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Herencias del silencio

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Edna Rueda Abrahams¿Cuántas generaciones te separan de la última persona esclavizada de tu linaje? ¿Y cuántas generaciones han pasado desde que alguien pudo decir “te quiero” sin miedo, sin contenerse, sin bajar la mirada?_En mi familia nuclear (mi hijo, mi madre muerta con la que todavía dialogo y yo), los afectos han encontrado su camino

Hemos avanzado –poco y lentamente– en la forma de decirnos las cosas importantes. Abrazamos, reímos con facilidad y lloramos cuando hace falta. Pero incluso así, en medio de esa casi salud emocional que estamos cultivando, a veces me asalta una pregunta que va más allá de lo doméstico: ¿cuánto de lo que hemos tenido que aprender es consecuencia de una historia colectiva que nunca fue sanada del todo?

Hace años conocí el trabajo de Joy DeGruy, una psicóloga afroamericana que habla del estrés postraumático por esclavitud. Según ella, hay patrones de comportamiento heredados por generaciones enteras como consecuencia de la brutalidad esclavista: hipervigilancia emocional, autocensura afectiva, desconfianza, e incluso una profunda dificultad para reconocer el valor propio (Post Traumatic Slave Syndrome, 2005).

Por supuesto, su teoría no ha estado libre de controversia. El historiador Ibram X. Kendi ha sido una de las voces más críticas, afirmando que enfocarse en las heridas del pasado puede reforzar la idea de que las personas colonizadas están dañadas por naturaleza. Él apuesta por una narrativa de poder, que desplace el trauma como eje de identidad (How to Be an Antiracist, 2019). Y tiene razón en parte. No somos solo herencia de dolor. Pero negar el trauma tampoco ayuda a entender lo que nos atraviesa.

En ese sentido, la epigenética aporta un matiz clave. Estudios recientes muestran que las experiencias traumáticas pueden modificar la expresión genética sin alterar el ADN, dejando huellas que afectan la respuesta al estrés, la salud mental y la forma de establecer vínculos. Esas huellas, aunque no permanentes, pueden transmitirse a varias generaciones (Yehuda et al., 2016).

Cuando pienso en nuestras islas, en nuestra gente, en la contención emocional que a veces confundimos con carácter fuerte o distancia, me pregunto si no será también parte de esa historia. No frialdad, sino un mecanismo antiguo de defensa. Una forma de resistir sin exponerse. Y quizás, esa misma lógica emocional hizo más fácil aceptar los cambios impuestos por el proceso de colombianización: la pérdida de lengua, la transformación de costumbres, el silencio frente a la imposición.

Hoy más que nunca creo que volver sobre estas ideas no es para quedarnos en el pasado, sino para entender el presente. Para abrir espacio a nuevas formas de convivencia y sanación. Porque parte de la cura colectiva está en reconocer que fuimos moldeados por una historia dura, sí, pero que también podemos reescribirla.

Tal vez, empezar a decir “te quiero” sin reservas, sin coraza, sin miedo, sea uno de los actos más profundos de libertad que podamos ofrecer a las próximas generaciones.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.

Última actualización ( Sábado, 10 de Mayo de 2025 04:09 )  

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