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La radicalidad en el amor conduce a la santidad

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SANABRIA.OBISPOQuien escoge el amor como norma de vida, cumple la ley entera y alcanza la santidad. La santidad implica radicalidad en la vivencia del evangelio. La mediocridad está a la orden del día y muchos transitan por sus sendas. La santidad es el ideal que nos propone Cristo.

“Había una vez un maestro que queriendo que sus alumnos no sólo aprendieran la asignatura que él les enseñaba, sino que fueran personas maduras, les quiso dar una lección experimental cierto día. Avisó que el viernes pondría un examen. Y llegado a la clase dijo:
- Traigo tres exámenes fotocopiados: uno tiene 50 preguntas, otro 40 y un último de 30. Cada uno que escoja el que prefiera.

A la mañana siguiente comunicó así el resultado:

- A quienes escogieron la prueba de 30 preguntas les he puesto una "C", sin importar que hubieran contestado todas bien o no. A todos los que prefirieron el examen de las 40 preguntas les he dado una "B", aun cuando la mitad de las respuestas estuvieran incorrectas. Y quienes escogieron el de las 50 tienen una "A", incluso aquéllos que se han equivocado en casi todas las preguntas.

Los estudiantes quedaron confundidos y el maestro razonó así su comportamiento:
- Queridos alumnos: con esta prueba no pretendía examinar sus conocimientos, sino su grado de determinación para apuntar alto en la vida”.

Las lecturas de hoy nos ofrecen la sabiduría para apuntar con precisión a la santidad, conscientes de que lo decisivo no es acertar en el cumplimiento de todos los mandamientos, sino en vivir apuntando hacia la santidad, aun cuando cometamos errores.

Dice el libro del Eclesiástico: “Si quieres, guardarás los mandamientos y permanecerás fiel a su voluntad… Porque grande es la sabiduría del Señor, fuerte es su poder y lo ve todo” (Eclo 15, 15). Los mandamientos son fuente de sabiduría porque permiten ajustarnos a la voluntad de Dios, el Sabio por excelencia. Dice el salmista: “Dichoso el que, con vida intachable, camina en la ley del Señor; dichoso el que, guardando sus preceptos, lo busca de todo corazón” (sal 118).

Para San Pablo, la sabiduría no procede de cumplir la ley, es un don de Dios dado por el Espíritu Santo, “que todo lo penetra, hasta las profundidades de Dios”. Es una sabiduría distinta a la de los sabios del mundo; es la de las bienaventuranzas que tienen como fuente el misterio de la cruz, de la entrega y de la muerte que produce vida. Es una sabiduría misteriosa, escondida, contradictoria, que sabe perdonar y amar; que construye un mundo de relaciones, no en el poder, en el dinero, en la fuerza, sino en dar a los que no tienen, ser algo, ser personas, tener dignidad, aunque no tengan muchos conocimientos. No es una sabiduría fundamentada en especulaciones, ni en ideologías. Es la sabiduría que se hace con el corazón.

El hecho de que el ser humano sea débil y se equivoque no es una desgracia, ni refleja que salimos defectuosos de las manos del Creador, es evidencia de que fuimos creados a imagen de la sabiduría divina, porque tenemos plena libertad para elegir, “porque grande es la sabiduría del Señor, fuerte es su poder y lo ve todo… Ante los hombres está la vida y la muerte, y a cada uno se le dará lo que prefiera, y los mandatos del Señor nos indican el camino que conduce a la bondad y a la vida” (1 Cor 2, 6 – 19).

El evangelio dice que la sabiduría que permite apuntar a la santidad se expresa en signos claros de radicalidad en el amor. El primer signo lo presenta el evangelista: “No matarás, y el que mate será reo de juicio… todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado… Si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama necio, merece la condena de la gehenna del fuego... si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano…” (Cfr. Mt 5, 17 – 37).

Para evitar matar tenemos que no dejar espacio en el corazón a la ira, no tener adversarios en tribunales, no dejar que la enemistad aparezca ni a la hora de practicar la religión; en definitiva, ser radicales con las bienaventuranzas que el Señor nos acaba de enseñar.

Segundo signo de radicalidad en el amor, cuidar la familia; lo dice Jesús, “Han oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo les digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón”. Adulterio y divorcio son maneras de matar el amor porque atentan de frente contra la familia.

Esta exigencia recobra actualidad, pues es fácil encontrar amores muertos, asesinados por la mentalidad plagada de deseo sexual sin amor ni compromiso. Urge establecer relaciones no simplemente sexuales, sino de respeto mutuo, de integración social y religiosa. Debemos “sacar, arrojar, y cortar" ojos y manos para purificar el corazón, y amar de verdad más allá de lo erótico.

Tercer signo de radicalidad, la verdad. “No jurarás en falso y cumplirás tus juramentos al Señor”. La verdad o la mentira resplandecen por sí solas. Es un "no" absoluto a la mentira con la cual se construye en este mundo el poder, la fama, la riqueza, el honor... Jesús de Nazaret no tuvo que jurar ni por el cielo ni por la tierra. Así, la religión no es una cuestión de medidas. Es una manera de ser, de vivir, de amar.

La radicalidad en el amor conduce a la santidad, y esto lo vemos cumplido en María Santísima, la madre del Señor.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.  

 

 

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