
Una investigación de Diana Castaño, magíster en Biología Marina de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Caribe, advierte que más del 93% de los peces loro registrados son juveniles; y reporta la desaparición casi total de individuos de tallas grandes en San Andrés.
Parte del estudio, consolidado en su tesis de grado de dicha Maestría, también fue publicado en la Agencia de Noticias de UNAL, donde se resalta que la mayoría de peces loro en la isla no alcanza la madurez reproductiva; y que por eso las especies grandes como ‘Scarus guacamaia’ o ‘S. coelestinus’ (en la foto superior), prácticamente han desaparecido.
Esta situación empeora la presencia de macroalgas, que impiden a los corales realizar correctamente sus funciones vitales, afectando con ello la pesca, el turismo y la protección costera.
“Jardineros del arrecife” en declive
En las últimas décadas los arrecifes coralinos del Caribe vienen sufriendo un deterioro progresivo, dado que la cobertura de coral vivo ha disminuido cerca del 80% desde los años setenta, siendo reemplazada por algas verdes y pardas que crecen muy rápidamente, compitiendo con ellos por espacio, luz y nutrientes.
Esta situación es doblemente grave en el Archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, denominada como la Reserva de Biosfera Seaflower, donde se concentra más del 70% de la cobertura coralina del país; y donde las estructuras arrecifales se conectan ecológicamente con otros ecosistemas, como los manglares y los pastos marinos, permitiendo completar los ciclos de vida de muchas especies, incluidas las de valor comercial.
Ahora bien, los peces loro (‘Scaridae’) cumplen una función ecológica vital, ya que raspan y consumen precisamente esas algas que crecen sobre los corales y los fondos marinos, permitiendo que los arrecifes respiren y se regeneren. Por eso se les conoce como los “jardineros del arrecife” y de ahí que su declive sea un hecho trascendental.
Preocupante realidad
En este nuevo estudio relacionado con estos peces, la investigadora Castaño señala que aunque todavía hay presencia de estas especies en la isla, el 93% de los individuos observados eran juveniles, o sea aún no habían alcanzado la talla necesaria para reproducirse ni para cumplir eficazmente con su función de herbivoría.
La especialista en Fauna Marina asevera que “muchos de estos peces son capturados antes de reproducirse por primera vez, lo que compromete seriamente la recuperación de sus poblaciones”.
Además, el análisis da cuenta de la desaparición de especies de tallas grandes como ‘S. guacamaia’ o ‘S. coelestinus’, que pueden llegar a medir hasta 120 cm de longitud, siendo sumamente valiosas por su capacidad de remover grandes cantidades de algas en cada mordida.
“Sin peces grandes ni adultos, la función de limpieza del arrecife se debilita y se favorece el dominio de las algas sobre los corales. Durante los cinco años de monitoreo solo se registraron cinco individuos de cada una de estas especies, con ausencia en los últimos años. Una cifra alarmantemente baja para su función ecológica”, agregó la autora.
Importancia de la biomasa
La profesional comentó que uno de los indicadores usados para evaluar la salud de los arrecifes es la biomasa, es decir, el peso total de los peces registrados en un área determinada.
“No basta con contar cuántos peces hay. Es necesario saber si esos peces están creciendo, si se están reproduciendo y si su tamaño es suficiente para ejercer su función ecológica de control de las algas”, explicó Castaño; al tiempo que destacó que la función de herbivoría está directamente relacionada con su tamaño: cuanto mayor es la talla, mayor es la fuerza de mordida y la cantidad de algas que pueden remover.
En este caso, la biomasa promedio de peces loro en San Andrés fue de 2.253 gramos por cada 100 m², un valor que se considera como ‘Regular’ para el indicador medido y aunque supera el umbral ‘Crítico’ (990 g/100 m²) definido por iniciativas como ‘Healthy Reefs for Healthy People Initiative’, no garantiza la estabilidad del arrecife coralino si la mayoría de peces son juveniles.
De hecho, el estudio encontró que en algunos sitios con mayor biomasa también se registró una alta cobertura de macroalgas, sugiriendo que el número y tamaño actuales de los peces aún no son suficientes para controlar su crecimiento.
Cinco años de monitoreo
La presente investigación se desarrolló entre 2014 y 2019 en cuatro estaciones, conocidas como Bajo Bonito, Luna Verde, Wild Life y Bahía Honda. En este se registraron 3.120 individuos de peces loro, pertenecientes a 11 especies.
El estudio consistió en censos visuales subacuáticos de peces, realizados por buzos en transectos de 50 x 2 m. En estas áreas se registraron las especies, su talla y la abundancia, y estos datos se usaron luego para estimar la biomasa mediante modelos biológicos.
Además, se registraron en video los fondos marinos (videotransectos) con el objetivo de analizar la cobertura de coral, algas y pastos.
Las especies más comunes fueron ‘S. taeniopterus’, ‘S. iseri’, ‘S. aurofrenatum’ y ‘S. viride’, todas de tallas medianas, con longitudes comunes entre 18 y 38 cm; y umbrales de madurez sexual que oscilaron entre los 15 y 18 cm.
Los sitios con mayor cobertura coralina, como Bajo Bonito y Wild Life, presentaron los valores más altos de biomasa y de diversidad; mientras que Bahía Honda, dominada por arena y pastos marinos, registró los valores más bajos y una alta proporción de peces en etapa juvenil, lo que sugiere un uso del área como hábitat temporal o zona de crianza.
Insumos para fortalecer controles
En diálogo con EL ISLEÑO, la magíster Castaño indicó que los datos de esta investigación pueden servir como insumo para que se fortalezcan los mecanismos de control y vigilancia en el Departamento Archipiélago, en pro de proteger estas especies clave para la salud de los arrecifes, la seguridad alimentaria, la economía y el bienestar en las islas.
Así mismo, enfatizó en que la Corporación Ambiental Coralina expidió la Resolución 369 de 2019, que regula la comercialización, captura y otros factores tendientes a la protección y conservación de peces loro.
De ahí que resalte que estos controles deben estar basados en la cooperación interinstitucional entre los entes locales, así como en la autorregulación y conciencia por parte de los pobladores de la isla; sin olvidar que para que esta sinergia sea posible, se deben generar alternativas de producción, alimento y economía para los pescadores que dependen del sustento del mar, en pro de que tengan otras posibilidades.
De hecho manifestó, al finalizar, su mejor disposición para unir esfuerzos y trabajar de la mano de las entidades locales como la Secretaría de Agricultura y Pesca Departamental, de la misma Coralina y de representantes del Pueblo Raizal y de comunidades isleñas, para aportar a la protección de estas especies tan importantes para el Archipiélago.
Por último, es pertinente decir que la profesional es médica veterinaria y que se ha especializado en el área de Fauna Marina, trabajando especialmente con especies claves como tortugas marinas, aves migratorias costeras y otras.
Su trabajo de grado, para optar al título de magíster en Ciencias - Biología Marina, fue dirigido por Adriana Santos, profesora de la UNAL Sede Caribe; y co-dirigido por el profesor Amílcar Cupul, de la Universidad de Guadalajara (México).
(Foto tomada de: Instituto Smithsonian)





















