Las formas virtuales de los eventos públicos

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Por eso me ha parecido contraproducente (y aburridísimo, también) ver un concierto musical a través de facebook live o participar en una reunión (de trabajo o familiar) por Zoom. Más todavía, ser un solitario espectador visual a larga distancia de las lecturas de poemas del festival de poesía al que nunca faltábamos o de los conversatorios del encuentro de literatura de cada año; y ni qué decir de las conferencias de nuestro interés a las que ahora solo podemos asistir vía hangout meet u otra plataforma digital de moda.

Me resisto a aceptar que esta nueva forma de vida impuesta por la cuarentena obligada por la Covid-19, siga teniendo cabida en la pospandemia. Sería un golpe mortal y moral a la esencia del ser humano (*), si en adelante tuviéramos que continuar obligados a vernos únicamente a través de la pantalla de nuestros teléfonos móviles, iPad, o el computador. La vida social no la podemos dejar para siempre en cuarentena.

"La sociabilización (presencial) es uno de los aprendizajes que el hombre necesita para relacionarse con autonomía, autorrealizarse y autorregularse dentro de la sociedad. E incorporar normas de conductas, el lenguaje, la cultura, etc. En suma, socializando aprehendemos elementos para mejorar la capacidad de comunicación y la capacidad de relacionarnos en comunidad", de acuerdo con el filósofo e historiador, Ever Arrieta.

A eso le agregaría que el gregarismo humano ha sido fundamental en la búsqueda de la felicidad, en la construcción del sentido humano de las cosas, en la creación de fuertes lazos de amistad, amor, solidaridad, cooperación mutua, empatía, entre otros, que han hecho de hombres y mujeres individuos capaces de sobrevivir a los desamores, al estoicismo inculcado, a los prejuicios viscerales, a la apatía, al odio, al miedo, al aburrimiento, a la tristeza,... en fin, a tantas cosas que sólo pueden ser posibles si nos podemos ver directamente a la cara, abrazarnos o estrechar la mano de la persona apreciada. "La cara del santo es la que hace el milagro", dice un dicho popular, a propósito.

Quedar encerrados por siempre en una pantalla LCD,  no es una opción. De ahí que resulta imperativo recuperar el modus vivendi u operandi que enriquece nuestra esencia: el contacto y la copresencia física en los lugares amados o deseados. Ese que hace posible celebrar la vida en la compañía de los amigos, de la poesía, de las letras, de un buen café o una buena mesa, una copa de vino o de ron, junto al mar o la piscina; en todo caso, hacer todo aquello que active la serotonina en nuestro cerebro y que nos hace sentir vivos.

Será necesario no caer en la trampa de la publicidad de las compañías tecnológicas, que lucharán por imponer el uso generalizado de sus herramientas, con el prurito de que lo digital es la panacea de las relaciones modernas. Tratarán de sacralizar el poder y la eficacia de lo virtual contra lo experimental, en nombre de la reducción de los costos financieros, pero sacrificando el lado humano. Jamás la ceremonia de abrazarnos y besarnos por el simple hecho de encontrarnos en la calle, debe ceder su espacio y tiempo a la tecnología.

De tal manera que, mientras los científicos encuentran la vacuna contra la Covid-19, hay que retomar la conciencia de que el mundo está allá afuera y rescatar nuestra libertad secuestrada por la imposición intrusiva de la cuarentena por parte del gobierno, que dicho sea de paso, ha sido ineficaz en su gestión para remediar la precariedad de nuestro sistema de salud en el corto plazo.

(*) Dice Aristóteles: El ser humano es un ser social por naturaleza, y el insocial por naturaleza y no por azar o es mal humano o más que humano (…). La sociedad es por naturaleza anterior al individuo (…) el que no puede vivir en sociedad, o no necesita nada para su propia suficiencia, no es miembro de la sociedad, sino una bestia o un dios.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresen.

