Mujer, madre y evolución

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EDNA.RUEDEA2La historia como nos la cuentan, se resume casi siempre a las frases tipo meme, pobres y mal enfocadas. Y así, nos llenamos de falsos mitos la cabeza y vivimos con ellos como verdades absolutas de las que dependen nuestros más preciados dogmas.

Una de estas falsas verdades está inscrita en la teoría de la evolución. Se nos vendió que la conclusión de Darwin era “la supervivencia del más fuerte”, cuando en realidad estaba más cerca la “supervivencia del más apto, del que mejor se adapta”.

Y la diferencia no es gratuita. Basándose en esta premisa, se desarrolló una filosofía utilitarista del ser humano y el ‘fuerte’ reclamó su derecho biológico, avalado por la ciencia para ponerse por encima de los ‘otros’ y de la naturaleza.

Esta visión muy oportunamente parcializada, apoyó la colonización en África, la opresión de la mujer, y finalmente dio vía libre al holocausto, parece que encontrar uno más débil a quien montársela fuera un don del ser humano.

Ahora, sabiendo que la interpretación inicial del texto de Darwin, no iba enfocado a crear una raza autoproclamada de ‘superhombres’, sino que más bien, le imponía la tarea de hacerse a sí mismos adaptaciones al medio, ¿podríamos imaginar una línea temporal totalmente distinta?, una donde las políticas públicas, los determinantes sociales y las estrategias hubiesen sido enfocadas en adaptarse y no en dominar.

Pero ahí no para la ruptura del paradigma. Hoy se sabe que la condición ‘adaptarse’ no es por si sola la razón de la supremacía en la evolución. Se ha sumado un factor adicional: la afectividad. La teoría afirma, que en realidad quien sobrevive no es ni el más fuerte, ni el que mejor se adapta, es el que más cuidados recibe, el que es más amado.

Estos conceptos (amor, cuidado, etc.) que le son tan difíciles de procesar a las ciencias exactas, son los que hoy proveen explicación para que las especies disminuyan la cantidad de su prole y prolonguen los tiempos de gestación en cuanto avanzan en la escala evolutiva: una respuesta simple es, quien más recibe preocupación por su desarrollo es quien alcanza mayores logros.

Acá surge quien puede ser precisamente la bisagra que articule los procesos afectivos y la evolución: la madre. Ella (o quien haga sus veces) es sin duda para todas las especies la que, al menos primariamente, quien determina los niveles de cuidado que se le provee al individuo: Los tiempos de gestación, las atenciones durante este periodo, el amamantamiento, la crianza, la tradición oral, los primeros valores, todos están en sus manos.

Por eso la educación de las mujeres, la procura de su salud sexual y reproductiva, la instrucción sanitaria, la promulga de sus derechos y los cambios que sean requeridos para mejorar su condición, son los verdaderos regalos del día de la madre que nos deberíamos dar todas y todos los que nos consideramos ‘evolucionados’.

La maternidad no es solo ese concepto romantizado y cruzado por palabras como sacrificio y dolor, la maternidad es uno de esos puntos pivotes de donde se desprenden las ganancias colectivas: madres más saludables harán hijos más saludables, madres más educadas harán ciudades más educadas, madres más participativas harán comunidades más involucradas, madres más honestas harán sociedades más éticas.


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