Nuestro mar, un territorio universal

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Durante los últimos meses el sistema de desarrollo sostenible del archipiélago se vio amenazado por las pretensiones de explotación de hidrocarburos en el mar. Pero, en nuestro viaje a la isla de Providencia y Santa Catalina, con el fin de grabar un documental, encontramos un nuevo aire de confianza en la Nación, que se respira por doquier.

¿Qué se observa, escucha y siente al estar en las islas de Providencia y Santa Catalina con referencia al “No va a haber exploración y explotación de petróleo ni de gas en el archipiélago”  del Presidente Santos?

Es la víspera de tomar el catamarán que en una cálida mañana nos llevará a nuestro destino; el mar consciente de nuestro afán se encuentra calmo y sereno, todo este reflejo de tranquilidad contrasta con la noche anterior, en la que nos encontrábamos alistando los equipos de buceo, las cámaras de fotografía y de video, sus escafandras, filtros, baterías, un sinfín de cosas más y lógicamente, nuestra maleta con efectos personales.

El barco sale temprano, son las seis de la mañana, nos recibe un rostro inconfundible, es Alberto, nuestro amigo de infancia “Monkey Navas”,  hombre curtido en mares y aventuras; en su agradable charla nos comenta que recibirá la embarcación como capitán suplente mientras el ancestral Taylor sale a vacaciones.

Sin demora alguna nos acercamos a la vieja Providencia cada vez más cercana, se vislumbra ya el espacio que separa a las dos islas. Tomamos el canal y rápidamente estamos en muelle; ahora el afán es otro, llegar a desempacar para iniciar el rodaje del seriado documental “Deep Blue” – La Expedición – esta vez en los cayos e islotes de las islas, que promete llevar a los hogares imágenes fantásticas y una nueva versión del archipiélago.

No falta la consabida y reglamentaria requisa, amable por cierto.

Salir del muelle y llegar a Santa Isabel por un corto tramo de carretera que nos lleva poco tiempo, de hecho, vamos a pie. Registramos las imágenes de unos cortos tramos de la llegada. Las cámaras aun continúan a la vista, en el camino encuentro muchas caras conocidas. Una de ellas se acerca, con voz de autoridad me declara: “¿Viste? Te dije que nosotros no queremos ningún petróleo en el mar”, dicho eso mira a su alrededor buscando testigos que lo afirmen, y continuamos nuestros andares.

Me recuerda palabras leídas: “siendo el archipiélago una reserva de la biosfera y un patrimonio ecológico, social y cultural demasiado importante, es impensable ponerlo en riesgo, puesto que este matrimonio entre Hidrocarburos y Desarrollo Sostenible no cabe en la mente presidencial, ni en la mente de la comunidad.

Las islas hermanas se visten con hermosos verde azul de mar y montañas, adornadas con sendos sombreros de azul cielo y nubes blancas, están hermosas y radiantes, pero en su aire se siente un cuento diferente: se han ido los temas de las regalías, de “progreso”, de explotación petrolera, de grandes inversiones. Han hablado entre ellos, hasta los niños lo saben, en los colegios se hacen charlas, en los corrillos se discute, mientras el barco de INVEMAR espera, inútilmente, un repuesto: “demorará otro mes y medio, lo traen de Japón” comunica el capitán. Había venido desde muy lejos, para llevar a los científicos enviados por la ANH a que obtuvieran información y elaboraran una evaluación de los Cayos del Norte, esta evaluación es  ya muy clara.

Un cuadernillo que le había dado la vuelta a la isla, ya es inútil  -“qué pasquín tan barato, se gastaron para nada; nadie nos convenció y menos con esto”, es un pequeño manual que pretendía  explicar entre promesas de seguridad industrial, control de derrames y prometer  las bondades de la explotación petrolera…. “Quiero, a todos los habitantes de San Andrés y de Providencia darles esa noticia y esa seguridad de que no va a haber esa exploración ni explotación”, es la promesa de un Gobernante que escucha la voz del pueblo, de la universalidad de la reserva y de la naturaleza.

Una voz ronca de hombre que navega entre las olas y al vaivén de un par de buenas “frías en la oficina” de la tienda, induce visitar los cayos detrás de Santa Catalina: Basalto y Palmera. Ambos cayos son producto del surgimiento de lava volcánica  que ha tenido un enfriamiento lento, formadas como cuñas simétricas de un colorido único por la presencia de hierro. Desde arriba de esos islotes la vista no puede ser más espectacular, un colorido océano, el verdor de Santa Catalina al fondo la Vieja Providencia, la Embrujadora.

