19 de noviembre de 2012: duelo al mar

Ese día, la Corte Internacional de Justicia emitió un fallo que le concedió a Nicaragua 75.000 kilómetros cuadrados del mar territorial colombiano o, más bien, del pueblo raizal que ancestralmente habita ese ‘maritorio’ y que Colombia no incluyó en la defensa durante los 11 años de litigio.

Aunque Serrana, Roncador, Quitasueño, Serranilla y Bajo Nuevo no se cedieron, el mar que enlaza al archipiélago con los cayos del norte sí se le adjudicó a Nicaragua. Absurdo: pueden pescar allá, pero las aguas de acceso son del vecino. Ese océano colmado de langostas, historias, caracoles, tradiciones y peces, por el que los raizales navegaron cientos de años, se los arrancaron de sus vidas. Así lo sienten, porque solo ellos conocen los recovecos de ese mar, la piel de sus atolones, los labios de sus bancos y los deseos de sus arrecifes. Solo ellos descifran las ciudades coralinas sumergidas y la orientación que les susurran las estrellas, los vientos y las lunas.

Dos años después del fallo, también en noviembre, escuchamos el aullido de despedida de uno de los más grandes lobos de mar que ha tenido Providencia. El capitán Antonio Archbold, uno de los hombres más bellos y nobles del Gran Caribe, recorrió el mundo maniobrando buques de marina mercante, conoció todos los oleajes caribeños y enseñó a decenas de isleños las diversas artes de pesca y los saberes para la construcción de botes.
Un apasionado de la historia y de los cat-boats (veleros tradicionales) que con su cautivadora sonrisa y la serenidad en su hablar, el primer día de ese mes le pidió al océano que se lo llevara para siempre. No resistió un mundo sin el oxígeno marino que le arrebató aquel fallo. Otro duelo en noviembre.

16 de noviembre de 2020: duelo raizal al paisaje ausente

Aquella madrugada, la marea salvaje y los remolinos de viento que rugían contra las manecillas del reloj, arrasaron con Providencia y Santa Catalina. Nadie durmió esa noche, todos se arroparon de espanto.

Solo quedó el milagro de sus vidas, el resto se lo llevó el mar y el viento: comida, ropa, cerillas, camas, muñecas, ollas, lanchas, chanclas, materas, sillas, hornillas, aletas, escobas, guitarras, neveras, pelotas, gafas, cubiertos, fotos, triciclos, espejos, abanicos, techos, cuadernos, zapatos, colores, colchones, redes, arpones, peines, televisores, jabones, animales, y todo fruto del trabajo isleño. Y lo que quedó, se estropeó por los golpes o se pudrió con el agua.

También se fue el follaje y el paisaje, y detrás de ellos se marcharon eslabones de emociones y escenografías de experiencia vividas: la sombra de la ceiba que selló incontables amoríos, el cruce donde los viejos jugaban dominó, el muelle en el que arreglaban pescado, la cancha de básquet donde competían los jóvenes, la esquina de los fritos sabrosos, el patio donde jugaban las niñas al salir del colegio. Todo se desdibujó.

Luego de la eternidad de esas 12 horas de silbidos de viento aterradores, y de un manto gris colgado sobre la vista, todos se encontraron en medio de un desierto de escombros. La isla quedó desnuda, al igual que sus cuerpos cansados, mojados y desorientados.

Cinco días después, el 21 de noviembre, escuchamos el aullido de despedida de otro de los más grandes lobos de mar que parió Santa Catalina: Nicasio Howard. Un maestro del océano para muchos jóvenes raizales y para innumerables biólogos de otras partes del mundo. Sabedor que, entre sus infinitas travesías, acompañó a Coralina y a la expedición Seaflower para continuar generando conocimiento sobre esa grandiosa Reserva Mundial de la Biósfera.

Nick ganó mil batallas en sus 69 años de vida. La última fue contra el Iota. Ese día el nivel del mar subió tanto que a él y a su esposa les tocó salir nadando por la parte trasera de la casa. Se amarraron con cuerdas a un tronco para que la corriente no se los llevara.

Así estuvieron las seis horas de mayor intensidad del huracán, mientras él trataba de protegerla de todo lo que se les venía encima: “Fueron muchos golpes los que aguantó mi papá. Hasta que algo le dio duro en la cabeza y lo noqueó. Tomó mucha agua y eso fue lo peor. Salió vivo y mantuvo viva a mi mamá. Es nuestro héroe, le ganó la lucha al viento, pero días después se nos fue”, me contó, entre sollozos, la más guerrera de sus hijas. Otro duelo en noviembre.

