Somos sal para dar sabor y luz para iluminar el mundo. Gran noticia y enorme responsabilidad. Hace ocho días nos encontramos con el bellísimo discurso de las bienaventuranzas en el que Jesús propone a los pobres, a los sencillos y humildes el camino de la felicidad y de la transformación de la humanidad.
De entrada, tenemos que decir que estamos llamados a influir positivamente en el mundo, y nos propone el Señor dos imágenes, la luz y la sal, muy apreciadas en la espiritualidad cristiana.
Cuando un cristiano brilla por sus buenas obras, y da sabor a quienes han perdido el gusto por vivir y por servir, entonces el demonio se retuerce de rabia. El demonio es representado por la serpiente; y cuenta la leyenda, que una vez, una serpiente empezó a perseguir a una luciérnaga; ésta huía rápido de la feroz depredadora, pero la serpiente no pensaba desistir. Huyó un día y ella no desistía, dos días y nada. Al tercer día, la Luciérnaga paró y fingiéndose exhausta, dijo a la serpiente:
– Espera, me rindo, pero antes de atraparme permíteme hacerte unas preguntas.
– No acostumbro a responder preguntas de nadie, pero como te pienso devorar, puedes preguntarme.
– ¿Pertenezco a tu cadena alimenticia?
– No.
– ¿Te hice algún mal?
– No.
– Entonces, ¿Porque quieres acabar conmigo?
– Porque no soporto verte brillar.
La luciérnaga se atrevió a recabar esa información, porque quería entender la situación que a todas luces le parecía sin sentido. Una vez enterada de la envidia de la serpiente, se limitó a sonreír y volar más alto y rápido aún, con lo que la serpiente se quedó con ganas de ese bocado tan luminoso que demostró estar fuera de su alcance.
En un guiño final de su luz, el bichito alado le gritó a la serpiente, muy encima de ella:
- “Es hora de que aprendas a brillar tú misma de un modo tan hermoso que aún nosotras las luciérnagas, observemos con admiración, tu gran resplandor”.
Al demonio, la serpiente primordial, no le va a ser posible aprender a brillar de modo hermoso, porque no soporta la luz de Dios, y su actuar seguirá siendo la maldad y en medio de la oscuridad. No así para los cristianos, llamados por el mismo Señor a ser sal y luz del mundo. Pero para cumplir esa misión de iluminar y dar sabor a la humanidad, hemos de tomar conciencia de varios aspectos.
En primer lugar, nosotros los seguidores de Cristo no tenemos luz propia, nuestra luz brota de Cristo, él es la fuente luminosa. San Pablo lo expresa de esta manera: “Yo mismo, hermanos, cuando vine a ustedes a anunciarles el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre ustedes me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado” (1 Cor 2, 1s).
La luz procede de la cruz. La fuerza, del poder más pobre del mundo, es decir, de la cruz, de la sabiduría de la cruz, del fracaso. Pablo expresa la convicción de que Jesucristo, el crucificado, es la luz, es el liberador de los oprimidos. Cristo crucificado irradia la luz más plena del amor de Dios, y esa es la única luz que puede transformar a la humanidad.
Por eso que el primer movimiento de un cristiano para ser sal y luz ha de ser apegarse a Jesucristo, ha de beber su infinito amor, para poder contrarrestar el odio que circula en la humanidad; ha de comprender su sabiduría divina contenida en las Sagradas Escrituras, para poder iluminar las mentiras humanas; ha de gozar del sabor del sacrificio en favor de los demás, concentrado en la Eucaristía, para neutralizar el egoísmo, el interés malintencionado de tantos corazones humanos. Ha de llenarse de Cristo, para ser luz de las naciones.
Una vez llenos de luz y de sabor tenemos que iluminar y dar sabor a la humanidad. Las bienaventuranzas no son para esconderlas en interioridades secretas, sino para vivirlas iluminando las oscuridades del mundo. Todo cristiano que ha recibido la luz de la fe, la luz de la Palabra, la luz del amor divino está llamado a irradiar la gloria de Dios en todo lo que haga y diga.
Una manera de ser luz es vivir irradiando el rayo de la solidaridad en medio de las necesidades de los hermanos. Nos recuerda el profeta Isaías: “Esto dice el Señor: Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, cubre a quien ves desnudo y no te desentiendas de los tuyos. Entonces surgirá tu luz como la aurora” (Is 58, 7ss). Cuando llevamos a la práctica las bienaventuranzas brilla la gloria de Dios.
Otra manera de ser luz es rescatar la dignidad de los pobres. Insiste el profeta Isaías: “Cuando alejes de ti la opresión, el dedo acusador y la calumnia, cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo y sacies al alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad como el mediodía. (Is 52 58, 10) Todo ser humano, independientemente de su condición, forma parte de nosotros, de cada uno. Todo ser humano es de los nuestros.
Señor, danos la gracia de que “En las tinieblas brille como una luz el que es justo, clemente y compasivo” (Sal 11, 4). Ayúdanos a salir de nuestro confort, de nuestras seguridades egoístas para iluminar a la humanidad con la luz de la solidaridad y de la dignidad, y para que detrás de nosotros vaya la gloria de Dios, como sucedía con María, tu Madre Santísima.






















