Cada temporada electoral ocurre lo mismo. Los políticos llegan con promesas. Hablan de desarrollo, prosperidad, inclusión y un mejor futuro para el Archipiélago. Se levantan vallas publicitarias, se pronuncian discursos y, de repente, al pueblo Raizal se le recuerda lo importante que es su voto. Después terminan las elecciones. (English version below)
Pero una pregunta permanece sin respuesta: ¿Quién está construyendo el futuro económico del pueblo Raizal?
Es una pregunta que merece mucha más atención de la que recibe. Mientras el debate público suele concentrarse en la representación política, los derechos territoriales o la preservación cultural, pocas veces discutimos el fundamento sobre el cual descansa toda comunidad próspera: su capacidad para controlar su propio destino económico.
La realidad es incómoda, pero innegable: un pueblo que pierde el control de su economía termina perdiendo influencia sobre su propio futuro.
La representación política es importante. La preservación de nuestra cultura también lo es. La protección del medio ambiente es igualmente indispensable. Sin embargo, ninguno de estos objetivos puede consolidarse plenamente si el pueblo originario del territorio es desplazado progresivamente de los negocios, las inversiones y las oportunidades económicas que determinan el rumbo del Archipiélago.
Por eso, la conversación sobre el empoderamiento Raizal debe ir mucho más allá de la política.
Con frecuencia, el desarrollo se mide por el número de hoteles construidos, la expansión de la infraestructura o la llegada de inversión extranjera. Pero esos indicadores cuentan solo una parte de la historia.
La verdadera pregunta es otra: ¿están participando los Raizales en ese desarrollo?
¿Qué clase de progreso obliga al pueblo originario a luchar por permanecer en las tierras de sus antepasados?
¿Qué clase de prosperidad existe cuando los negocios locales desaparecen mientras las empresas de afuera continúan expandiéndose?
¿Qué clase de desarrollo deja a los jóvenes Raizales con menos oportunidades económicas que las que tuvieron sus abuelos?
Estas no son solamente preguntas económicas.
Son preguntas sobre justicia, dignidad y autodeterminación.
Durante demasiado tiempo hemos aceptado, consciente o inconscientemente, la idea de que el verdadero desarrollo siempre debe venir de otra parte: de Bogotá, de inversionistas extranjeros o de expertos externos. Sin embargo, nuestra propia historia desmiente esa narrativa.
Mucho antes de la existencia de las instituciones modernas del Estado, nuestros antepasados ya habían construido una economía sólida. Cultivaron la tierra, navegaron nuestros mares, comerciaron por todo el Caribe, construyeron embarcaciones, fundaron negocios, adquirieron propiedades y educaron a sus hijos. Fueron empresarios, comerciantes, agricultores, pescadores e innovadores.
Su legado demuestra que al pueblo Raizal nunca le ha faltado capacidad ni espíritu emprendedor.
Lo que hoy corremos el riesgo de perder es la confianza en nosotros mismos.
Quizá ningún ejemplo ilustra mejor esa realidad que la cooperativa creada por nuestros antepasados que dio origen a la Fábrica de Aceite de Coco. Más que una empresa industrial, representó una filosofía basada en la propiedad colectiva, la inversión compartida y la prosperidad comunitaria. Demostró que los Raizales no solo podían administrar pequeños negocios familiares, sino también construir industrias capaces de beneficiar a toda una comunidad.
Su importancia trascendía lo económico.
Representaba confianza en nuestras propias capacidades.
Y precisamente esa confianza es la que los sistemas coloniales han intentado debilitar históricamente. El colonialismo no solo ocupa territorios; también moldea la forma en que un pueblo se percibe a sí mismo. Con el tiempo, las comunidades pueden comenzar a desconfiar de sus propias capacidades, valorar más todo lo extranjero y subestimar aquello que ellas mismas son capaces de crear.
Las consecuencias de esa mentalidad se hacen evidentes cuando preferimos comprar a empresas de afuera antes que apoyar a nuestros propios emprendedores. Cada peso que permanece circulando en la economía local fortalece a las familias, genera empleo y crea nuevas oportunidades para nuestra comunidad. Cada empresa Raizal que prospera representa mucho más que el éxito de una familia; fortalece la resiliencia económica de todo el Archipiélago.
Por eso, el empoderamiento económico no es una tarea individual.
Es una responsabilidad colectiva.
Esto también nos obliga a replantear nuestra comprensión del poder.
Con demasiada frecuencia se ha tratado el acceso al gobierno como si fuera el único camino para servir al pueblo. Sin duda, el Estado tiene un papel importante. Pero ninguna sociedad ha construido prosperidad duradera dependiendo exclusivamente del gobierno.
Las sociedades fuertes se sostienen sobre familias sólidas, iglesias que forman carácter, escuelas que educan con excelencia, instituciones confiables y empresarios comprometidos con la creación de oportunidades para los demás.
Los cargos públicos nunca deberían verse como un premio. Son una responsabilidad para servir y fortalecer al pueblo.
Del mismo modo, el éxito empresarial también implica una responsabilidad social. Los emprendedores que generan empleo, forman a las nuevas generaciones e invierten nuevamente en su comunidad contribuyen tanto al futuro del Archipiélago como quienes ocupan un cargo de elección popular.
Los Raizales debemos escuchar las propuestas políticas, pero también formular preguntas más profundas que las que suelen aparecer en los discursos de campaña.
¿Quién está invirtiendo en las empresas Raizales?
¿Quién está facilitando el acceso al capital para nuestros jóvenes emprendedores?
¿Quién está protegiendo la propiedad local?
¿Quién está creando las condiciones para que las futuras generaciones puedan construir patrimonio sin verse obligadas a abandonar su tierra?
