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Un monstruo feo

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Edna Rueda Abrahams 2025 COLUMNAHabía un pueblo y un joven monstruo. Monstruo sin atenuantes, sin metáforas, sin adornos. Monstruo completo: cuernos torcidos como si hubieran crecido de mal humor, pelos ásperos saliéndole del cuello y de la espalda, orejas puntiagudas siempre en guardia, joroba firme, testaruda, imposible de ignorar.

Caminaba pesado, respiraba duro, ocupaba espacio. Su sombra llegaba antes que él, y su presencia incomodaba después. No sonreía. No hacía favores. No era devoto ni rezandero. No tenía discurso, ni propósito, ni ganas de caer bien. Era, simple y llanamente, un monstruo. Tampoco se iba, ni se escondía, no pedía perdón por ser monstruo, ni por dañarle el horizonte a la gente bien.

La multitud lo miraba de reojo. Los niños se callaban cuando pasaba. Los adultos fingían que no lo veían. Y él seguía, imperturbable, ajeno al murmullo, ajeno al juicio. Feo, sí, pero sin tragedia. Feo, pero sin complejo. Una aberración de moral insípida, actitud insípida, fama insípida.

El pueblo, acomodado entre raíces enredadas, troncos húmedos y pasarelas de madera que crujían, vivía tranquilo en su rutina brillante. Casas claras, ropa impecable, sonrisas listas. Todo en su lugar. Todo correcto. Hasta que el cielo se cerraba.

Cuando llegaba la lluvia, los bonitos corrían rápido, corrían torpes, corrían desesperados. Se cubrían con plásticos, telas, cualquier cosa. Gritaban maldiciones suaves y quejas elegantes. Como si el agua les doliera. Como si no la soportaran. Y él no. Él salía a su encuentro. Levantaba la cara. Abría los brazos. Reía, si acaso, con todo el cuerpo. Lluvia, bendita lluvia.

Entonces empezó a notar detalles inquietantes. Nadie lloraba. Jamás. Ojos secos, siempre secos. Sonrisas inmóviles, tensas, perfectamente sostenidas. Tampoco sudaban. Bajo el calor espeso, en medio de bailes y caminatas, ni una gota. Evitaban el río. Evitaban los charcos. Evitaban el manglar. Evitaban el agua como si fuera veneno.

El monstruo, que no era bueno ni ejemplar, pensó algo básico, casi ingenuo: si eran tan felices, algún día debían disfrutar del agua. Así que montó un baile bajo la carpa del circo. Música alta, luces baratas, entusiasmo colectivo. Los bellos llegaron radiantes, impecables, encantados de sí mismos. Giraban, reían, brillaban.

Pero la tormenta venía. Y él lo sabía.

Se movió despacio. Desató un amarre. Luego otro. Luego otro. Sin drama, sin anuncio, sin culpa.

Cayó el aguacero.

Y el espectáculo se rompió.

No hubo gritos heroicos ni huidas elegantes. Hubo silencio. Y entonces se hizo el confeti mojado: papel en las mejillas, papel en las manos. Capas y capas de papel empapado deslizándose, deshaciéndose, revelando lo imposible: todos eran monstruos. Cuernos escondidos, pieles extrañas, formas torcidas. Monstruos envueltos, cuidadosamente envueltos, en sonrisas de papel, en felicidad de papel, en belleza de papel.

Bajo la lluvia, el único que no se deshacía era aquel joven monstruo.

Torpe, incómodo e indiscutible.

Nunca le perdonaron eso, el mostrarles que eran iguales, que la fealdad era común.

Al día siguiente hubo intentos incontables por volver a la normalidad, por secar los papeles y ponerlos otra vez para parecer felices.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.  

 

 

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