Hay historias muy conmovedoras, especialmente las que narran rescates de personas en medio de tragedias. El 19 de septiembre de 1985, un devastador sismo de magnitud 8,1 sacudió ciudad de México y cientos de edificios tuvieron daños severos o se derrumbaron, lo que causó centenares de muertes.
Después de días de trabajo entre escombros, los rescatistas lograron sacar con vida a varios recién nacidos, quienes fueron bautizados como "bebés milagro". Uno de ellos fue Jesús Francisco Flores, conocido como el "niño terremoto" o "niño milagro", quien al momento del sismo aún estaba en el vientre de su madre. Ella murió en el colapso de su casa, pero él sobrevivió gracias a que su abuela tomó una hoja de afeitar y abrió a su hija para rescatarlo.
Algo semejante narra San Juan acerca de los “apóstoles milagro”. Después del gran terremoto que significó para ellos la muerte de Jesús, que se tambalearon hasta el punto de salir huyendo, Jesús sale a rescatarlos de entre los escombros del miedo y la desilusión. Jesús retorna al mar de Tiberíades, en un ambiente de pescadores, donde tuvo lugar gran parte de su obra evangelizadora. Allí inició su misión, allí encontró los primeros seguidores, y allí, vuelve a recomenzar después de su resurrección, y lo hace como un valiente rescatista.
Su labor comienza rescatando a todo el grupo cuando la oscuridad ha recubierto lo que habían sido sus sueños de un mundo diferente. Ellos, con el corazón arrugado y las ilusiones rotas, vuelven a su mundo y a lo de antes, como afirma san Juan: “Simón Pedro les dice: Me voy a pescar. Ellos contestan: Vamos también nosotros contigo. Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada” (Jn 21, 3).
“Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla” (Jn 21, 4). Jesús Resucitado toma protagonismo al alba, cuando vuelven a la orilla sin haber cogido nada; es ahí que oyen decir de labios de Jesús: “echen la red a la derecha de la barca y encontrarán”. No solo los discípulos necesitan ser rescatados y alentados, somos nosotros también los que repetidas veces hemos dado un paso atrás, o hemos echado en vano la red y no hemos cogido nada. Hemos buscado la solución a nuestros problemas en una cierta dirección, actuando por decisión propia y sin escuchar los consejos de nadie. Jesús nos dice, echen la red hacia la otra parte, busca en otro lugar o busca de otro modo. Con más calma, con más confianza en mí.
Hay que volver a tomar la red y lanzarla a donde Jesús indique. La red está destinada a recoger los 153 peces, que no es otra cosa que retomar la misión evangélica de lanzar la red del evangelio que alcance a los seres humanos de toda raza, pueblo y nación.
Jesús termina esa primera labor de rescate de sus discípulos en torno a una mesa y les dice: “vamos, almuercen”. Comienza con su palabra que es obedecida y concluye con la cena, con la Eucaristía que nutre su alma. Ahora lo reconocen y saben que Él sigue siendo el protagonista de su vida y de la misión salvadora del mundo.
Pero ahí no termina la labor de rescate; ahora se dispone a rehabilitar a Pedro, con exquisita delicadeza después de la triple negación. Jesús permanece fiel a la promesa hecha a Pedro, no obstante que Pedro hubiese sido infiel a la promesa hecha a Jesús: “aunque tenga que morir contigo, yo no te negaré”.
Esta labor termina cuando Pedro saca de lo más profundo de su corazón esta declaración de amor: “Señor, tú lo conoces todo, tú sabes que te quiero” (Jn 21, 17); ahora ha sido rehabilitado y capacitado para asumir de nuevo el deber supremo y universal de pastorear el rebaño de Cristo. Le ratifica el primado que le había ofrecido: “tú eres Pedro, y sobre esta piedra reedificaré mi Iglesia”. La confianza y el perdón del Maestro han hecho de Pedro una persona nueva, fuerte, fiel hasta la muerte. Si diéramos siempre la mano a quien ha sido infiel y ha fallado, habría menos personas derrotadas y marginadas en el mundo.
Pedro ha comprendido ahora con toda claridad que el suyo es un servicio de amor; Jesús no le ha entregado un rebaño al que dominar sino al que servir. El rebaño es de Cristo. “Apacienta mis ovejas”. La misión de Pedro es apacentarlas y ponerse a su servicio. Si entendiéramos todos que somos servidores movidos no por intereses sino por amor, el mundo sería un precioso rebaño en unidad, fraternidad y armonía, sería el paraíso ya presente.
Pedro ha sido rehabilitado para amar. Hoy es a nosotros a quien Jesús busca rehabilitar y pregunta a los padres y madres, ¿Me amas?, cuiden de sus hijos, que también son mis hijos, y háganlos crecer en cuerpo, alma y espíritu. Jesús dice a comerciantes y empresarios, ¿me amas? cuiden de sus clientes, sírvanlos a ellos en vez de servirse de ellos.
Jesús dice a los consagrados, ¿me amas?, entreguen con amor su vida sirviendo a los creyentes, recuerden mi mandato: “apacienta mis ovejas”. Jesús dice a los dirigentes y servidores sociales, ¿Me amas? sirvan a su pueblo y ayúdenlo a gozar de los beneficios que deben ser para todos, nunca saquen tajada personal. Jesús dice a los docentes, ¿Me amas? cuiden la formación de sus alumnos y acompáñenlos a crecer en estatura, en sabiduría y en gracia, pues ellos también son alumnos míos.
Creo, Señor, que vienes en nuestro rescate, pero aumenta nuestra fe, para que obedezcamos a Dios antes que a los seres humanos y volvamos a ser servidores por amor.
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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.





