Se escucha un grito: “¡Colombia! sentimiento de dolor” y el capitán nos comienza a hablar con una palabra que lo dice todo: “¡Pucha! ¿Cómo es posible que los políticos habían pensando en poner petróleo en el mar? ¡Ahora si ven…. que lo podríamos perder!” las palabras se las lleva la brisa marina llega a Santa Catalina, donde Arelis, aquella sonriente mujer que desarma con su simpatía y argumentos firmes a cualquiera. Ella, que con su sazón especial y dedicación a la culinaria prepara el pez león en una forma que hace olvidar el daño que este pez invasor está causando al Gran Caribe….

Pero la brisa no para allí, solo reúne más palabras para fortalecerse, hasta llegar a Santa Isabel; tocar sus calles, acariciar los rostros de las mujeres que van a los supermercados, por las aulas de los escolares en un antiguo edificio de madera, se fortalece en pensamientos de creencia, en fe en esta nación, su gobernante, en protección de los recursos y toma rumbo, detrás de quien maneja un jeep, que solo se vara cuando hay cuesta arriba, pero cual fiel caballo, llega a su destino.

Se comentan las palabras presidenciales,  no dejan de repetir las que la brisa trae: reserva, proteger, biodiversidad, Seaflower, universalidad, leyes y tratados internacionales…. Y allí en ese balcón blanco que reluce por su paisaje, donde se pintaron las palabras que, más luego, serían la decoración de la buseta: “Old Providence, NOT Oil Providence”  se habla de palabras proféticas.

La brisa, los gritos,  la marisma, el azul del mar, el verde de los arboles, las palabras, los pensamientos y las oposiciones pintadas, cargadas al pasar por las casa, tiendas, motocicletas, camisetas, escuelas y carros se nutren nuevamente hasta llegar a Bahía Sur Oeste, guiadas por el olor a pescado frito, el humo de la hierba, los llamativos colores y una voz que entona a Bob Marley, mientras en su interior, se alegra al pensar en los convenios internacionales suscritos por Colombia, es ahora cuando la universalidad de sus raíces se ven protegidas.

Allí mismo el color perla de la playa se une a la brisa, las palabras y pensamientos  se mezclan con el sosiego, mientras nosotros continuamos registrando imágenes para nuestro trabajo documental.  No se escuchan los cascos de los caballos golpeando en loca carrera hacia la meta, y los gritos de la multitud se callan  porque no pueden comprender cómo en una oficina de la capital las cosas se vieron en razón del precio del barril, de dólares en millones, en razón de exportar.

“¿Cómo intentaron llegar a tomar decisiones sobre un lugar que ni conocen?”. Nos  preguntan, como si nosotros tuviéramos la respuesta mágica. Estamos allí, sí, con cámaras de video registrando su mar, su gente, las colonias coralinas en forma de pináculos, las aves de Cayo Mayor en el Parque Natural Nacional, y nos quedamos mudos ante la pregunta, como también al observar tanta belleza y biodiversidad.

Hago un recuento mental de los momentos vividos desde niño de vacaciones de colegio, hasta nuestros días y allí comprendo que en Providencia y Santa Catalina, se habla otro idioma, una lengua humana, que no cualquiera puede entender, una mezcla difícil de comprender para aquellos que, en un momento, no tuvieron en el diccionario los conceptos de convivencia, biodiversidad, equilibrio, desarrollo sostenible, comunidad, hermandad  y futuras generaciones. He allí la diferencia.

Vamos en camino a Santa Catalina, las tablas del nuevo puente resisten nuestros pasos; aprovecho la oportunidad de tener tanta paz en el ambiente para cambiar mi diccionario, busco con detenimiento y profundidad las palabras convenientes, renuevo los recuerdos y veo la carpa blanca que cubrió al Presidente Santos y otros mandatarios, a los representantes de gremios, algunos alegres, otros disimulan.

Pienso en las madres de estas islas asustadas, al pensar que el sustento se pudo ir, por el efecto de un “mar de petróleo”. Pienso en la banalidad de la bonanza petrolera, y qué pudo llegar a ofrecer a esta comunidad, que todo lo tiene, siempre y cuando tenga un Desarrollo Sostenible, conforme lo ha promulgado el Ente ambiental.

Y vuelvo a pensar que la vida continúa su curso normal, la madre espera en casa, los niños salen de la escuela, los padres esperan a la salida, el pescador llega a muelle, al agricultor baja de una cuenca, todo es paz, hay para todos y pienso en las alternativas amigables de obtener energía en este mundo cambiante, y la necesidad de creer en un “mar universal” un mar protegido en las legislaciones internacionales que forma parte de este vasto Mar Caribe, un mar protegido enmarcado dentro de un programa de la UNESCO llamado “El Hombre y la Biosfera” (MAB)  en el cual nos colocan como una de las grandes apuestas, a que la humanidad puede cambiar su rumbo hacia maneras y costumbres amigables, ambientalmente hablando.

Un mar, unas islas, una población y su cultura que merecen respecto, protección y acatamiento de las leyes locales, nacionales e internacionales.


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Última actualización ( Sábado, 08 de Octubre de 2011 08:16 )