Hay una epidemia silenciosa que no produce fiebre ni tose en las esquinas, pero que se infiltra en los poros de la cultura occidental como un sopor aceptado: la necesidad de sentirse motivado para cumplir con lo evidente._Y si no hay motivación, aparece la excusa
Vivimos un tiempo en el que ya no basta con reconocer lo que debe hacerse —ahorrar, respetar, tender la cama, llegar a tiempo, actuar con decencia—, ahora es necesario estar inspirado para ejecutarlo. Como si la ética viniera en cápsulas efervescentes.
El término ‘motivación’ se ha deformado hasta perder consistencia. Hay que animar al estudiante, al empleado, al vecino que lanza basura en la calle, al adulto que se rehúsa a madurar. Y si no hay motivación, aparece la excusa. Hemos convertido la pereza vital en un derecho a postergar, envuelto en play list épicas y discursos con fondo de atardecer en cámara lenta.
Lo inquietante es que este relato no entrega razones de peso. Solo ofrece empujones emocionales, una especie de caricia neuronal que más que activar, adormece. Se apela a la emoción, no a la conciencia; al arranque momentáneo, no al compromiso. Pero la emoción —diferente del sentimiento— es breve, inestable, pasajera. No forja hábitos ni sustenta principios; apenas empuja durante unos minutos. El sentimiento, en cambio, se arma desde la reflexión y puede sostener elecciones a largo plazo. Sin embargo, hoy pareciera que solo se actúa si algo conmueve, aunque ese impulso dure lo mismo que un video de TikTok.
Y en ese escenario florecen los ‘motivadores’, convencidos de que con discursos vibrantes lograrán desarraigar costumbres y desgano acumulado. Pero más que generar cambios, se exhiben. Les basta un escenario, un público receptivo y algo de resonancia en redes para sentirse salvadores. Su papel no es comprender ni orientar, sino brillar mientras reciben aplausos por verbalizar lo evidente.
Y sin embargo, aquí estoy yo, escribiendo esto. He sido, más veces de las que quisiera admitir, una motivadora con banda sonora propia. He convocado al deber, al cambio, al compromiso, creyendo que bastaban mis palabras para prender la chispa en otros. Y también he sido motivada, he necesitado que alguien me sacuda para hacer lo que sabía que debía. Como si el imperativo categórico de Kant no alcanzara para moverme, como si la ética por deber necesitara lentejuelas.
Tal vez haya que recordar que la ética no necesita efectos especiales. Que lo justo no siempre emociona, pero siempre dignifica. Que el conocimiento y la lógica pueden ser motores más sólidos que el entusiasmo. Y que esperar una señal para hacer lo correcto no es espiritualidad, es irresponsabilidad con luces de neón.
¿De verdad necesitamos sentir algo extraordinario para hacer lo que ya sabemos que es lo correcto?
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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.





