Las formas virtuales de los eventos públicos

 

La necesidad de trasladar al ciberespacio los eventos públicos a los que estábamos acostumbrados, es un experimento que nadie planeó. Es innegable que la tecnología moderna ha contribuido con sus herramientas digitales a evitar la muerte repentina de estos, pero es notorio que el progreso de la tecnología asegura una inmovilidad física sin precedentes que contribuye a debilitar o abolir nuestra libertad y las solidaridades colectivas.

 

Por eso me ha parecido contraproducente (y aburridísimo, también) ver un concierto musical a través de facebook live o participar en una reunión (de trabajo o familiar) por Zoom. Más todavía, ser un solitario espectador visual a larga distancia de las lecturas de poemas del festival de poesía al que nunca faltábamos o de los conversatorios del encuentro de literatura de cada año; y ni qué decir de las conferencias de nuestro interés a las que ahora solo podemos asistir vía hangout meet u otra plataforma digital de moda.

 

Me resisto a aceptar que esta nueva forma de vida impuesta por la cuarentena obligada por la Covid-19, siga teniendo cabida en la pospandemia. Sería un golpe mortal y moral a la esencia del ser humano (*), si en adelante tuviéramos que continuar obligados a vernos únicamente a través de la pantalla de nuestros teléfonos móviles, iPad, o el computador. La vida social no la podemos dejar para siempre en cuarentena.

 

"La sociabilización (presencial) es uno de los aprendizajes que el hombre necesita para relacionarse con autonomía, autorrealizarse y autorregularse dentro de la sociedad. E incorporar normas de conductas, el lenguaje, la cultura, etc. En suma, socializando aprehendemos elementos para mejorar la capacidad de comunicación y la capacidad de relacionarnos en comunidad", de acuerdo con el filósofo e historiador, Ever Arrieta.

 

A eso le agregaría que el gregarismo humano ha sido fundamental en la búsqueda de la felicidad, en la construcción del sentido humano de las cosas, en la creación de fuertes lazos de amistad, amor, solidaridad, cooperación mutua, empatía, entre otros, que han hecho de hombres y mujeres individuos capaces de sobrevivir a los desamores, al estoicismo inculcado, a los prejuicios viscerales, a la apatía, al odio, al miedo, al aburrimiento, a la tristeza,... en fin, a tantas cosas que sólo pueden ser posibles si nos podemos ver directamente a la cara, abrazarnos o estrechar la mano de la persona apreciada. "La cara del santo es la que hace el milagro", dice un dicho popular, a propósito.

 

Quedar encerrados por siempre en una pantalla LCD,  no es una opción. De ahí que resulta imperativo recuperar el modus vivendi u operandi que enriquece nuestra esencia: el contacto y la copresencia física en los lugares amados o deseados. Ese que hace posible celebrar la vida en la compañía de los amigos, de la poesía, de las letras, de un buen café o una buena mesa, una copa de vino o de ron, junto al mar o la piscina; en todo caso, hacer todo aquello que active la serotonina en nuestro cerebro y que nos hace sentir vivos.

 

Será necesario no caer en la trampa de la publicidad de las compañías tecnológicas, que lucharán por imponer el uso generalizado de sus herramientas, con el prurito de que lo digital es la panacea de las relaciones modernas. Tratarán de sacralizar el poder y la eficacia de lo virtual contra lo experimental, en nombre de la reducción de los costos financieros, pero sacrificando el lado humano. Jamás la ceremonia de abrazarnos y besarnos por el simple hecho de encontrarnos en la calle, debe ceder su espacio y tiempo a la tecnología.

 

De tal manera que, mientras los científicos encuentran la vacuna contra la Covid-19, hay que retomar la conciencia de que el mundo está allá afuera y rescatar nuestra libertad secuestrada por la imposición intrusiva de la cuarentena por parte del gobierno, que dicho sea de paso, ha sido ineficaz en su gestión para remediar la precariedad de nuestro sistema de salud en el corto plazo.

 

(*) Dice Aristóteles: El ser humano es un ser social por naturaleza, y el insocial por naturaleza y no por azar o es mal humano o más que humano (…). La sociedad es por naturaleza anterior al individuo (…) el que no puede vivir en sociedad, o no necesita nada para su propia suficiencia, no es miembro de la sociedad, sino una bestia o un dios.