Jackie Saad-Robinson: el isleño universal

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EDNA.RUEDEA2Concretada la cita, me voy un jueves en la tarde a su casa. Me recibe un hombre quimera como lo son todos los hombres del Caribe. Una mezcla de apellidos improbable en el resto de mundo (Saad- Robinson), conspiran para armar un ser del mundo, nacido en una isla tan pequeña que se esconde del mapamundi.

Su primera expresión es de asombro, se nota que busca en su memoria cuando fue la última vez que nos vimos cara a cara, su recuerdo sobre mí se va a épocas más simples… “¡eras una pelaita!... ¿tú eres hija de cuál?”… y ahí inicia esa cosa que hacemos los isleños para presentarnos: remontamos tres o cuatro generaciones, encontramos un vínculo y hablamos de una pariente en común, alagamos nuestros abuelos y sonreímos. Me da dos besos en la mejilla, tan europeo como un lord con pantaloneta de flores, un anillo plateado con los picos de corona y lentes que difuminan sus pestañas crespas.

Y empieza a hablar en el sofá rojo carmesí: Me cuenta la historia de su vida extraordinaria con una naturalidad escandalosa. Con espontaneidad puede hablar de su nominación a un premio Oscar de la academia, de sus diseños de camisas para las marcas internacionales que duermen en las portadas de las revistas y del tiempo en el que fue vendedor de una tienda.

No hace distinción entre un momento y otro, como si esos instantes le fueran comunes a todos los mortales. Le echa la culpa de su insaciable búsqueda a sus continuas visitas al cine Hollywood y al Magestic y a la ópera de Aida que le regalaron de pequeño en Minirey.

Reconoce que salió de su pueblo para oír de la voz del mundo, las lecciones que se repetían constantes en una infancia feliz.

Durante la conversación hay dos denominadores comunes, el apasionamiento que despierta en él el nombre de su isla, y la necesidad que encuentra para hacer inmersión a los propios en su historia.

Para uno, que como él ha caminado las callecitas pequeñas de las grandes ciudades, que se sabe un poco árabe, un poco polaco, un poco afro, un poco judío y muy neoyorquino, uno que concluye que esta combinación solo era posible en un marco insular del Caribe occidental, siente como necesidad el popularizar la verdadera historia de su pueblo y para esto, está dispuesto a plantarse en proyectos que conecten el mundo a las historias que le contaron sobre su abuelo.

Se siente listo, 52 años de vida listos para aportar, como un astronauta que ha explorado los límites del universo, está dispuesto para volver a su planeta.

El final de la tarde lo pasamos en el balconcillo frente a su casa, siendo tan absurdos como la combinación el plato de frutas y los cigarros que consumimos mientras nos hacemos amigos, veo su trabajo en las exposiciones de moda de Colombia y el mundo, sus diseños mezcla de arquitectura, arte, moda e insularidad… y me voy con la memoria entrañable de uno más de esos isleños que en medio de esta crisis, sienten el llamado de su casa.

 


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