Había un ratón que estaba siempre angustiado, porque tenía miedo al gato. Un mago se compadeció del él y lo convirtió en un gato. Pero entonces empezó a sentir miedo del perro. De modo que el mago lo convirtió en perro. Luego empezó a sentir miedo de la pantera, y el mago lo convirtió en pantera…
Con lo cual empezó a temer al cazador. Llegado a este punto, el mago se dio por vencido y volvió a convertirlo en ratón, diciéndole: “Nada de lo que haga por ti va a servirte de ayuda, porque siempre tendrás el corazón de un ratón”. (Antohny de Mello).
Un seguidor de Jesús no necesita transformarse en Ángel o superhombre, lo que necesita es tener el mismo corazón de Jesús, sus mismos sentimientos y su misma disposición de entrega, porque de ese corazón viene su fuerza. No se entiende un apóstol cobarde y miedoso ante el mal o que sea incapaz de dejarse herir por los demás. Jesús exige, “Les doy un mandamiento nuevo: que se amen unos a otros; como yo los he amado, ámense también unos a otros. En esto conocerán todos que son discípulos míos: si se aman unos a otros” (Jn 13, 34s).
El amor que Jesús pide se hace visible en el servicio. Amor y servicio son inseparables. Las lecturas de hoy dan unas claves para aterrizar el amor y convertirlo en servicio a los demás.
El amor abre la puerta a los gentiles. Dice el libro de los hechos de los apóstoles. “Al llegar, reunieron a la Iglesia, les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe” (Ap 14, 27). La comunidad cristiana en el mundo no tiene más sentido que ser servidora de los hermanos y su misión es el anuncio de la salvación, impulsada por el amor al mundo. El mensaje no puede encerrarse en un pequeño club de buenos, ni encadenarse al miedo de los evangelizadores.
Lucas y Bernabé se lanzan valientemente a llevar el evangelio más allá de las fronteras judías, a gentiles y paganos, asumiendo riesgos, pero confiados en la asistencia del Espíritu Santo. El amor abre puertas para entrar a gozar de la Buena Nueva de Jesús a todos sin excepción. El amor de Jesús le hace bien al mundo. Padres de familia, abran la puerta de la fe a sus hijos; creyentes, abran la puerta del amor de Dios a los alejados, a los fríos en la fe, a los resentidos.
El amor glorifica a Dios por siempre. El salmo de hoy exclama: “Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi Rey”. Jesucristo se hizo hombre para dar gloria a Dios, para santificar el nombre de Dios, para salvar al hombre del pecado. La hora de la glorificación se da en la cruz, así lo entiende y lo expresa Jesús cuando Judas sale para entregarlo: “«Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él”.
La entrega en la cruz no es tragedia, sino el prodigio del amor consumado con que todo había comenzado. Jesús vino para amar y este amor se hace más intenso frente al poder de este mundo y al poder del mal. Con la muerte de Jesús aparecerá la gloria de Dios comprometido con él y con su causa. Con nuestra entrega total y generosa por los demás, aparecerá la gloria de Dios. Glorificar a Dios es cuestión de entrega, de lucha por rescatar la dignidad humana y cristiana atropellada por el mal y la muerte, es cuestión de cruz.
El amor renueva todas las cosas. Cuando la presencia de Jesús, que es amor, se hace notoria en la tierra, todo se renueva. Dice el Apocalipsis: “Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva, pues el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe” (Ap 21, 1). El cielo nuevo y la tierra nueva no es una realidad futura, comienza aquí y ahora y tenemos que verla nosotros como la vio Juan; la nueva Jerusalén representa la ciudad de la paz y la justicia, de la felicidad que estamos llamados a construir y a disfrutar.
Duelen los conflictos, entristece el dolor dejado por la violencia, preocupa el hambre de muchas familias; indigna la ausencia de servicios de salud, duele la violencia de género. Estas situaciones obligan a los cristianos a hablar de Cristo. No basta condenar, se trata de mover el corazón de los implicados con el amor de Cristo. No todo es dinero, se necesita ante todo del amor de Dios.
El amor nos embellece como novia para su esposo. Jesús estaba preparado para vivir todo por amor. A sus discípulos no los había llamado para una guerra o una conquista militar. Los había llamado para la guerra del amor sin medida, del amor consumado. Ser cristiano es amarse unos a otros. Ese es el catecismo que debemos vivir. Todo lo demás encuentra su razón de ser en esta ley suprema de la comunidad de discípulos. Todo lo que no sea eso es abandonar la comunión con el Señor resucitado y desistir de la verdadera causa del evangelio.
Antes que jueces, el mundo requiere servidores. Ha llegado a ser tan normal que nadie sirva a nadie, que el servicio sea visto como un trabajo remunerado y despreciable. El servicio no es opcional para un seguidor de Cristo, es exigencia fundamental. Un servicio desinteresado, hecho con amor revela la calidad del seguidor del Señor. Un creyente es un servidor. El servicio nos embellece como novia para su esposo. Que cuando el Señor vuelva nos encuentre sirviendo.
Creo Señor que mandas amarnos unos a otros, pero aumenta nuestra fe para llenar nuestro pequeño corazón de tu amor, que nos lanza a rescatar la dignidad de los atropellados, a renovar todas las cosas, y así darte gloria y embellecernos como novia para su esposo.
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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.





















