En busca del ideal extraviado

Imprimir

JORGE.GARNICAUn pueblo sin un ideal, viable, es como una barca sin brújula. De modo que reflexionemos todos, un poco, acerca de la indispensable búsqueda y encuentro de un equilibrio mental, político y emocional, veraz, de los insulares de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, en su contexto plural y humanista.

Sobre todo, político: esta dinámica social que todo lo abarca y nada la niega. Dejemos las bobas excusas para otros, nosotros hemos sufrido sufrientes.

De manera que llegó el momento y la hora de transformarnos si queremos evitar un suicidio masivo de generaciones. Llegó la hora del cambio. Internamente, como primer paso, para luego objetivar el ideal. Sí, desde el punto de vista de nuestro modo de gobernar nuestros kilómetros cuadrados de tierra y mar. Y olvidándose de los errores del pasado; con la solemne promesa de no volver por esos deleznables y traicioneros caminos. Para nuestro bien; para el bien de nuestras futuras descendencias.

Pero estos irrefutables e indispensables cambios, necesarios, ya no a guisa de las reiterativas, memasy mentirosasretóricas veintejulieras. Sino de verdad. Visibles. Porque, me pegunto: ¿qué experiencia transformadora para nuestra ínsula, positiva, real, aquélla que habría de enriquecer nuestro paso, como pueblo, mientras giramos, ya no solitarios, alrededor de nuestra grande estrella, y luego a paso supersónico por la Vía Láctea, hemos vivido los insulares, en los últimos 20 ó 30 años?

Busco y rebusco, y no logro divisar en el lejano ni cercano horizonte una experiencia, de esas que sosiegan el alma y que las llene de esperanzas en mi aquí y ahora; usted, amable lector, podrá quizás ayudarme a reencontrarme, a hallar esa aguja en este denso pajar. Porque yo, como muchos otros, estoy atado y sumido en este atardecer de viejas y recurrentes pesadillas y pesimismos a cuestas (y deseo, de todo corazón, fervientemente, sacudirlos por algo más saludable; más humanitario y favorecedor para el espíritu), a modo de la espada damocleana, o como si fuera el moderno Sísifo, con su imponderable e inapelable carga —y me resisto a creer que podrían ser otros 100 años de pudrición, perdón, de soledad.

Porque también, si hacemos un recorrido severo, si analizamos fríamente, con honestidad interna y externa, los acaeceres gubernamentales de las dos últimas décadas, ¿qué descatamos? Seguramente nos quedamos con la boca abierta, las mandíbulas dislocadas, con las eternas preguntas: ¿Qué nos pasó; qué nos pasa; y qué nos va a pasar si seguimos con estos mismos apócrifos y trasnochados cabecillas nuestros, porque de líderes les falta mucho; porque con estos mismos derroteros a ultranza; con estas mismas seudo estrategias de pueblo; con estas viejas y pestilencias formas de gobiernos, y que se repiten en nuestro espacio y tiempo, de recurrencia ya fija, en menos de 45 kilómetros cuadrados?

Porque aún estamos de caras a nuestros grandes e irremisibles retos. De tener la posibilidad de gobiernos con un máximo de decencia en lo concerniente: al manejosistemático, consecuente, de la sobrepoblación; a la educación, una educación ahora sí cualitativa y verdaderamente transformadora de generaciones, insertado en nuestro único momento histórico; un sistema de salud positivo, integral, que nos lleve más allá, mucho más allá de nuestras experiencias con el recurrente acetaminofeno para todas nuestras dolencias y achaques de pueblo hundido, prisionero de esperanzas; un sistema de infraestructuras que nos permita entrar de lleno, finalmente, y de frente, al siglo XXI; un sistema de comunicación eficiente y efectivo, y que no nos obligue a escoger entre este sistema y el pan nuestro de cada día; a una revolución tajante, viable y consensual en justicia; asimismo, entre todos los dicentes de nuestra ínsula en cuanto a la seguridad para cada ciudadano; en cuanto a la disciplina vial; en cuanto a una armonía social civilizada; en cuanto a una superestructura económica balanceada —no ese odioso desequilibrio de unos pocos con todo y mucho más de lo que necesitan para vivir supremamente bien, y otros que no saben con qué van a desayunar al día siguiente–; y también, amigos, defenestrar de una vez por todas, esa perniciosa, también odiosísima tendencia de invertir en lo público el 20% de los comunes presupuestos insulares, y quedarse con el 80% para sí, privadamente, y los de su tribu.

