Las islas San Andrés, Providencia y Santa Catalina continúan siendo peligrosas para las mujeres y las niñas. Con las redes sociales se crea una imagen bizarra de los hechos. Aunque una lo esté viendo, duda del testimonio. Aparece el agresor a desacreditar la violencia, el acoso. Los videos funcionan muy bien como herramienta. Ver para creer. Malaventurada…
Suenan convincentes. El agresor, por lo general, tiene un dominio del engaño. Si no fuera por las experiencias en instituciones como la comisaría de familia, caería en la trampa. El patrón es este: llegan con un discurso organizado a dar su relato. Se ven como hombres comunes y corrientes, de posición respetable en la comunidad o la política. Una les pregunta: “¿La persigues?”, y su respuesta es no. Sonríen, ¿acaso por nervios?, evocan un recuerdo íntimo, abyecto.
Para infligir el mayor daño a una mujer, sea pareja o ex, escogen lugares apartados. Es premeditado. Esperan, por ejemplo, momentos en los que una mujer esté sola en la casa. Acechan con paciencia. Si han estado privados de la libertad, con firmeza dicen: “Ya sé cuántos años pagaré de cárcel”. “Ustedes, las mujeres, se protegen”, alega el denunciado. Y si es así… nosotras sabemos que nos quieren muertas física y simbólicamente. Son voraces en alegaciones en redes sociales.
Eso de que los hechos lleguen primero al pastor o líder comunitario cambió. Ahora se publica en redes sociales y luego la denuncia escala a la entidad competente. ¿Es falta de asesoría que una mujer exponga en Facebook? ¿Es impulsivo el deseo de publicar sí o sí? ¿Hay una acción política en la denuncia pública? ¿Se encuentra apoyo y acompañamiento honesto en Facebook? ¿Cuándo llevar el caso a una red social?
Instaurar una denuncia sobre violencia intrafamiliar, de género, violencia política, no es fácil. Son las amigas, compañeras de trabajo, quienes nos animan a ir a una institución a pedir ayuda legal, las mismas que nos custodian hasta la casa cuando salimos de trabajar.
Los agresores saben que tienen las redes sociales a su favor. La vida se organiza con algoritmos, estos son metódicos y diseñados para confabular en contra de la realidad, el suceso, la verdad. Ver para creer: este potente mensaje de confianza, lealtad, amor, muere en la nueva realidad alterna, mentirosa, hostil.
Detrás de una pantalla de celular todos somos jueces y expertos. Es otro malestar social: inmiscuirse por morbo en el dolor ajeno. Hay quienes comparten una publicación relacionada con una víctima de pura maldad.
No hay garantías de no repetición y menos, reparación. Las violencias contra las mujeres y niñas ahora puestas en redes muestran que las islas no son seguras para nosotras. Esta situación no es de ahora, así ha sido.
Por eso, los silenciosos ante las violaciones, la poca participación de las mujeres en escenarios de toma de decisiones, la falta de diálogos serios sobre las formas de violencia contra nosotras.
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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.





















