
Recuerdo a Balabong en el agua. No a gran velocidad, sino en calma. Su cuerpo firme bajo el mío, el mar moviéndose alrededor y una sensación difícil de explicar, pero evidente: conexión. Lo bañé, lo monté y por un momento todo se detuvo. No había ruido ni competencia. Solo el caballo, el mar y una forma distinta de estar. Tradición, conciencia y transformación.






La experiencia de liberación, de salvación, de vida nueva no podía quedar en lo oculto, en la intimidad del alma y del corazón de los apóstoles, testigos del Resucitado. Jesús marcó huellas imborrables en sus discípulos y en nosotros, para que nosotros dejemos a nuestro paso, huellas del amor del Señor en el corazón de los demás.















