
Con los hechos delincuenciales ocurridos este domingo durante el desfile del 20 de julio en San Andrés, la gente se pregunta con tristeza, inquietud, impotencia, rabia y desazón: ¿Qué está pasando en la isla, otrora remanso de paz y tranquilidad, actualmente convertido en foco de inestabilidad y violencia irracional?
La irrupción vandálica de jovencitos supuestamente integrantes de clanes antagónicos, en plena avenida Newball cuando marchaban las bandas musicales de los colegios a plenitud, produjo un desbande general del público que, en estampida, corrió en diversas direcciones buscando refugio de los botellazos e incluso disparos que se oían por doquier.
Fueron alrededor de treinta minutos de terror en que el Estado perdió el control de la situación. Suficientes para impactar a una comunidad presente tras arduos días de preparación de uniformes, estilos, ritmos musicales y acompasados, para cumplir con una tradición adelantada por décadas de historia en las islas de San Andrés y Providencia.
Las correrías, las detonaciones, los gritos e incluso los llantos de buena parte del público, incluidos numerosos visitantes nacionales e internacionales, fueron grabadas y ‘subidas’ a las redes sociales. Entre tanto, la fuerza pública, cuya presencia –según muchos de los presentes– fue casi imperceptible durante el desfile, logró algunas capturas que fueron conducidas a la estación de policía ubicada a 100 metros del escenario de los hechos.
Finalmente, el desfile continuó como estaba previsto, pero la mancha de pavor quedó en la retina de centenares, miles de ciudadanos que se preguntan a esta hora ¿Qué está pasando en San Andrés? ¿Será este un síntoma más de la descomposición social que hace tiempo se percibe en la isla? ¿O es quizás parte de un entramado plan de desestabilización política y social?
La respuesta pronta y contundente, está en manos de las autoridades. Eso también es gobernar.





