Las respuestas a estas preguntas probablemente tendrán un impacto mucho mayor sobre nuestro futuro que cualquier promesa electoral.
El futuro del pueblo Raizal no será garantizado únicamente por los gobiernos ni por las elecciones. Será construido cuando los propios Raizales recuperemos la convicción de que poseemos la capacidad, la creatividad, la disciplina y el espíritu emprendedor que nuestros antepasados demostraron durante generaciones.
Ese futuro comienza cada vez que decidimos apoyar un negocio Raizal.
Comienza cuando invertimos en nuestros jóvenes emprendedores en lugar de esperar que otros construyan nuestro desarrollo.
Comienza cuando dejamos de ser espectadores del futuro de nuestro territorio y asumimos el papel de protagonistas de su transformación.
Nuestros antepasados no esperaron que alguien más creara oportunidades para ellos.
Construyeron escuelas.
Construyeron iglesias.
Construyeron empresas.
Construyeron comunidades.
Construyeron una economía.
El mayor homenaje que podemos rendirles no consiste únicamente en recordar lo que hicieron.
Consiste en tener el valor de continuar la obra que ellos comenzaron.
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The Future of the Raizal People
Every election season, politicians arrive with promises. They speak of development, prosperity, inclusion, and a brighter future for the Archipelago. Campaign banners go up, speeches are delivered, and the Raizal community is reminded how important its vote is.
Then the elections end.
Yet one question remains unanswered: Who is building the economic future of the Raizal people?
This question deserves far more attention than it receives. While public debate often revolves around political representation and territorial rights, we seldom discuss the foundation upon which every prosperous community ultimately rests—its ability to control its own economic destiny.
The uncomfortable reality is this: a people who lose control of their economy eventually lose influence over their future.
Political representation matters. Cultural preservation matters. Environmental protection matters. But none of these can fully flourish if the original people of the territory become increasingly excluded from the businesses, investments, and opportunities that shape its economy.
That is why the conversation about Raizal empowerment must move beyond politics alone.
Development is frequently measured by the number of hotels constructed, infrastructure projects completed, or foreign investments secured. But those measurements tell only part of the story.
A more important question is whether the people who have lived on these islands for generations are sharing in that development.
What kind of progress forces the original inhabitants to struggle to remain on their ancestral lands?
What kind of prosperity exists when local businesses disappear while outside enterprises continue expanding?
What kind of development leaves young Raizals with fewer economic opportunities than their grandparents enjoyed?
These are not merely economic questions.
They are questions about justice, dignity, and self-determination.
For too long, many have accepted the false assumption that meaningful progress must always come from somewhere else—from Bogotá, from foreign investors, or from outside experts. That narrative ignores the history of the Raizal people themselves.
Long before modern government institutions existed, our ancestors had already built a functioning economy. They cultivated the land, fished the surrounding waters, traded throughout the Caribbean, built ships, established businesses, accumulated property, and educated their children. They demonstrated remarkable entrepreneurship, resilience, and vision.
Their legacy reminds us that the Raizal people have never lacked talent or initiative.
What we risk losing today is confidence in our own capacity.
Perhaps no example illustrates this better than the cooperative that gave birth to the Coconut Oil Factory. More than a manufacturing enterprise, it embodied a philosophy of collective ownership, shared investment, and community prosperity. It demonstrated that Raizals possessed not only the ability to operate small family businesses but also the capacity to build industries together.
Its significance extended far beyond economics.
It represented confidence in ourselves.
That confidence is precisely what colonial systems have historically sought to weaken. Colonialism does not merely occupy territory; it often shapes the way people think about themselves. Over time, communities can begin to doubt their own abilities, celebrate everything foreign, and underestimate the value of what is locally created.
The consequences are visible whenever we instinctively support outside businesses while overlooking our own entrepreneurs. Every pesos spent locally strengthens families, creates jobs, and expands opportunities within our own community. Every successful Raizal-owned business represents more than private achievement—it contributes to the resilience of the entire Archipelago.
Economic empowerment, therefore, is not an individual pursuit. It is a collective responsibility.
This also requires us to rethink our understanding of power.
Too often, political office is treated as though it were the primary path to serving our people. Government certainly has an important role, but no community has ever built lasting prosperity through government alone.
Strong societies are sustained by ethical families, vibrant churches, quality schools, responsible civic institutions, and entrepreneurs willing to create opportunities for others.
Public office should never be viewed as a prize to be won. It is a responsibility to empower the people.
Likewise, success in business carries responsibilities beyond personal wealth. The entrepreneurs who strengthen a community by creating employment, mentoring young people, and reinvesting locally contribute just as meaningfully to the future of the Archipelago as those who hold elected office.
Raizals should certainly pay attention to political promises. But we should ask deeper questions than campaign slogans encourage.
Who is investing in Raizal businesses?
Who is helping young entrepreneurs access capital?
Who is protecting local ownership?
Who is creating conditions that allow future generations of Raizals to build wealth without leaving their homeland?
Those questions may ultimately shape the future of our people more profoundly than any political speech.
The future of the Raizal people will never be secured solely by governments or elections. It will be secured when Raizals once again believe in what our ancestors already proved—that we possess the knowledge, creativity, discipline, and determination to build our own future.
That future begins whenever we choose to support a local business instead of overlooking it.
It begins when we invest in young entrepreneurs instead of waiting for outside investors.
It begins when we stop seeing ourselves as spectators in the development of our own territory and start acting as its principal builders.
Our ancestors did not wait for someone else to create opportunities for them.
They built schools.
They built churches.
They built businesses.
They built communities.
They built an economy.
The greatest tribute we can offer their legacy is not simply remembering what they accomplished.
It is having the courage to continue building what they started.
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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.





















