La gigante minoría

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GABRIEL.SALCEDO En la carrera periodística los que tenemos el honor de practicarla, podemos asumir sin discusiones bizantinas, que el Dios del periodismo es la verdad, la cual tendríamos que respetar aun por encima de las desavenencias políticas, que no solamente existen aquí, sino en el mundo entero.

Este puede ser el prefacio de una columna como la mía, que hoy pretende sintetizar en una serie de artículos parte del progreso en las Islas, ateniéndose a una serie de experiencias vividas bajo diferentes gobiernos, cuya calificación fue ganada mediante el termómetro de medición de lo que fue el progreso en esas administraciones.

No cabe ninguna duda que el Aeropuerto Internacional Gustavo Rojas Pinilla, construido en la administración del Presidente que le dio el nombre, ha sido el puente comercial y social, pero especialmente humano del encuentro de lo que podemos denominar dos mundos, el de la Colombia continental, y el de la Colombia insular.

Esta construcción estuvo y estará llena de muchas consideraciones, pero especialmente de dos, porque dialécticamente hablando, el pendón se mueve negativa y positivamente.

¿Negativamente por qué? porque parte de los Isleños raizales, históricamente consideraran que por allí, les llego de muchas maneras  el atropello cultural, vestido de costeñismo idiomático y del deje lingüístico del interior

Encontraríamos  muchas formas y verdades para ensanchar este tema. La música, la gastronomía, pero especialmente las costumbres de otros pueblos que llegaron sin pedir permiso, pero que entraron en la vida insular la mayoría de ellos, con el consentimiento casi paternal de los que aquí vivían.

La otra parte la positiva que existe aun en contra de la voluntad de los que no la acepten, y es que estos pueblos del Caribe recibieron las influencias universales igual a todos los pueblos del mundo que fueron descubiertos o conquistados.

Esta tranquilidad Caribe en la parte política, solo demostraría una cosa esas pequeñas repúblicas dependientes están contentas con su destino.

A San Andrés -más tarde que temprano- le llegaría toda esta avalancha de costumbres, modales y estilos de vida, representados en la comercialización de productos, turismo incipiente y empresarios que con medianas construcciones, fueron creando la infraestructura  que después se agigantaría para darnos una estructura bastante competitiva.

Fíjense que todas estas explicaciones, las podíamos sintetizar en el hecho de que la historia se estaba preparando para los grandes cambios de lo que después sería la gran Aldea Universal que hoy conocemos, pero realidad era que muchos pueblos no estaban preparados para recibir las novedades, sin que ellas golpearan de manera a veces inmisericorde la epidermis más sensible  de esas sociedades.

En ese sentido, desde el punto de vista particularmente periodístico, nos toca convivir con lo que tenemos y, en el caso de la historia de nuestro aeropuerto, hay que puntualizar que hubo un tiempo en que nos embriagamos de la dicha, por haber conseguido abundante plata a veces de manera fácil y eso hizo que nos olvidáramos de la tarea constante de la lucha cultural y de principios.

En esta tarea los mas olvidadizos fueron los gobernantes de esa época, y porque no decirlo, algunos líderes de aquellos días que comenzaron a tener una adoración especial por algunas marcas de whisky y entre sancochos y borracheras eternas se fueron olvidando de que poco a poco se iban convirtiendo en una gigante minoría.

El Aeropuerto llegó en los años 50s  como una necesidad casi imperante de que las alas del progreso que ya vivían otros mundos del Caribe  aterrizaran en San Andrés.

El problema fue el impacto que tuvo sobre nosotros y en definitiva, parte de todo eso llegó, pero también llegaron las necesidades de otros hombres para fregarnos de alguna manera la existencia.


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