Cada domingo el Señor nos sorprende con buenas noticias que son como inyecciones de ánimo para las horas difíciles, o como píldoras de sabiduría para enfrentar decisiones en momentos de duda; otras veces son como espaldarazos cuando nos pesa la vida y nos quedamos al borde del camino, o como gotas de agua para el alma sedienta de amor divino.
Las lecturas de hoy tienen, las tres, un contexto muy parecido. La primera nos habla de Elías que está huyendo porque lo quieren matar y “llegó hasta el Horeb, el monte de Dios, se introdujo en la cueva y pasó la noche” (Cfr. 1 Re 19, 9a. 11-13ª). San Pablo, comparte su experiencia de agonía: “siento una gran tristeza y un dolor incesante en mi corazón”, la razón es porque “mis hermanos, los de mi raza según la carne… no han reconocido ni aceptado a Cristo, el cual está por encima de todo, Dios bendito por los siglos” (Cfr. Rom 9, 1 – 5).
El Evangelio, por su parte, después de la multiplicación de los panes narra una escena con elementos de terror: Jesús se fue a la montaña a orar, los discípulos bajaron al mar y “mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma”. Las tres escenas coinciden en el miedo de los participantes, la oscuridad de la noche, la tristeza en el corazón, la huida ante las adversidades.
Pero no nos aquedemos en esas narraciones del pasado; si somos sinceros, todos conocemos alguna tormenta. A veces es una preocupación familiar, una enfermedad, una pérdida, un fracaso, una decisión difícil o la angustia que sentimos por alguien a quien amamos. Hay momentos en los que, como los discípulos, tenemos la impresión de que el viento sopla en contra y de que nuestras fuerzas no son suficientes para llegar a la otra orilla.
A muchos nos sucede lo de esta historieta. Caía la noche. El sendero se internaba en el bosque más negro que la noche. Yo estaba sólo, desarmado. Tenía miedo de avanzar, miedo de retroceder, miedo del ruido de mis pasos, miedo de dormirme en esa doble noche. Oí crujidos en el bosque y tuve miedo. Vi brillar entre los troncos, ojos de animales y tuve miedo, más miedo que nunca. Por fin salió de la oscuridad una sombra que me cerró el paso.
–“¡Vamos pronto! ¡La bolsa o la vida!”
Y me sentí casi consolado por esa voz humana, porque al principio había creído encontrar a un fantasma o a un demonio.
Me dijo: “Si te defiendes para salvar tu vida, primero te quitaré la vida y después la bolsa. Pero si me das la bolsa solamente para salvar la vida, primero te quitaré la bolsa y después la vida.” Mi corazón se enloqueció, mi corazón se rebeló. Perdido por perdido, mi corazón se dio la vuelta. Caí de rodillas y exclamé: “Señor, toma todo lo que tengo y todo lo que soy”. De pronto me abandonó el miedo y levanté mis ojos. Ante mí todo era luz. En ella el bosque verdecía.
Ahí está el secreto de todo, que no sea el miedo el que nos mueve, es decir, no es por miedo que actuamos, sino la confianza en el Señor Jesucristo. En las horas de oscuridad, de miedo, precisamente debe resonar la palabra del Señor: "Ánimo, soy yo, no tengas miedo". Estas palabras de Jesús constituyen el corazón del Evangelio de hoy y, de algún modo, también el corazón de toda la experiencia cristiana.
Son palabras pronunciadas en medio de la noche, cuando los discípulos se encuentran lejos de la orilla, sacudidos por el viento contrario y dominados por el temor. No es casualidad que Jesús se manifieste precisamente en ese momento. Dios suele acercarse a nosotros no cuando todo está en calma, sino cuando sentimos el peso de nuestras fragilidades, cuando la incertidumbre nos desorienta y cuando el miedo amenaza con robarnos la esperanza.
Esta frase, “¡ánimo, soy yo, no tengas miedo!”, no es simplemente una invitación a tranquilizarnos. Es una promesa de presencia. Jesús no dice: No pasa nada o todo se resolverá pronto. Dice algo mucho más profundo: Soy yo. Es decir, estoy contigo. Y esa certeza atraviesa toda la liturgia de hoy. Cada una de las lecturas nos presenta una situación de miedo, de incertidumbre o de sufrimiento, y en todas ellas Dios se hace presente para sostener, consolar y devolver la esperanza a quienes confían en Él.
Jesús a veces se esconde en el silencio, en el susurro, que como una brisa suave acaricia nuestras dudas y nuestros miedos y nos permite respirar el aire de confianza que revitaliza el alma. Otras veces tenemos que escuchar el reclamo en tono fuerte para que nuestro sordo corazón escuche de alguna manera que de los patriarcas procede el Cristo, según la carne; el cual está por encima de todo, Dios bendito por los siglos.
En todo caso, siempre conviene gritar: ¡Señor, sálvame! Tenemos que agarrarnos de la mano de Jesús que nos dice: ánimo, soy yo, no tengan miedo; de tal manera que como los de la barca, seguros de que él está con nosotros, también nosotros nos postremos ante él diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios».
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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.





















