Moralejas

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OSWALDO.SANCHEZSi se le preguntara a Samuel Moreno qué es ‘Cultura de la Legalidad’, él daría una buena respuesta. Y si se preguntara al magistrado Gustavo Malo qué es ‘Ética’, nos aplastaría con su erudición. Y si-a Luis Alfredo Garavito Cubillos, «La Bestia», «Alfredo Salazar» o «El Monstruo de Génova» –seguramente el mayor asesino en serie de niños–, se le preguntara qué es ‘respeto’, también nos daría su concepto.

Obviamente, ninguno de ellos es ejemplo a imitar. Pero sí, para afirmar que saber no es sinónimo de ser; sirven, igualmente, para cuestionarnos sobre cómo estamos educando a nuestros niños. Aunque lo aquí expuesto se pueda aplicar al Maestro en la Escuela, hablamos a los Padres de Familia.

Seguramente la familia no le enseña expresamente al niño actuar contra la Ley y la Ética, pero con el ejemplo le está dando las peores enseñanzas: No puedes ver tanta televisión, pero los mayores son adictos al celular. No se le tolera decir ‘groserías’, pero son impublicables las expresiones de los padres al referirse al vecino. Y un sinfín de ejemplos para demostrar lo contradictorios que somos entre el decir y el hacer.

Y para que vaya quedando claro, es preciso tener en cuenta que el niño se decide más prontamente por lo que HACEN sus padres o familiares que por lo que DICEN. De aquí, que la primera moraleja nos enseñe que los niños aprenden mejor de nuestros actos que de nuestras palabras.

A esa falta de cohesión entre el decir y el hacer es lo que se denomina “incoherencia”, lo cual se ve frecuentemente entre los candidatos en elecciones que prometen lo que no pueden o no piensan cumplir. Esta falta de coherencia es causante, no pocas veces, de graves afectaciones para toda la vida, arrastrando las más de las veces a personas de nuestro entorno que decimos querer mucho: esposa/esposo e hijos.

“Ser coherentes, constantes, tener criterio, dar buen ejemplo. Educar en la libertad, en la responsabilidad y en la autonomía marcando normas y límites”, recomienda Javier Urra, primer Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid y escritor. Pero será inútil tratar de enseñar a ser libres si no somos ni sabemos ser libres, si no somos ni sabemos ser responsables, si no somos ni sabemos ser autónomos, a ser felices si no somos ni sabemos ser felices.

Así, pues, llegamos a la segunda moraleja: la incoherencia es el principal obstáculo para llevar a cabo la no fácil tarea de educar a los hijos.

Un último elemento que queremos abordar en esta reflexión sobre la educación a los niños en el seno familiar es el manejo de los momento de crisis que vive la familia, casi siempre producto de situaciones externas y que los mayores, por no saber manejarlos o no estar preparados, encaramos de muy mala manera.

Para la Psicóloga Cecilia Calvo las crisis familiares son los “momentos de desorganización a nivel familiar, producto de cambios individuales, familiares o ambientales que implican la necesidad de reorganizar su funcionamiento”. Los hijos aprenderán de la forma en la que los padres manejan las situaciones de crisis; es decir, es la oportunidad de mostrarles cómo afrontar los problemas. Los niños aprenden de la manera en la que los padres afrontan la vida ya sea de manera positiva o negativa.

El desempleo, los duelos familiares, las desavenencias conyugales, conflictos generacionales, pérdida del año escolar, dejar su vivienda conocida, etc., son momentos de gran tensión esperados o no esperados que producen un impacto en el grupo familiar; su resolución “puede conllevar un crecimiento o un debilitamiento familiar, dependiendo de las capacidades, recursos, experiencias de la familia y de la gravedad de la situación crítica”.

Expresiones como “es muy pequeño, no se da cuenta” o “para qué le voy a explicar si no entiende”, son clara muestra del desconocimiento del desarrollo emocional del niño. Al igual que los mayores, también sufren los cambios y procesos de adaptación de las familias y se verán más o menos impactados dependiendo de las características de la crisis y de cómo los adultos en la familia puedan contener y abordar estas situaciones con ellos.

Al no tener información o suficiente información los niños tratarán de hacerlo solos y sus explicaciones pueden ser erradas (como culparse por lo que pasa) o peores que la realidad, lo cual genera incertidumbre y angustia, intensificando el sufrimiento. Son los momentos en que el niño necesita el acompañamiento de un adulto que le transmita serenidad, tranquilidad y confianza. Y qué mejor que sea el padre quien lo haga.

Y esta es la tercera moraleja: el mejor maestro no es el que transmite más, sino el que está con el niño cuando él lo necesita.


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Última actualización ( Sábado, 22 de Diciembre de 2018 05:56 )