Porque la política no es tanto el arte de gobernar, sino ante todo el arte de centrarse, de focalizarse en los prioritarios intereses de la mayoría. Y si la política para usted es lo contrario a lo anterior, amigo, me arrodillo para rogarle no atreverse a aventurarse en las tareas públicas; no aventurarse en los quehaceres de los intereses de la mayoría, sino en las cosas estrictamente privadas; porque su demagogia ya hecho suficiente daño. Deje lo público para otros. Otros, con una imaginación más fecundamente histórica en cuanto a horizontes más amables; otros capaces de amarrar con fervor y querencia la directa relación y proporción entre el discurso y la práctica.

Cerremos con un broche de oro, por favor, con carácter, compasión y benevolencia, para sí, y sus otros compañeros de este nuestro corto viaje sideral, los anteriores capítulos del libro de la desgracia de una tierra, insertada ésta en el generoso Caribe; el libro de las desdichas insulares. Comencemos ahora otro libro; con nuevos páginas y capítulos; capítulos que protegerán la futura dignidad de nuestro pueblo y aquélla de sus venideras generaciones. Porque sin dignidad no hay libertad, y mucho menos felicidad —el propósito finito y determinante de todos los pueblos.Hagamos planteamientos novedosos, consensuales— no entre los pocos de los últimos años, cuyos presupuestos y perniciosas estrategias han sido hasta la fecha solamente para el bienestar y vanagloria de ellos y del egoísmo acendrado de sus respectivas tribus.

Las experiencias de nuestros últimos atardeceres no han sido las mejores. Ha habido demasiado llanto en estas nuestras calles. Dejemos de reciclar, ad infinitum, nuestros dolores, nuestras tristezas, nuestras infinitas frustraciones y angustias existenciales. Es el momento, la hora, de que lo malo que hasta ahora ha sido, deje de ser. Aprendamos de nuestros recurrentes errores; de nuestras infaustasfallas. No nos están ayudando a cumplir con un destino feliz; enfoquémonos en unas nuevas apuestas; demos ese giro de 180 grados, ese salto cuántico para lo que realmente queremos ser.Únicamente los idiotas o los masoquistas se auto laceran—y no hay derecho de que yo, y los muchos otros de estas lejanas y náuticas tierras, tengamos que sufrir los perversos efectos del masoquismo e idiotez ajenos.

Cambiemos la desesperanza y el desaliento de ayer por una esperanza noble, viable de hoy, y también paramañana; cambiemos la visión sádico-masoquista por una plenitud esperanzada, de equilibrio sobrio y posible, para la grande mayoría. Que la sublime luz de un nuevo amanecer, de un nuevo año si se quiere, nos cobije a todos, como el águila a sus polluelos, bajo sus espléndidas alas; que ella, la nueva esperanza, sea la voz consensual en la boca de todos: desde el que está por nacer, hasta el último deseo de la que está por partir hacia el otro largo viaje. Y tal vez, solo quizás, nos encontremos todos, jubilosos, algún día, posiblemente un mediodía, frente a frente, con la blanquísima arena del bello Johnny Cay.

Nuestra ínsula, de modo realista, puede ser el paraíso con el que todos idealizamos; así, con ese ideal práctico y posible, no nos decepcionaremos mañana, otra vez; y mucho menos desilusionaremos a John Milton. Alguien decía: “Somos viajeros del tiempo… Vinimos a aprender, compartir, tocar almas, dar amor, transformarnos y partir sin apegos”. Good luck to my beautiful ínsula. Even though I do not believe, too much, in luck, but in doing.


Add this to your website