Minca y mi primer viaje en el tiempo

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EDNA.RUEDEA2Minca es un pueblo a veinte minutos de Santa Marta, hasta ahora es una voz a voz entre los mochileros extranjeros y algunos pocos nacionales. El pueblo no tiene más de cinco calles de diámetro, pero su extensión es inmensa si se suman sus puntos turísticos.

De acuerdo con Fabián, el moto taxista que me sirvió de referencia estadística –y a cuenta que ya no podemos confiar en el DANE para aquello de las cifras– el pueblo tiene más o menos 1000 personas, una iglesia, una escuela en modalidad de internado con secundaria completa, un puesto de salud con un camioncito que sirve de ambulancia, varios restaurantes, cafés, un supermercado y dos o tres tiendas, en Minca todos se conocen, todos se presentan hablando de sus tíos y sus abuelos.

Según Fabián, los mototaxistas están agrupados en una cooperativa que se conoce como MOTO MINK y que tiene no solo personería jurídica, sino lo que es aún más importante, tienen página en Facebook. El mototaxismo es muy importante en la economía del pueblo, los motoqueros conectan a los turistas cansados con sus muy alejados hostales enclavados en la montaña, lleva recados, mercados, medicinas y noticias.

Cuando uno pasa un tiempo descubre varias cosas al respecto, lo primero que se hace curioso es que se comunican por bocinazos, y en una suerte de código morse, pueden advertir que vienen en una curva peligrosa con escasa visibilidad, que faltan vehículos en un punto en particular, que vienen en una emergencia o que ha sido un buen día. Lo segundo que salta a la vista es el increíble talento que tienen estos muchachos para conducir en caminos que se mantienen húmedos, sin pavimentar y más cerca a parecerse una pista de motocross. Ese parece ser uno de los atractivos implícitos de Minca, el peligro inminente que supone transitarla.

Sin embargo, esos mismos caminos traen un tipo especial de turistas. La mayoría caminan lentamente, cazando fotografías de la naturaleza, tomando con calma un cafecito en las casas de los lugareños que ganan un ingreso sutil con cada tinto, compran las artesanías de las madres que mecen a sus hijos en casa y al final, recomiendan el destino en una conversación pausada entre viajeros.

Les pregunté si querían que pavimentaran estos caminos tortuosos y Recibí tres respuestas: estuvo el que dijo que si, saltando de la silla, vitoreaba el ‘progreso’. También estuvo el que me dijo que no, alagando el modo de vida que hoy mantiene a Minca comunitaria y feliz… Y estuvo esta señora que me respondió, que buscaban hacer de la región una reserva de biosfera para cuidarla por siempre.

Fue en ese momento cuando entendí que yo era una viajera en el tiempo, estaba ahí para advertirles que hacerla reserva no la salvaría de las basuras, que el turismo furtivo y rapaz podría igual arrasar con su calma, que llegarían las cadenas hoteleras, que se les acabaría el agua, que no era necesario ese millón de turistas, que ahora eran felices.

No hablé con claridad, pero dejé las insinuaciones de lo maravilloso que era ese paisaje parecido a ramos de perejil en la niebla. Espero que me hayan entendido y espero volver a ver todo igual.


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