Entre la ‘turistificación’ y la ‘turismo fobia’

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Puede ser una imagen en blanco y negro de 1 personaA propósito del llamado de la Organización Mundial De Turismo (OMT) a los países respecto a la necesidad de revisar los elementos que definen el ejercicio de un turismo sostenible; conviene que, a la luz de la experiencia de las islas durante los últimos meses analicemos algunas situaciones que urgen por un necesario e impostergable manejo.

Como se sabe, el 2020 fue un año muy difícil a nivel mundial en lo socio económico y sanitario. El turismo decreció dramáticamente y los pronósticos de los gurús económicos vaticinaban una lenta recuperación. En el archipiélago, del millón de visitantes registrados en 2019 mudamos a 298.293, según las cifras del Observatorio del Mercado del Trabajo (ORMET,2021).

Con todo eso, podría decirse que la pausa al ritmo que llevaba el mundo, aunque impuesta fue necesaria. O al menos, así lo sentí. Para el caso concreto de las islas, pensaba que esta vez, la Reserva de Biosfera como modelo podría ‘resetearse’ y retomar su cometido de lograr un desarrollo sostenible a partir de los parámetros que originalmente buscó defender (el equilibro de las relaciones entre el hombre y la naturaleza para el disfrute de las presentes y futuras generaciones); incluso, las bases del turismo de sol y playa habían podido ser replanteadas a partir de una preparación consciente para el acondicionamiento de la infraestructura turística. Todo esto para buscar el mejoramiento en los servicios al visitante y de las condiciones de trabajo de quienes participan en el turismo. De hecho, pensaba que la tranquilidad y el silencio atesorados durante los tres meses de pausa se conservarían como activos innegociables. Una utopía bastante seductora, ¿verdad?

Paralelo a este pensamiento soñador por no decir optimista, en algunos de los sectores de la sociedad insular estaba el anhelo de recuperar la arrebatada normalidad; muchos arañaban los días del fin del confinamiento para reactivar el regreso de visitantes nacionales e internacionales a las islas, pues con la dependencia del archipiélago del turismo parecía no haber otra alternativa que esperar la pronta apertura de vuelos, la reactivación económica de las empresas turísticas y comerciales y los réditos por concepto de la tarjeta de turismo.

Históricamente, en las islas era normal recibir una afluencia importante de visitantes durante las vacaciones de Semana Santa, de mitad de año entre junio-julio y diciembre-enero. En esos períodos, la convivencia era la regla, aunque con algunas excepciones. Para raizales y residentes era más difícil encontrar opciones de entretenimiento disponibles en el centro, debido a la afluencia de personas, la concentración en las playas y lugares de entretenimiento de la zona turística. Inclusive, muchos locales preferían desplazarse hacia el sur de la isla para el disfrute de las playas y el paisaje. A pesar de la circunstancia de la pequeñez y de no contar con muchas opciones en estos 27Km², turistas y residentes podían convivir.

No obstante, con la reactivación económica, la intermitencia en la entrada y circulación de personas por cortos periodos ha llegado a su fin. La sensación de sobrecarga o de saturación de personas circulando en las islas pareciera no tener límite. Grupos de 10 o más personas transitan por las calles y playas de la isla como hordas o clanes, sin ningún tipo de regulación o restricción. Ni siquiera el mandato social y sanitario de conservar el tapabocas para evitar la expansión del virus, pareciera tener acogida.

Los niveles de ruido generados por “parlantes andantes” mejor conocidos como bocinas o bosés, resultan insoportables, invadiendo las calles, el espacio público y las playas. Las zonas peatonal y comercial son un claro ejemplo de esto, pero el fenómeno no acaba allí. Dicha problemática ha traspasado los linderos de la zona turística comercial concentrada North End. Sectores residenciales y barrios que mantenían diferenciado su uso de la dinámica turístico comercial del centro, se han convertido en lugares de recepción de turistas y con este se ha producido el aumento de basuras y de conflictos para la convivencia.

Gracias a la apertura de posadas nativas, alojamientos turísticos, restaurantes y de negocios comerciales en dichas zonas, se registra una mayor circulación de personas en algunos lugares como el Bight, Los Almendros, Black Dog, Natania, School House y Sarie Bay, siendo este último, quizás, el de acelerado crecimiento. Las peleas entre turistas y de estos con los residentes, se han vuelto parte de nuestra cotidianidad, así como el uso excedido de parlantes o bocinas andantes. Sin dejar de mencionar el aumento de accidentes y de hechos violentos por estos días.

Más allá de cuestionar la migración de una zona residencial al de oferta de alojamiento y servicios turísticos, resulta preocupante que, debido a la falta de una planificación sectorial sobre el modelo de turismo deseado, la ausencia de una planificación urbanística y de una política de seguridad ciudadana, se contribuya al aumento en la escalada de problemas. La actitud condescendiente y permisiva de autoridades, empresarios y de residentes con el visitante permitiéndole bajo el acuerdo tácito “dejar hacer, dejar pasar” resulta inconveniente para la convivencia y el bienestar de los habitantes insulares.

Todos estos problemas se derivan de la ‘turistificación’ o ‘gentrificación’. Un fenómeno que también se ha hecho presente en otros destinos turísticos a nivel global como Barcelona, Ibiza, Venecia, Cancún, Acapulco, por señalar algunos. Aunque es un término relativamente nuevo se define como “el impacto que tiene para el residente de un barrio o ciudad el hecho de que los servicios, las instalaciones y comercio pasen a orientarse y a concebirse pensando más en el turista que en el ciudadano que vive en ellos permanentemente” (Fedau, 2017). Muchos de sus ciudadanos han tenido que emigrar a otros barrios e incluso a ciudades cercanas por los conflictos derivados de la presencia de visitantes en zonas turísticas y aledañas.

Asociado al fenómeno descrito se encuentra la de ‘turismo fobia’ un problema estudiado por antropólogos, el cual ocurre cuando se rompe el equilibrio de la capacidad de carga de un destino turístico porque los visitantes y la población local comparten recursos limitados en un mismo espacio público.

Algunos expertos turismo otorgan una carga negativa, transferible a quien la percibe por la ‘demonización’ de la actividad turística en la ciudad o destino. Nada de eso se pretende con este escrito. Empero, quisiera advertir que en el archipiélago ya estamos experimentando una situación similar. Aunque todavía hay tiempo de accionar y dar manejo. Hecho que obliga al esfuerzo articulado y la rápida intervención interinstitucional, de los gremios, empresarios y de la comunidad en la gestión de soluciones inéditas a dicha problemática.

Última actualización ( Domingo, 23 de Enero de 2022 08:13 )