Noviembre 2021: sin piso el puente y con amenazas de muerte

Sumarle a un desastre natural un gobierno desastroso es la mayor de las tragedias. Ni atención digna, ni reconstrucción en 100 días ni en un año. Pero de eso hablé en columnas pasadas. Solo diré que recién terminaron la carcasa del Lover´s Lane (puente que une a Providencia con Santa Catalina), pero no tiene piso. Al parecer, no se contrató esa parte de la obra y ahora buscan recursos para enmendar el craso error. Aunque otros insinúan que la plata estaba y se “refundió”. Tardará más tiempo comunicar a las islas. Así nos recuerda noviembre el duelo al tiempo perdido.

También es inconcebible que la institucionalidad aproveche la vulnerabilidad de un pueblo para imponer proyectos como el de la construcción de la Estación de Guardacostas, al que la comunidad dijo “no” desde 1998, y que ratificó en la consulta previa de 2017, como también lo he mencionado. Además, la Alcaldía pidió suspender la obra, y la Corporación Ambiental Coralina estableció una medida preventiva.

Lo peor es que los raizales no vetaron la existencia de una estación, lo que han dicho es que se haga donde estaba antes del huracán, y que no se instale en la cuenca de un arroyo, donde hay manglares (también protegidos por la legislación ambiental) y una playa de uso tradicional.

Pero el drama no para ahí. Este 17 de noviembre, oímos el aullido de un lobo de mar anunciando que su vida corre peligro. Edgar Jay Stephens, consagrado pescador y líder del Dignity Camp (Campamento por la Dignidad), denunció en la página de Facebook del campamento lo siguiente:

“Recientemente uno de nuestros abogados fue interceptado por dos personas que lo amenazaron de muerte a él y a quien escribe este documento (…) Si algo llegara a ocurrir a la integridad física, moral o a la vida de nuestro abogado o a mi persona, responsabilizamos al almirante Gabriel Pérez, al almirante Andrés Vázquez, al exgobernador Juan Herrera también contralmirante en retiro, y al contralmirante Hernando Mattos Daguer, quienes son los directos responsables del proyecto ilegal de construcción de la estación de Guardacostas en la cuenca del arroyo Bowden.

En la historia de Providencia nunca habían amenazado de esa manera a un líder social, y menos aún con esa presunta procedencia. Es supremamente grave lo que denuncia Jay Stephens, y debe ser investigado, sancionado, reprochado públicamente por los más altos mandos, pero, sobre todo, se debe garantizar la vida y los derechos de estos líderes.

No es difícil entender entonces por qué el 19 de noviembre se declaró el “día de la indignación del pueblo raizal”, o por qué se creó el Dignity Camp como un espacio de movilización social y cultural para resistir el huracán institucional que se posó sobre Providencia después del Iota; o por qué se convocó para hoy la “marcha de solidaridad y resistencia” en San Andrés, bajo los lemas: “No más promesas en vano para las víctimas de Eta y Iota”, y “Taim fi yunait” (es tiempo de unirnos).Les arrancaron su mar, sus islas fueron devastadas, la incompetencia y el trato gubernamental es arrasador, y ahora amenazan lo único que les queda: sus vidas.

Pero los hijos y las hijas de esta tierra flotante son como los vástagos de un mangle: entre más caen hacia el fango más se fortalecen. Tanto es así que la madera de su cuerpo se hace indestructible al momento de descender completamente, hundirse en tierra, enraizarse en el mar y entrelazarse con los brazos de otros mangles hasta convertirse en manglar. Esa gran barrera viva que, como cuentan los isleños, a muchos les salvó la vida en el huracán.

Así son las mujeres y los hombres de Providencia: inquebrantables. Porque como ellos dicen, son “proud pipl”: gente orgullosa de su arraigo natural y cultural. Ellos saben lo que es echar raíces entre esa marea creole de agua dulce y salá. Pero el pueblo raizal es eso y mucho más. Es comunión de tierra y océano, semilla de viento y crisálida de mar. Para toda esa comunidad, para los viejos lobos de mar que partieron, y para sus líderes y lideresas que al juntarse hacen la magia del manglar, todo mi respeto y mis plegarias en otro maldito noviembre sin final. (Tomado de Diario Criterio)

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.

 

Última actualización ( Domingo, 05 de Diciembre de 2021 04:59 )  

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