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La Santísima trinidad: sinfonía del amor

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SANABRIA.OBISPOPara tratar de asomarnos un poco al misterio más grande de nuestra fe, el misterio de la Santísima Trinidad, tenemos que sumergirnos profundamente como la hacen los buzos hasta descubrir lo que esconden las profundidades del mar. _Allí se encuentran misterios grandes y son pocos los privilegiados que pueden explorar parte de su inmensidad.

Algunos de ellos son los buzos, quienes se sumergen para interactuar con el ecosistema subacuático y, en muchas ocasiones, se llevan grandes sorpresas. Es el caso de la buceadora australiana Jules Casey, quien quedó atónica cuando se topó con un gran pulpo colorado; dice ella que “lo curioso fue que el animal extendió su mano y tomó mi mano, y se dirigió en una dirección donde yo normalmente no iría”, hasta toparse con un tesoro: una lápida atada entre dos postes de acero. En la misma, se veía la imagen de un hombre sosteniendo a su perro blanco. Eso lo habían construido algunos buzos y, en realidad, el hombre de la foto era el padre de uno de ellos. Fue un momento muy emotivo. Para llegar al tesoro necesitó del pulpo.

Si esta buceadora descubrió la tumba del papá de uno de ellos, ¿Qué podemos encontrar nosotros en las profundidades del misterio de Dios? Para descubrirlo dejémonos guiar por algunos pulpos expertos. El más importante es el Espíritu Santo, él nos toma de la mano como dice san Pablo: “Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios”. (Rom 8, 14). Sin guía no podemos llegar; el guía pone algunas exigencias como dice el libro del Deuteronomio: “Guarda los preceptos y mandamientos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz, tú y tus hijos después de ti, y prolongues tus días en el suelo que el Señor, tu Dios, te da para siempre” (Dt 4, 40).

Otro pulpo que aparece en el Antiguo Testamento es Moisés, quien ayuda a su pueblo Israel a hacer otro gran descubrimiento: “reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios, allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro (Dt 4, 39)".

Pudiéramos hablar de muchos pulpos más; quiero destacar a otro y se trata de san Agustín, quien ha descubierto que en las profundidades del misterio de Dios hay tres personas, el Amante, que es Dios Padre; el Amado que es Jesucristo; y el Amor que es el Espíritu Santo. Los tres están hechos de lo mismo, hechos de amor puro.

La Iglesia, nuestra madre, también nos toma de la mano y nos sumerge en el misterio de la Santísima Trinidad para descubrir que los tres, el Amante, el Amado y el Amor no son personas solas y aisladas, sino que son un solo Dios. Nos muestra a ese Dios con dos características fundamentales. La primera, Dios es una familia, una comunidad de vida y de amor. La intimidad de Dios no es una soledad infinita sino una familia. Aunque son tres personas, con identidad, individualidad y misión propias, hay un dinamismo armonioso que solo puede ser posible porque hay amor. Ese dinamismo solo llega a ser espiritual y responsable cuando lo alienta un amor que se dona totalmente.

Esto es muy comprometedor para nosotros que fuimos creados a su imagen y semejanza y por lo tanto llamados a vivir como familia, en comunidad y donándonos unos por los otros. “Somos hijos de Dios; y, si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Rom 8, 15). ¡Cómo nos cuesta sentirnos familia de Dios y reconocernos como hermanos! Si fuera así, nos cuidaríamos unos a otros, desaparecerían injusticias y violencias; habría menos hambre y más solidaridad. El día que comprendamos que todos formamos la familia de Dios, ese día el mundo da un giro muy grande, se hará fraterno y solidario.

La segunda característica de la familia trinitaria es que está dotada de multiplicidad, variedad de elementos en perfecta comunión. Es como una sinfonía de amor que interpreta una armonía sublime. Eso también es posible gracias al amor. El Amante crea todos los días, el Amado se encarga de redimir a todos los que han sido creados, y el Amor anda circulando por todas partes. El amor hace posible que la diversidad tan rica se convierta en la sinfonía del amor, o lo que el Papa Benedicto prefiere llamar, “parábola de comunión”.

Esto es inspirador y comprometedor a la vez. Las diversidades enriquecen y son importantes. La familia, la iglesia, el país, tienen que valorar, acoger y armonizar las diversidades. Es como un coro sinfónico, con variedad de voces, todas importantes, no sobra ninguna. Los que dirigen deben ser expertos en la sinfonía del amor. Tenemos que trabajar por la armonía familiar, eclesial y social. No busquemos uniformar nuestra manera de ser y de pensar, busquemos armonizarnos; cada uno en el puesto justo dará lo mejor de sí para el bien de todos.

Al terminar esta reflexión los invito a contemplar más a Dios, seguir sumergiéndonos en el misterio de la Trinidad, porque si nos fijamos más en él y nos llenamos más de su esencia que es el amor, habrá mejores familias, sociedades más armónicas y estaremos capacitados para “ir y hacer discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado” (Mt 28, 19).

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.

 

Última actualización ( Domingo, 26 de Mayo de 2024 06:18 )  

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