A la conquista del paraíso

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JORGE.SANCHEZComo si fuese la trama de una película, la población de las tres islas mayores del archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina tendrán que tener una respuesta a los efectos del innombrable virus. Y, claro está, aceptar que su fuente principal de ingresos, el turismo, tendrá una lenta y tardía reactivación que depende en gran medida de la eficacia del Gobierno Nacional para salir airoso de la pandemia.

A nuestro gobernante le corresponde la gran responsabilidad de actuar desde una visión polifacética en la cual sea considerada la autoridad ambiental y de control poblacional; la academia, que mucho tiene por decir; el sector empresarial, representantes en lo social, ambiental y de gestión de riesgo, entre otros; para entrar a rediseñar los derroteros del archipiélago

En lo global se nos muestra que, por ejemplo, la canciller alemana Angela Merkel, instó a que los programas de reconstrucción tras la crisis del coronavirus se lleven a cabo siguiendo criterios medioambientales y climáticos, para combinar ecología y economía y agregó que estos planes deben de tener siempre en cuenta que “lo esencial es el éxito global en la preservación del clima".

En el plano nacional se indica que conforme la emergencia sanitaria ha ocasionado, entre otras cosas, que las actividades de turismo en el país se encuentren totalmente paralizadas generando una crisis en el sector, se destinarán recursos para contribuir a la subsistencia, por ejemplo, de los prestadores de servicios; ayuda que provendrá de los recursos del impuesto nacional con destino al turismo y tendrá vigencia a lo largo de la emergencia sanitaria.

No menos importante es considerar que el primer nicho de turismo a reactivar corresponde a zonas de fácil alcance: el doméstico, por ponerle un nombre, aquellos lugares cercanos a la ciudades que representa poco gasto y que están al alcance incluso en el automóvil familiar; se asume que, por razones de la distancia, seguiría la costa y por último las islas.

En el ámbito local, le concierne al empresariado del archipiélago, repensar su participación en la Reserva de Biosfera, que ha estado viciada en buena parte por el acaparamiento de bienes, servicios o riqueza por encima del concepto de desarrollo sostenible. Dicho modelo debe ser susceptible a un replanteamiento, en especial sus relaciones con el medio ambiente del cual dependemos al cien por ciento.

En las líneas prioritarias de la autoridad ambiental del archipiélago, es notorio el énfasis en la protección, restauración, conciencia y cultura ambiental, sin desconocer las amenazas por cambio climático, entre las siete estrategias principales, mientras tanto, la línea de turismo va dirigida hacia la formalización y el posicionamiento del destino en el mercado por medio de certificaciones de calidad de orden internacional.

Es que, en busca de la ‘vida moderna’ se desconocieron valores propios de la esencia del ser original en islas y sus características especiales. Se observó crecimiento sin desarrollo, la tugurización y construcciones de infraestructura invadiendo manglares y humedales. Se desaprovechó la edad de oro para entrar a un caos inimaginable y nunca sospechado.

Analizando el panorama en su totalidad tenemos una población de más de 65.000 personas, en un alto porcentaje dependientes directamente del turismo o sus derivados, en el otro extremo, ínfima producción de víveres y nula de insumos para el hogar. Las necesidades de estas familias no estarán satisfechas, por mucho esfuerzo que haga gobierno durante los meses que se estiman para la reactivación del turismo, que bien podría ser como mínimo, lo que resta del 2020.

Se suma a esto la baja percepción del ahorro en el sector informal de la economía. En ese orden de ideas, es de esperarse una pérdida del equilibrio social y, con ello, actos delictivos a los cuales hay que anteponerse. No hay de otra, una población no puede vivir en paz y seguridad cuando el vecino padece hambre.

El hoy nos indica apretar el paso para encontrar un pronto camino de adaptación, aplicando nuevas normas y diseñando nuevos proyectos. Innovar, y no menos importante, certificar el destino como una oferta segura con garantías sociales y hospitalarias.

Así, pasada la zozobra, agradecer lo recibido, compensar los daños causados y experimentar fronteras más edificantes con el entorno. Será la hora de la reconstrucción del modelo económico y social, hora de adaptación y la restauración de los ecosistemas. Y así sí, caminar hacia la conquista del paraíso que muchos anhelamos.

*Miembro fundador de la ONG Help 2 Oceans Foundation

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresen.